24.8 C
Honduras
miércoles, junio 3, 2026

¿Traducción?

RECIÉN llegaba al país, como director de la Agencia Internacional de Comunicaciones de los Estados Unidos, USICA. (La vida de USICA fue relativamente corta. El 15 de agosto de 1982, el presidente norteamericano firmó una orden ejecutiva que restauraba el nombre original de USIA (United States Information Agency).

Las oficinas en las embajadas volvieron a ser conocidas como USIS.) “De las rondas que he programado –dijo, excusándose que no le habían dado aún sus tarjetitas de presentación— este es el primer periódico que visito”.

Lo atendimos en las oficinas del director Fundador de La Tribuna. ¿Y usted joven –la pregunta a mansalva–que más tiene aspecto de latino, qué de gringo, de donde viene; dónde estuvo asignado antes? Con el gesto risueño –que siempre lo retrató– ofreció un breve repaso de sus raíces natales hispanas de San Antonio, Texas, y a la otra inquietud contestó que su última parada en el servicio exterior fue la Unión Soviética.

–“De Rusia a Honduras –sonrió el director Oscar A. Flores, mientras acomodaba el cigarrillo en la boquilla Dunhill para encenderlo— una de dos, o a usted, por algo malo que hizo, lo mandan a acá castigado, o viene porque su país intuye que algo fuera de lo común va a suceder aquí en el país”. “Cuéntenos, ¿qué sabe usted que vaya a pasar?”.

Y en efecto, era otro el calibre de los funcionarios diplomáticos que los Estados Unidos estaban acreditando en el país. Honduras, –después de más de un década y media de espaldas a la Constitución, habiendo concurrido a elecciones exitosas, ya iniciado su sinuoso proceso de transición de los militares a los civiles— se convertía en pista de aterrizaje de la política norteamericana en la región en su interés de parar en seco la penetración comunista en Centroamérica.

Cresencio nunca olvidó esa ocurrencia de la primera impresión. “Tu papá –repetía, evocando la irónica interpelación de cuando lo vimos por primera vez—tenía, no solo un fino sentido del humor, sino que una aguda perspicacia, como pocos”. Con su oriundo trato amable en la conversación —poseedor de una erudición enciclopédica, pero expresada con tal sencillez que eludía el equipado empaque de un vasto conocimiento— proyectaba un cálido aire de familiaridad, con el que rápidamente ganaba amigos y confianza. (Hacía sentir que era más nuestro que de ellos).

El presidente, desconfiado y hasta huraño en la plática con extraños, a menudo solicitaba su presencia para escuchar criterio o pedir consejo en asuntos espinosos de las relaciones internacionales. El doctor, tenía una su peculiar forma de hablar. Cuando no quería conversar, o platicaba para que los interlocutores no entendieran lo que estaba diciendo, se enfrascaba en un monólogo de murmuraciones que no daba espacio a las interrupciones.

Ni aguzando el oído podía descifrarse la jerga paceña a que recurría, menos llevar el hilo de la ráfaga de palabras disparadas en arreado desenfreno. Muchas veces el embajador Negroponte salía del despacho presidencial solicitando una traducción, no porque no supiese hablar bien el español, sino por lo ininteligible de aquel argot pueblerino.

Pero Arcos, parecía entenderlo a la perfección, de forma tal que cuando caía en la presidencial, o en el retiro de La Paz, la grulla de funcionarios importantes procedentes de Washington, –de tantos a quienes, dos días de efímera estadía eran suficientes para salir “expertos” en asuntos nacionales y regionales– solicitaban sus servicios de traductor (exégeta de trabalenguas).

Y fue ese período de valioso aprendizaje en Honduras (país al que quiso entrañablemente)— en sacramento de confesión con sus amistades, recordaba sus inolvidables años por acá, que lo entrenaron a descifrar, en su camaleónica dimensión, el complejo contexto latinoamericano. Porque quien logra entender a los hondureños –bromeaba– no solo circunscrito a lo que expresan, sino extendido a lo que en apariencia dicen, queriendo decir y hacer cosa distinta, tiene cancha de sobra para leer cualquier otro país hispano.

Así forjamos una estrecha amistad, más que una relación por la índole del cargo, una cuasi familiar, si hasta nuestros hijos fueron juntos a la escuela, y durante años venían los suyos a dormir a la casa en el barrio La Lara, o los nuestros a la suya, allá en aquella propiedad del imperio –hoy abandonada –de hermosos jardines, en las frescas inmediaciones de Viera.

El Embajador, –cargo que también tuvo aquí– estuviese donde estuviere, siempre estuvo para Honduras. No solo pendiente regularmente de los arremolinados acontecimientos de este pintoresco paisaje acabado, sino para auxiliar, y a veces abogar por los hondureños. Era una voz –de influencia y de respeto– escuchada en ambas alas, la republicana y la demócrata.

Cuando la crisis del golpe, su guía, como la recomendación que recibimos, de acercarnos a varios de sus conocidos en lugares claves, ayudaron a que formulásemos las bases del acuerdo político (Tegucigalpa-San José) que sacaron al país de las castañas del fuego ardiente –suspendido por la OEA—hasta lograr el reconocimiento del Departamento de Estado a las elecciones.

(El Sisimite: Estás allá –en el azul de la infinita paz, al que todos vamos– donde el sol ni sale ni se oculta, pero nunca hay ausencia de luz; ni la noche es un cielo estrellado, sino la cuna tersa del sueño en la inmensidad, donde el tiempo ni cura ni lastima, confundido en la eternidad. -Winston: Igual que araste surcos de bien en la tuya, lo hiciste en tierra ajena, como si fuese la propia. Y cosechaste la inmensa amistad que, llena de gratitud, no olvida esa huella frutecida de tus pasos generosos. Tu memoria siempre será semilla de esperanza en esta tierra que abrazaste con amor desinteresado. Que la corona más humilde de todos los tiempos, sea luz que ilumine senderos de reminiscencia de tu fecunda vida terrenal.)

Más Noticias de El País