Por Héctor A. Martínez

Dicen que, en política, la ausencia de los líderes que polarizan la sociedad cierra las heridas, pero su regreso puede reabrirlas. Es el caso del expresidente Juan Orlando Hernández. No se trata de un gobernante más, sino de una figura cuya trayectoria redefinió la política hondureña. Su gobierno quedó marcado por dos sucesos que sellaron la historia de la nación: haber alterado la Constitución para reelegirse y su posterior extradición a los Estados Unidos acusado de narcotráfico. Esos hechos pesan.
Hace algún tiempo, alguien me dijo que en Honduras existían dos “animales políticos”: Manuel Zelaya Rosales y Juan Orlando Hernández. Un animal político es, en la jerga nacional, una figura que no puede vivir al margen de la política; la necesita como el agua y el oxígeno. Para esta rara avis, el poder deja de ser un fin pasajero para convertirse en el centro de gravedad de su existencia. Tampoco se trata de ganar notoriedad, como las celebridades acostumbradas a las cámaras. No. El líder obsesionado con el poder necesita controlarlo todo de manera permanente: el escenario, los actores, el público, el espectáculo entero.
El regreso de Juan Orlando Hernández al país, después de ser indultado por el presidente Donald Trump, ha comenzado a sacudir las piezas del tablero político-económico de la capital y a abrir múltiples interrogantes. Como enseña la teoría de los juegos, la sola posibilidad del retorno hace que se modifique el comportamiento de los demás actores. Aunque el expresidente ha anunciado que volverá a la tranquilidad familiar, casi nadie le cree. Opositores, correligionarios, líderes de toda especie y empresarios ya comenzaron a ponderar alternativas, ansiosos de saber qué va a pasar cuando vuelva a pisar suelo hondureño.
Sin embargo, un líder de su experiencia difícilmente volvería a tomar protagonismo sin antes haber hecho sus propias cuentas: medir la correlación de fuerzas, la actitud del gobierno de los EE. UU. y las lealtades que respaldarían una eventual reconquista de su espacio partidista. Pero JOH no es el único que ya evalúa sus propios movimientos. Para el izquierdista PLR, las preguntas lógicas serían, ¿Su vuelta puede reactivar el voto anti-JOH y beneficiarnos? ¿Es mejor ignorarlo y que pierda relevancia? Por su parte, en el Partido Nacional ya podrían ir planteando interrogantes como: ¿El retorno favorece o afecta al partido? ¿Conviene alinearse con él o cerrarle las puertas?
Las élites políticas y el gran empresariado tampoco son ajenos a esa dinámica. Ellos medirán no solo los riesgos para la estabilidad de sus negocios, sino también el margen de influencia que conservarían sobre los partidos tradicionales. Pero, de entre todos esos cálculos, hay uno que terminará siendo el más importante: el del propio JOH. Si alguna vez decide volver a influir en la política nacional, que sea para impulsar reformas que este país ha pospuesto desde hace décadas. Honduras necesita un liderazgo capaz de transformar las reglas bajo las cuales funciona su sistema político y económico, un sistema que durante años ha limitado su desarrollo. Y él necesita limpiar su nombre.
La mejor cuenta de JOH no es demostrar que todavía puede volver al poder, sino el legado de bienestar que un animal político puede dejar a las futuras generaciones. Por segunda vez en su vida, Dios parece estarle dando otra oportunidad que quizás sea la última.



