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lunes, julio 20, 2026

¿Un otro?

ERA un día cualquiera, envuelto en el plácido cenizo del faenar rutinario. Sin embargo, para nosotros, no era como cualquier otro día. La hoja del manoseado calendario colgado en una percudida pared lucía la festiva efeméride.

Era el aniversario, sin que la distraída jefatura de redacción del periódico advirtiese la fecha sepultada en su cansina memoria. Ni una tan sola nota en el ejemplar escrito evocando la alborada decembrina cuando LA TRIBUNA, por vez primera, despertaba risueña a la luz de sus tempranos amaneceres.

Entre otras noticias del alboroto cotidiano, el santo del periódico –ese viejo compañero de mesas, entre sorbos de café recién colado, por las mañanas– quedó orillado, flotando en la bruma silenciosa de omisiones indeseadas. Solo el murmullo de teclas repicando en los dispositivos digitales, y a lo lejos el susurro recurrente de la rotativa, que sigue imprimiendo, como en latidos del corazón, historias sobre el pulso del acontecer nacional y del mundo.

¿Y cuántos años van de “Una voluntad al servicio de la Patria”? La frase obsequiada por el director fundador, periodista Oscar A. Flores Midence, en su primer editorial, convertido, desde entonces, más que en lema insignia del periódico en compromiso insoslayable.

Tantos que las primeras ediciones amarillean, como hojas secas caídas de caducifolios en los cálidos otoños del recuerdo, entre ejemplares empastados. Pareciera como si el tiempo, ese alquimista infatigable, ha dorado los bordes de la memoria, suavizando, a la mediana edad, los ímpetus juveniles, las fiestas bulliciosas de los primeros cumpleaños, aun cuando, a estas horas de la tarde, cada año sumado seguirá siendo siempre un triunfo resonante, un motivo para izar banderas de orgullo y desplegar guirnaldas de celebración.

Por alguna razón biológica, aún entre los seres humanos, ese ánimo carialegre de festejar el estirado andar de los años, se va apagando; languideciendo como una llama que, segura de su existencia y de la influencia de su luz, ya no necesita crepitar con mayor estruendo.

Una íntima sonrisa nada más, una mirada serena hacia atrás. Solo que con el mismo apasionado instinto primigenio puesto sobre la marcha que queda hacia adelante. Esa apacible seguridad, lo que deja el pródigo bregar, con cimero orgullo de lo logrado, por los accidentados caminos recorridos, ni por asomo es sinónimo de olvido.

Es señal que la vida va echando raíces profundas, tejiendo una trama densa de preciosos instantes, que no cabrían en el estrecho rincón de un solo día de homenaje. La memoria no se resta; se multiplica, se hace somática en cada arruga de experiencia, en cada lección grabada a fuego lento.

La vida de LA TRIBUNA, igual ha de ser de toda alma longeva, es un crisol de emociones, sentimientos, sensaciones, valores intangibles, espirituales, fundidos en motivos meritorios, cada uno de ellos, digno de ser atesorado.

Cada titular que conmovió, informó o enfadó; cada columna que fue bálsamo o espina; cada fotografía que capturó un segundo irrepetible de la historia, son joyas únicas en el collar de su existencia.

Toda la tinta escrita, grisácea o brillante, fue formando el carácter imborrable de nuestra voz impresa y digital.

(¿Y cómo –pregunta el Sisimite–podrías resumir todo lo dicho arriba? -Una vida que –suspira Winston– día tras día, se atesora a sí misma en el altar perpetuo de lo que fue, de lo que es y de lo que, bajo el amparo de la Providencia, seguirá siendo: un testimonio obstinado y hermoso de nuestro tiempo.

El legado eterno –un poema en prosa– que seguirá escribiéndose con el florido lenguaje de las realidades, sobriamente arropado en su presentación, de la portada, siempre veraz, del hoy y del mañana)

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