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Honduras
sábado, julio 18, 2026

Uniformes manchados

Por Rogrido Amador

El guion nos lo sabemos de memoria. Ocurre una tragedia que desborda los límites de nuestra ya estirada capacidad de asombro, las redes sociales revientan de indignación por un par de días, las pantallas se llenan de promesas y los de arriba, asustados por el ruido de las balas, sacan su vieja confiable: borrón y cuenta nueva. Esta vez le tocó el turno a la DIPAMPCO.

Después de ese operativo clandestino donde murieron cinco policías y el horror de los diecinueve cuerpos desenterrados en Trujillo, la orden desde Tegucigalpa fue tajante: se cierra la institución y listo, problema resuelto.

Pero seamos sinceros y hablémonos claro usted y yo, que somos los que caminamos la calle con el miedo en el pecho. La pregunta aquí no es si esa dirección policial se merecía desaparecer. La verdadera pregunta, la que hace que a los ministros les suden las manos, es otra: ¿De verdad están cambiando las cosas o solo le están poniendo un uniforme nuevo al mismo monstruo de siempre para que creamos que están trabajando?

Mire hacia atrás un momento. En Honduras llevamos años jugando a esto. Nos han vendido una cantidad absurda de “unidades especiales”, “fuerzas élite” y agencias con nombres rimbombantes. Cada vez que nace una, nos dicen que ahora sí, que esta es la vencida contra el crimen. Les inventan logos bonitos, les compran uniformes relucientes y les dan presupuestos millonarios que salen directito de sus costillas y de las mías. Pero la emoción dura poco. Tarde o temprano, las mañas del sistema se las tragan: empiezan las denuncias de que ellos mismos extorsionan, sale a la luz que están metidos con los criminales y terminamos en lo mismo, con un escándalo sangriento. En este país no cambiamos de estrategia; solo cambiamos de ropa a los policías. Lo único permanente es que los que se supone que nos cuidan duran lo que dura un hielo en el pavimento.

Piénselo un segundo. Si una institución que se suponía entrenada y con recursos terminó podrida por dentro, ¿qué nos garantiza que la nueva que inventen mañana no va a terminar exactamente igual? Los delincuentes no van a salir corriendo porque un burócrata firme un papel en una oficina con aire acondicionado. La extorsión no se va a detener porque pinten una patrulla con otro color, ni la impunidad va a desaparecer porque inauguren un edificio que todavía huele a pintura fresca. Cuando los cimientos están podridos, cambiar la fachada es una pérdida de tiempo. Nos están vendiendo espejitos.

La eliminación de la DIPAMPCO no fue genialidad ni planificación; fue un manotazo de ahogado porque la realidad les explotó en la cara. Y ese es el verdadero peligro: tenemos un gobierno que solo se mueve cuando el agua le llega al cuello. Alguien que solo actúa después del golpe no está gobernando la seguridad, solo está persiguiendo muertos. Cuando la estrategia cambia con cada tragedia, deja de ser estrategia y se convierte en un simple berrinche o en control de daños para la foto.

A usted y a mí ya nos da igual cómo se llamen. Al vecino que camina con el corazón en la mano por San Pedro Sula, al dueño de la pulpería que tiene que cerrar porque ya no aguanta la extorsión, al papá que no duerme hasta que su hijo entra por la puerta, le importa un bledo el organigrama del Ministerio de Seguridad. Ya ni nos aprendemos las siglas porque sabemos que no van a durar. El ciudadano de a pie no necesita que inventen otra institución; necesita salir a la calle sin el miedo de recibir un balazo. Necesita que las masacres paren y que los criminales, lleven o no uniforme, vayan a la cárcel.

Seguir aplaudiendo que cierren una oficina para abrir otra idéntica es dejarnos engañar con el mismo truco de magia barato. Dejemos de morder el anzuelo. La pregunta no es si la nueva agencia va a tener más patrullas o mejores armas. La pregunta es por qué seguimos creyendo que los problemas que se han tragado a tres o cuatro instituciones van a desaparecer por arte de magia con la quinta. Honduras no necesita una nueva sigla ni uniformes recién lavados para combatir el crimen. Necesita una estrategia seria que dure un poquito más que la indignación del último noticiero.

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