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lunes, julio 27, 2026

¿Tribunal del tiempo?

LA tarde había descendido mansamente sobre los pinares. Una neblina azulosa se deslizaba entre los troncos y, en algún lugar que ninguno de los dos podía ver, un río repetía desde hacía siglos la misma canción. Winston hojeaba EL PAÍS consultando su aplicación de IA. Las páginas crujían bajo sus patitas con ese rumor particular del papel que, a diferencia de las pantallas, parecía guardar memoria hasta en el sonido. -Sisimite –preguntó de pronto– ¿la prensa convencional, digamos EL PAÍS, sería entonces el antídoto contra este caos de las redes, donde la mentira corre despavorida? El Sisimite permaneció mirando la neblina. – ¿Un faro? -Como el de Alejandría. – ¿Aquel que fue una de las maravillas del mundo antiguo? “Hace más de dos mil años lo levantaron frente a Alejandría, en una isla llamada Faros. Era una torre gigantesca para su tiempo. Desde lo alto, una luz orientaba a los navegantes que llegaban desde el Mediterráneo. De día, la torre era referencia. De noche, su fuego advertía que allí estaba la costa”.

-Pero un faro no detiene la tormenta; no puede calmar el océano; ni impedir los naufragios, no puede defender de los “moros en la costa”. Tampoco puede obligar a los barcos a seguir su señal. ¿Entonces qué hacía? -Permanecía encendido. Señalaba dónde estaban las rocas, dónde acechaba el peligro y dónde podía encontrarse el puerto. Le ofrecía al navegante una referencia, de modo que cada timonel decidiese qué rumbo tomar. Winston ladeó su cabecita: -Como un periódico. -Porque bien puede ser que alguien decida qué merece publicarse; –editores, jefes de redacción, periodistas que preguntan, verifican, corrigen–naturalmente pueden equivocarse –sopesar lo publicado, acorde a criterios editoriales– pero siempre una responsabilidad, de un nombre de una institución respondiendo por aquello que se divulga. -En cambio las redes, si bien millones de personas encontraron por primera vez una voz, una extraordinaria democratización de la palabra, pero sin ninguna responsabilidad o apego a la verdad. Un enjambre de escandalosos y mentirosos. El Sisimite tomó una hoja seca y la dejó escapar entre sus dedos. -Ocurrió que la humanidad consiguió la mayor capacidad de comunicación de toda su historia y, al mismo tiempo, comenzó a tener dificultades para distinguir entre información y ruido. La hoja desapareció entre los árboles. En las redes, la verdad viaja junto a la mentira; el instruido comparte la misma pantalla con el ignorante; el conocedor compite con el improvisado; el testimonio verdadero aparece junto al montaje. Y todos parecen hablar desde el mismo púlpito. -Pero la mentira corre más rápido. -Porque viaja sin equipaje, Winston. No necesita documentos, ni fechas, ni pruebas, ni testigos. La verdad, en cambio, camina cargando archivos. Winston sonrió. -Por eso casi siempre llega tarde. -Puede llegar tarde –respondió el Sisimite–, pero tiene una ventaja. -¿Cuál? -Puede quedarse. Winston miró las páginas abiertas. Entonces el Sisimite recordó que, “muy cerca de aquel antiguo Faro de Alejandría, existió también una de las bibliotecas más famosas de la historia”. -Siempre me ha parecido hermoso imaginarlo –dijo–. En un extremo de aquella ciudad, una biblioteca intentaba salvar al conocimiento del olvido. Y frente al mar, un faro intentaba salvar a los navegantes de perder el rumbo. Uno guardaba la memoria. Y el otro señalaba el camino. -Como si Alejandría hubiera querido defender al hombre de sus dos grandes naufragios. Olvidar de dónde viene y no saber hacia dónde va.

-Entonces quizás allí esté la diferencia con las redes, estas llevan de todo, pero todo se olvida tan rápido. -Porque acumular información no es lo mismo que tener memoria. -Mirá un periódico antiguo. Tiene una fecha. Un titular. Una fotografía. Una firma. Allí queda registrado lo que alguien dijo cuando todavía no sabía cómo terminaría la historia. Décadas después podemos regresar a esas páginas y preguntar: ¿qué sucedió realmente?, ¿quién advirtió el peligro?, ¿quién mintió?, ¿quién calló?, ¿quién defendió aquello que después todos dijeron haber defendido? -La hemeroteca como tribunal del tiempo. La noche comenzaba a caer. Winston pensó entonces en aquella torre de Alejandría que había resistido durante siglos hasta que los terremotos terminaron derribándola. Ya no quedaba su fuego. Ya no quedaban sus enormes muros frente al Mediterráneo. Y, sin embargo, de alguna manera seguía allí. Porque aquella isla llamada Faros había terminado regalando su nombre a todas las torres luminosas que después se levantaron frente a los mares. Desapareció el faro, pero quedó la palabra. -A veces las palabras duran más que las piedras. El Sisimite miró el periódico. -Por eso importa preservar la memoria escrita. Los gobiernos pasan, los poderosos pasan, las multitudes cambian de opinión; las redes olvidan la indignación de ayer para entregarse a la de mañana. Pero queda aquello que alguien tuvo el cuidado de escribir. Winston cerró lentamente EL PAÍS. -Entonces solamente le queda permanecer encendida. En la oscuridad a lo lejos apareció una pequeña luz. Quizá era una casa o una estrella. O quizá, pensó Winston, todos los faros que alguna vez habían existido seguían encendidos en algún lugar de la memoria. Abrió nuevamente EL PAÍS. Y mientras las redes continuaban allá afuera su interminable tempestad de voces, verdades a medias, mentiras, furias y olvidos, el papel volvió a crujir entre sus patitas. -Al final, esa es toda la misión del faro: no vencer al océano, sino impedir que la oscuridad sea absoluta. -¿Aunque solamente un navegante vea la luz? ¿Y aunque los demás decidan navegar hacia las rocas? Contemplaron aquella pequeña claridad que persistía en la distancia. Porque el faro no escoge el rumbo de los hombres. Solamente conserva la luz para que los hombres todavía puedan escoger. Winston bajó la mirada hacia EL PAÍS y comprendió que quizás esa fuera también la más antigua obligación del periodismo: mantener una luz encendida sobre los hechos, dejar constancia frente al olvido, y guardar memoria de la verdad, para que, cuando haya pasado la tormenta, nadie pueda decir que en medio de la oscuridad no hubo un faro señalando dónde estaban las rocas.

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