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lunes, julio 20, 2026

¿Tiene qué?

ROMPÍA el amanecer iluminando la ondulada hilera de abanicos aluviales de las empinadas montañas. Winston con paso apresurado y su porte marcial al caminar, subía por la ruta tantas veces recorrida de la escarpada ladera. Apenas se escuchaba la cadencia rumorosa del bosque murmurando los montunos sonidos de la vida silvestre.

El crujido de las piedras bajo sus delicadas patitas de pasos de algodón armonizaba con el melifluo susurro de los vientos que le soplaban las orejas, heladas por el aire frío que bajaba escurridizo como un suspiro de los pinos altos que rodeaban el sendero.

La neblina se enredaba en las ramas de la tupida arboleda como hilos de un artesanal telar pueblerino. A lo lejos, el eco de un gallo madrugador anunciando la hora temprana del despertar de la vida, como todos los días, de uno a otro accidentado confín de la abigarrada geografía hondureña.

Llegó exhausto al lugar acostumbrado a la boca de la cueva, una hendidura inmensa en la roca, húmeda y tibia como si la montaña respirara. -¡Sisimite! –gritó Winston– ¿seguís dormido? -¡Salí! Que hoy vengo con cosas serias.

Desde adentro se oyó un gruñido lento, largo, como un trueno que no quiere despertar. -Más te vale que sea serio –gruñó el Sisimite–, porque con este frío, yo solo salgo a comer o a espantar aves de mal agüero. Winston jadeante, se aclaró la garganta: “Vengo a hablar de la patria”.

Salió el Sisimite, mostrando al despabilarse sus pequeños ojos brillantes; extendió los brazos y las manotas, sumiendo el ancho pecho en un hondo respiro, para luego sacudirse las hojas que llevaba enzarzadas como regalo de la noche, pasándose las pezuñas, como un peine, por el sedoso pelo oscuro. -¿La patria? – preguntó rascándose una oreja–. ¿Otra vez, invasión de pobladores a la montaña? -¡No, hombre! –respondió Winston–.

-Vengo a hablar del voto. Se acomodaron en la piedra chata que utilizaban de banca. -Explícate, pues. ¿Qué tiene que ver mi cueva con el voto? Winston respiró hondo el aroma a pino, a musgo y a tierra mojada que le llenaron los pulmones y el espíritu.

-Todo, Sisimite. La patria es montaña, es valle, es playa, es tierra caliente y tierra fría. Si la gente no vota, ¿quién va a defender estos bosques? ¿Quién va a cuidar el río que baja por esa pendiente rumbo a los mares azules? ¿Quién va a asegurar que esta cueva siga siendo tuya y no la acaben haciendo escenario arqueológico? El Sisimite levantó una ceja, preocupado.

-¿Arque, qué? –preguntó, alarmado–. -¡Sobre mi cadáver! -¡Por eso mismo! –dijo Winston–. -La gente no puede quedarse en la casa. Tienen que votar. Si no, otros deciden por ellos. -Y vos sabés cómo es eso: los vivos acaban tomándole el pelo a los bocas abiertas. Frunció el ceño el Sisimite con sabiduría montañesa.

-Sí… tenés razón. Winston señaló con la patita, oteó el perfil de los pintorescos paisajes. -Mirá el país, mirá esa línea de hermosas montañas como espina dorsal de titanes. Mirá allá abajo, el grano de los cafetales frutecidos brillando con la nitidez del rocío que los baña.

Mirá la neblina bajando como manta sagrada de un fugaz milagro de la naturaleza. ¿Cómo no vamos a defender esto con el voto? El Sisimite miró a su alrededor con expresiva ternura. -Es bonito, sí. Aunque mejor sin gente husmeando.

-¡Sí pero no, –exclamó Winston– ya que la gente es parte del país! Y cada uno de ellos necesita votar para que este bendito pedacito de tierra donde nació siga siendo su hogar. El voto es como sembrar pinos: uno de pronto no los ve crecer; pero ahí van, agarrando raíz, enderezándose con cada caricia tenue o impulsivo soplido del viento.

-¿Y la gente confía en el proceso? -¡Tiene qué! –razona Winston– Este es de los procesos más tecnificados que hemos tenido. Controles, vigilancia, todo cuadriculado. Y la presidenta del CNE ha sido como una mujer de viento sereno: tranquila pero firme, como quien baja de la montaña sabiendo que el camino es bravo pero que llegar a destino seguro es un compromiso de honor.

El Sisimite sonrió. -Se ve digna la mujer. -Buena gente, inteligente y con temple –prosiguió Winston–. La piedra angular que sostiene la institucionalidad, suficiente para transmitir confianza. El Sisimite se levantó, estirando los brazos como un gigante viejo sacudiéndose siglos de sueño. -Pues yo digo que la gente debería votar. Si no votan, después no anden, de moco suelto, lamentándose.

-Exacto –suspiró Winston– cada quien debe hacer lo propio. Con una participación masiva, quizás esto se enderece, como camino recién emparejado. -Quedamos pues, te llevo a votar, con tal que no vayas a asustar a nadie cuando pongas un dedo de esa manota en el aparato biométrico. Moraleja: La patria se cuida con amor, se defiende con valor… y se afirma con el voto.

que cada voto sea contado. La también Premio Nobel de la Paz expresó su ad y destacó la importancia de la participación ciudadana.

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