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Honduras
miércoles, agosto 12, 2026

¿Una imagen?

“LA luz descendía en hebras doradas entre las ramas de los rugosos pinos dejando sobre la hierba pequeñas islas de claridad, mientras las sombras se alargaban silenciosas, como si también ellas recordaran”. -Te traigo Sisimite este hermoso escrito, “Más Allá del Poder”, con amable dedicatoria, a aquel que dijimos, (ya que aquí solo dislates hablan algunos acomplejados que ni lo han visto ni lo conocen) tomado de la columna de opinión de Lilivette Bandy Saba en La Tribuna : “A Carlos Flores, por abrir las puertas de su casa y su memoria”. “A veces conocemos a las personas primero por lo que representan y, mucho tiempo después, si tenemos la fortuna, por quienes realmente son. Así fue la tarde que pasé con el presidente Carlos Flores. Fui con mi consuegra, Juliette Castillo. Apenas la vio, la recibió con un abrazo y sonriendo la llamó: “Coyotía”, una palabra construida con el afecto y la confianza. Desde que cruzamos la puerta tuve la sensación de que aquella casa hablaba un solo idioma: el de la tranquilidad”.

El presidente nos recibió con una camisa blanca impecable, un pantalón azul claro, zapatos cómodos y ninguna joya que reclamara atención. Solo unos calcetines de colores rompían aquella sobriedad. Durante la conversación mencionó varias veces a su nieta Sofía y, sin saber por qué, imaginé que quizá aquellos calcetines podían haber sido un regalo suyo. Nunca lo pregunté. Hay intuiciones que es mejor dejar donde nacieron”. “Las paredes estaban cubiertas de arte. Había libros abiertos, tazas de café, una canasta con botellas de agua y esa agradable sensación de estar en una casa con historia, donde nada parecía dispuesto para impresionar y todo ocupaba naturalmente su lugar. Entonces apareció Winston, el pequeño “yorkshire” que había conocido únicamente a través de sus escritos. Nos acompañó buena parte de la tarde con una mirada extraordinariamente dulce y unas orejas siempre atentas, como si tampoco quisiera perderse una palabra. En un momento quiso salir al patio. No ladró; emitió apenas un murmullo, y pensé que hasta los perros terminan aprendiendo el tono del lugar. La charla fue encontrando caminos muy distintos. Hablamos de Honduras, de libros, del Sisimite, de los niños, del museo Chiminike y de proyectos que siguen entusiasmándolo. Poco a poco, el personaje público fue quedando atrás y apareció el hijo. Habló de sus padres con una admiración serena. Más que relatar episodios de su vida, fue revelando la herencia invisible que recibió de ellos: el respeto, el honor, la integridad y la coherencia silenciosa que solo se construye cuando los principios se practican mucho antes de proclamarse. Comprendí entonces que, al hablar de sus padres, no estaba contando únicamente de dónde venía; estaba mostrando el origen de las convicciones que han guiado su vida. También se refirió a doña Mary, y bastó la manera en que la nombró para entender el lugar que ocupa en su vida y la admiración con la que habla del camino recorrido juntos”.

“Mencionó igualmente a su nieta con una naturalidad que, sin proponérselo, revelaba mucho más sobre él que cualquier recuento de su trayectoria pública. Cuando el diálogo llegaba a la política, rara vez respondía con un sermón. Prefería una historia o una imagen. En algún momento me dijo que las personas muchas veces no quieren escuchar un consejo; prefieren escuchar aquello que confirma lo que ya piensan. Entonces comprendí mejor la importancia que tienen Winston, el Sisimite y tantos otros personajes en sus escritos. No son simples recursos literarios. Son una forma de hablar del país sin señalar a nadie, de invitar a la reflexión sin imponer una conclusión. Recordó el “Titanic” para explicar una situación política y entendí que, para él, el simbolismo suele llegar más lejos que un buen discurso. Al despedirnos volví a mirar alrededor. Nada parecía fuera de lugar. Todo respondía al mismo lenguaje. Durante el camino de regreso, Juliette y yo seguimos hablando de la generosidad de aquella tarde. Habíamos tenido el privilegio de escuchar a un hombre que hablaba con la serenidad que dan los años, pero también con la curiosidad de quien sigue imaginando proyectos, escribiendo, leyendo y pensando en Honduras. Salimos profundamente agradecidas por el tiempo que nos dedicó y por la confianza con la que nos permitió asomarnos a su historia. Pensé, entonces, en las muchas veces que había escuchado hablar de la influencia del presidente Carlos Flores en la vida pública del país. Sin embargo, aquella tarde entendí que lo verdaderamente perdurable no era la influencia que muchos le atribuyen, sino la consistencia con la que ha sostenido sus principios a lo largo del tiempo. La autenticidad casi nunca hace ruido. No necesita imponerse ni repetirse. Permanece. Los cargos terminan y las circunstancias cambian. Pero hay personas cuya autoridad trasciende el poder porque nunca dependió únicamente del cargo que ocuparon, sino de la coherencia con la que vivieron”. “Winston olfateó el aroma a resina, a corteza húmeda, a tierra empapada por la lluvia y a ese perfume indefinible de los campos donde todavía el aire llega limpio desde muy lejos”.

 

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