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miércoles, junio 3, 2026

¿Una muestra?

LAS inquietudes de ayer: ¿A qué obedecerá esa amnesia –entra el Sisimite– de ciertos voceros de turno sin noción histórica de su propio partido? ¿Cuándo la cultura política quedó relegada a un interés subalterno meramente electorero? ¿Cuántos –interrumpe el Sisimite– si ignoran lo pasado, tendrán idea siquiera de lo contemporáneo, como argumento de convencimiento a independientes, indecisos, titubeantes y vacilantes? Continuando con el refrescamiento histórico –ilustra Winston– retrocedimos, golpeados por la adversidad, 50 años en el camino de modestos avances. Aun así, con la geografía hecha trizas, con el corazón en la mano, hubo incontables actos de genuino heroísmo. Desde los que arriesgaron la suya salvando otras vidas preciosas hasta los que dieron el último de su esfuerzo auxiliando a los más de 2 millones de compatriotas damnificados. Desafiamos la emergencia. Incansables trabajamos la rehabilitación. Con elogiable tesón, poco a poco, repusimos lo que el viento y las aguas se llevaron.

Los organismos internacionales –calculando un retroceso de décadas– dijeron que en segundos se esfumó lo que había tomado más de medio siglo construir. Que reponerse tomaría eso y más. Pero superamos el desahucio. En el corto término del período constitucional, restituimos lo perdido. Cultivos, infraestructura, y lo demás que el huracán arrasó fue reestablecido, mejor, incluso, de cómo estaba. Gracias a la gigantesca campaña sanitaria desplegada no se sufrieron epidemias, y virtud del redoblado trabajo de restablecimiento no se perdió un día de clases. En tiempo récord –a la hora en punto antes de iniciarse el ciclo escolar– se restauraron las escuelas que sirvieron de refugio durante las evacuaciones. En consulta de cabildos abiertos consensuamos una Estrategia de Reducción de la Pobreza.

El FONAC elaboró –con la participación del magisterio y otros sectores interesados– una reforma integral al sistema educativo. Igual, se puso en marcha un ambicioso plan del sistema de salud, de equipamiento, abastecimiento y construcción de hospitales. Con el plan de Reconstrucción y Transformación Nacional, gestionamos el financiamiento de la comunidad internacional en sendos grupos consultivos, de Washington y Estocolmo. Valoraron la imagen de unidad de un pueblo en aprietos, pero dispuesto a no dejarse vencer.

Con singular liderazgo se mantuvo la confianza interna y la credibilidad internacional sin perder la estabilidad política y el avance social. Pese a que desgracias ocurren en el mundo a cada rato, haciendo que, con la última, se olvide la anterior, pudimos mantener vivo el interés internacional garantizando los desembolsos comprometidos del Plan de RTN para invertirlos en la reposición de lo dañado y la reedificación del país. Entre innumerables conquistas, una muestra, de algunas trascendentes: El TPS a los hondureños ausentes y la moratoria a las deportaciones que elevaron las remesas de montos insignificantes a los miles de millones de dólares anuales de ahora.

Son como complemento a los ingresos, factor de reducción de la pobreza y de equilibrio a la endeble economía nacional. Los beneficios ampliados de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe ensancharon el gran mercado norteamericano a las exportaciones hondureñas.

Transformaron y diversificaron la estructura productiva, salvaron y fortalecieron al sector maquilador que son fuente de empleo para cientos de miles de hogares. La condonación de la deuda — preferible hubiese sido si los gobiernos siguientes la hubieren destinado a la inversión humana– fue para el país borrón y cuenta nueva. Sin ello, todos los gobiernos que subsiguieron no habrían podido contratar deuda concesional de los organismos internacionales de crédito, que es lo que al día de hoy da recursos frescos al país, evitando el desplome económico.

Transformaciones, si no todas, hubo imponderables reformas institucionales y al sistema democrático. El fortalecimiento de la sociedad civil, la desmilitarización de la Policía, la abolición de la Jefatura de las Fuerzas Armadas –para abolir esa aborrecible dicotomía entre el mando de un jefe militar y el presidencial– la profesionalización del Ejército y el equipamiento institucional. Mejoramiento en la aplicación de la justicia y a los arcaicos locales en que laboraban los jueces.

Reformas al sistema electoral; y al Poder Judicial, incluido el Código Procesal Penal y los juicios orales. La incorporación del Comisionado de los Derechos Humanos como figura constitucional. Leyes como el Código de la Niñez y de la Familia, la Ley Contra la Violencia Doméstica, solo para citar algunas. Se pagaron religiosamente los incrementos salariales progresivos del Estatuto del Docente y de otros gremios profesionales.

El mayor número de plazas para maestros, y enfermeras. Se instituyó el decimocuarto mes de salario. La reforma legal para la revisión anual del salario mínimo. Se mejoraron los sueldos y beneficios de los empleados públicos, las enfermeras, los policías y los soldados. Se creó y se perpetuó como compromiso en una ley, la merienda escolar. Se dieron bonos de compensación a las madres para que enviaran a sus hijos a la escuela y combatir la deserción escolar.

(-En fin – resume Winston– se rehízo un país deshecho, mientras se operaba la reforma institucional, económica, política y social más ambiciosa de la última etapa democrática constitucional desde la restauración del Estado de Derecho con la Constitución de 1982. -O sea –se pregunta el Sisimite– ¿a qué atribuís que todo ese monumental legado se lo saltaran? Pues si –ironiza Winston– es la moda, se insiste en lo superficial y se ningunea lo trascendente. Además, nunca nadie sabe para quién trabaja).

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