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sábado, junio 27, 2026

¿Todo ciclo?

WINSTON y el Sisimite caminaban junto a un riachuelo que parecía no tener prisa por llegar al mar. Las hojas secas caían con una elegancia que solo poseen las cosas que saben retirarse a tiempo. -Decime una cosa, Sisimite… ¿por qué hay gobernantes que, después de un período de buen gobierno, terminan empeñados en quedarse? -Porque el poder tiene una rara alquimia: al principio parece un servicio, después un embriagador privilegio y acaban confundiéndolo con su propiedad. Winston sonrió. -¿Como si fuera monarquía hereditaria? Y cuando llega la hora de entregar las llaves… quisieran que el sillón presidencial tuviese ruedas para llevárselo a la casa. -La historia está llena de ejemplos de quienes tuvieron prestigio en el poder en sus primeros años y lo perdieron por no querer soltarlo. Alberto Fujimori después de importantes logros contra el terrorismo y la estabilización económica, su intento de prolongarse en el poder y las crisis posteriores terminaron llevándolo a un abrupto final político y al descrédito.

-Pensá en Fulgencio Batista, que condenó su país a otra eterna dictadura. O lo de Somoza, que el remedio revolucionario acabó siendo peor que la enfermedad. Winston movió las orejas. -El caso del venezolano Carlos Andrés Pérez, una figura de enorme influencia continental que llegó a ser visto como símbolo de una época de prosperidad. Sin embargo, en su afán de repetir fue destituido por el Congreso y vivió exilado gran parte de su vida. Pero el levantisco militar que se aprovechó de su caída no aprendió la lección. Estuvo allí de emperador dirigiendo satélites durante el auge petrolero, hasta que aquello se derrumbó. Y a su imperial heredero un águila lo extrajo de su búnker inexpugnable para ir a enchutarlo a las bartolinas del imperio. -Como un árbol inmenso que el gorgojo termina secándolo por dentro. -Y del otro lado está Felipe González. Después de catorce años en el poder perdió las elecciones frente al conservador reconociendo el veredicto de las urnas con normalidad democrática. No intentó aferrarse al cargo. Esa actitud fortaleció aún más su imagen como estadista. -O sea que perdió una elección, pero ganó prestigio. El riachuelo seguía cantando entre las piedras. -¿Y qué hay del ecuatoriano prófugo en Bruselas? -Es el caso de suertudos que manejaron una economía boyante gracias al auge de los precios de sus recursos estratégicos. Pero al aferrarse en dejar mandaderos se le dio vuelta la tortilla. Su vicepresidente al que apoyó para que lo reemplazara creyendo controlarlo se le dio vuelta en lo parejo. -Nada tiene de malo impulsar un sucesor o un proyecto político. Pero no abusando del poder para imponerlo. Y si se los lleva Judas en las urnas, aceptar la alternancia y reconocer que el poder pertenece al soberano, no a una persona.

-Los viejos robles, pese a su imponente majestuosidad, entienden lo que políticos olvidan: el bosque no existe para un solo tronco. -Y los ríos tampoco guardan el agua para sí. -Ni el sol exige aleluyas cada mañana que aparece. -El ejemplo emblemático de un prócer que supo retirarse a tiempo es el de George Washington. Pudo haberse perpetuado, pero renunció voluntariamente a un tercer mandato y creó una tradición republicana que marcó generaciones. El país no se derrumba sin esas figuras que asumen ser providenciales. La grandeza consiste en no armar berrinche y tranquilamente dejar que la vida fluya, que el país seguirá adelante. -Como este bosque. -Hasta las hojas saben cuándo soltarse para que el árbol vuelva a florecer. -Irónico. Si la misma naturaleza enseña que todo ciclo tiene un final, absurdo que ciertos políticos se sientan más permanentes que las estaciones. -El capataz cree que el cargo es suyo; el estadista sabe que pertenece al soberano y que la delegación es temporal. Mientras las últimas luces doradas se filtraban entre las ramas, Winston suspiró: “La verdadera inmortalidad política consiste en marcharse a tiempo y permanecer dignamente para siempre, en la memoria colectiva”.

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