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sábado, julio 18, 2026

Empatía, ¿para quién?

Por Mirna Isabel Rivera

La empatía es un valor que se puede desarrollar a lo largo de la vida, pero paradójicamente también se puede perder en la medida en que nos tropezamos con personas, organizaciones o sistemas que carecen de humanidad o sensibilidad y gestionan mediante la corrupción y el miedo.

Tener empatía ante la desgracia ajena tiene muchos significados. Puede traducirse en buscar la forma de apoyar a quienes lo necesitan, simplemente estar ahí para escuchar o para proveer ayuda material.

He visto figuras públicas que demandan empatía de su audiencia, ventilan sus problemas personales en las redes sociales, sin embargo, en lugar de recibir apoyo, son juzgados y acusados por no haber sido ellos mismos empáticos con otras personas que también atravesaron momentos difíciles o fueron víctimas de abusos de poder.

La empatía no es algo que podamos demandar a alguien. Nadie puede obligarnos a sentir lo que no surge de manera natural. Fingir empatía para quedar bien revela o que somos hipócritas o diplomáticos para no ser juzgados.

Si dejamos de tener empatía y aquello que antes nos conmovía deja de hacerlo, es necesario detenernos y preguntarnos de manera conciente: ¿Por qué se ha enfriado el amor al prójimo? ¿Hasta dónde me está afectando mi entorno? ¿Cuál es mi responsabilidad individual ante la pérdida de este valor?

Tener una crisis de empatía no está mal, pero no superarla nos puede llevar a la barbarie y si estamos ejerciendo un puesto de liderazgo, estaremos influyendo negativamente al clima laboral o a la estabilidad social de un país.

En casos extremos cuando fallece un dictador cruel y déspota, los pueblos sienten un gran alivio y lo celebran en las calles con carnaval. Así también puede ocurrir cuando capturan una banda de criminales o cuando finalmente se hace justicia ante una acosadora laboral o un depredador sexual.

Si normalizamos la violencia, la injusticia y convertimos la indiferencia en una forma natural de convivencia, la sociedad ha perdido la capacidad de brindar seguridad y prosperidad a sus habitantes.

No hay que tener un trastorno de la personalidad para carecer de empatía, si esta no se inculcó a través del ejemplo por los padres y familiares cercanos del entorno, es difícil desarrollarla. Niños que maltratan los animales o a las empleadas domésticas que los cuidan, que actúan sin ningún freno y muestran su agresividad hacia sus maestros, compañeros de clase e incluso contra sus propios hermanos y hermanas. Cuando los padres no buscan frenar esa conducta, se convierten en cómplices. Quizás ellos también sean responsables porque fomentan el desprecio hacia los demás.

Fomentar una cultura de paz requiere formar ciudadanos empáticos. Curiosamente, las guerras han sido una constante a lo largo de la historia, representan un negocio lucrativo para pocos. Nuestro mundo está lleno de ironías, a las afueras de las iglesias, de los estadios y de los centros de entretenimiento hay niños mendigando o sobreviviendo en los semáforos.

Los sociópatas y psicópatas generalmente carecen de empatía. Sus víctimas pueden ser su propia familia, compañeros de trabajo o personas conocidas de su comunidad, algunos hasta logran camuflarse dentro de las iglesias y otros espacios sociales.

El ideal de amor al prójimo no es humano, por eso, en el mundo cristiano siempre se recuerda la parábola del buen samaritano del Nuevo Testamento, quien sin pensarlo dos veces ayudó a la persona que había sido abandonada luego de ser asaltada y golpeada.

El buen samaritano, es la máxima expresión de empatía humana. No preguntó quién era ese hombre, ni se excusó juzgándolo. Simplemente el buen samaritano hizo el bien, sin importar a quién ayudaba.

La mayoría no pasamos la prueba de la empatía, muchos menos la de amar al prójimo. Por eso fueron creadas las leyes de protección social, el código penal entre otros, porque de manera espontánea no siempre se logra la sana convivencia. Queda mucho por hacer, las oportunidades para convertirnos en el buen samaritano están disponibles todos los días (MIR).

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