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sábado, julio 18, 2026

¿La fábula?

PASÓ la semana del periodista, pero debido al interés del colectivo a la serie de editoriales alusivos a la prensa convencional, una fábula: En una casa colonial antigua rodeada de jardines, donde los corredores olían a café recién colado y las tardes caían lentas sobre los mosaicos tibios del patio rojizo, vivían muchos animales domésticos que compartían el mismo techo y pasaban sus días filosofando sobre el mundo. Allí habitaba Winston, curioso, matando el tiempo, cuando no salía de huida a conversar con el Sisimite, atento a todo. También vivía un viejo búho, respetado por todos porque había visto pasar muchas generaciones del vecindario. Una tarde, mientras la lluvia menuda golpeaba los ventanales, Winston encontró al búho observando con preocupación el patio. -¿Qué mirás? -Aquello –respondió señalando hacia el jardín–. Sobre una maceta, un pavo real desplegaba su cola multicolor mientras una multitud de gorriones, pericos y zanates revoloteaban alrededor lanzando chillidos y aplausos.

-Es el espectáculo de cada día –dijo Winston–. -Precisamente –contestó el búho–. Y ahí está la lección. Intrigado, Winston se sentó a escucharlo. -Hace años –continuó el búho– los animales acudían bajo la sombra del viejo roble del patio. Allí –comentando lo leído en LA TRIBUNA– se conversaba, se aprendía y se tomaban las decisiones importantes. Quien era visto junto al roble adquiría prestigio, porque el árbol y su entorno, representaba experiencia, estabilidad y confianza. Winston miró hacia el rincón donde el enorme roble extendía sus ramas. Era viejo, silencioso y solemne. -¿Y qué ocurrió? -Llegó ese chompipe, el pavo real. El chuchito observó nuevamente al ave que seguía girando sobre sí misma. -Al principio todos lo admiraban porque era vistoso. Después comenzaron a imitarlo. Luego creyeron que la única manera de llamar la atención era haciendo más ruido que él. Winston vio entonces a un mono haciendo piruetas desde una cuerda, a dos loros peleando por cualquier cosa y a un pato bailando ridículamente sobre una cubeta embrocada. -¿Y funciona? -Para llamar la atención, sí. Para ganarse el respeto, no. El búho abrió lentamente las alas. -Muchos comerciantes del vecindario comenzaron a anunciarse junto al espectáculo. Pensaron que donde había más ojos había más prestigio. -¿Y se equivocaron? -Confundieron multitud con reputación. La lluvia arreció. -Verás, Winston. Cuando una panadería colocaba su letrero bajo el viejo roble, la gente decía: «Debe ser un buen negocio». Cuando el escritor del barrio de prodigiosa pluma se sentaba bajo su sombra –a redactar, a leer el periódico o a conversar allí– todos pensaban: «Debe ser una persona seria». El prestigio del roble se reflejaba en quienes se acercaban a él. -Como si les prestara parte de su buena fama. -Exactamente. El búho señaló entonces el espectáculo. -Pero cuando una marca aparece todos los días entre gritos, payasadas y escándalos, termina pareciéndose al lugar donde vive. Los vecinos comienzan a asociarla con el ruido que la rodea.

Winston movió las orejas. -Dime con quién andas… -Y te diré quién eres –completó el búho–. En ese momento apareció una luciérnaga que acababa de llegar desde tierras lejanas, que lejos de ser algo milagroso, pareció caer como “cas-tigo”: Traía unos chunches llamativos y el servicio de conexión que vendía a los animales del barrio, para que socializaran su bullicio. Las ganancias eran abundantes. Pero en lugar de acercarse al viejo roble, decidió instalarse junto al espectáculo del pavo real. -Ahí está la multitud –decía–. Ahí están mis clientes. Los animales, para mandar y recibir pichingos y majaderías, compraban sus chucherías. Pero nadie la apreciaba. Nadie la respetaba. Nadie la sentía parte de la comunidad. Pasaron los meses. Cuando una tormenta destruyó parte del jardín, el vecindario organizó una colecta para reconstruirlo. Acudieron el roble, la panadería, la biblioteca de los ratones, el consultorio de la tortuga y hasta el humilde colibrí repartidor. Pero nadie buscó a la luciérnaga. Ella se acercó confundida. -¿Por qué no me llamaron? Un anciano conejo respondió con sinceridad: -Porque nunca sentimos que fueras una de nosotros. Solo parecías alguien que vino a vendernos bagatelas para atontar la comunidad. La luciérnaga bajó la cabeza. Aquella noche comprendió una verdad que jamás había aprendido contando monedas. Y al amanecer trasladó sus chunches y demás baratijas bajo la sombra del viejo roble. No porque en su alrededor medraba el tropel de compradores embrutecidos, adictos al basural de los chunches tecnológicos. Sino porque allí habitaban la confianza, la credibilidad y el respeto. El búho sonrió mientras Winston observaba la escena. -¿Entonces la reputación vale más que las ventas? -Las ventas llenan la bolsa –contestó el búho–. Pero la reputación llena los años. Y mientras el pavo real continuaba bailando para una multitud de majes hipnotizados, el viejo roble siguió creciendo en silencio. Porque hay lugares donde todo es comprar barato y vender caro. Y hay lugares donde se construye prestigio. Y lo segundo siempre tarda más, pero dura mucho más tiempo.

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