Qué te revise la carta sobre los Therain? – el Sisimite a Winston– ¿Y ya no la publicaste y la mandaste sin esperar respuesta? De todos modos, aquí va, no con tinta, que la tinta se me corre con el sereno montañoso condensado en gotas de rocío; te devuelvo la encomienda con el eco de lo vivido en esta cueva, una eternidad de ver mucha humanidad pasar, de verlos crecer, tropezar, olvidar y volver a empezar. Hasta la hoja del calendario de hoy en día, con las agujas de los relojes marcando la hora presente, cuando las luces artificiales de la sociedad moderna le ganan la partida al ensoñador resplandor de los cuerpos celestes de la inmensidad. No te equivocás, solo que te quedaste corto. La pantalla es solo un espejito de agua quieta. El dilema está en lo que refleja. El problema es el vacío que ellos llevan por dentro y que intentan llenar con puros «me gusta» repleto de «changoneta», como si el alma se alimentara de basura. Es cierto que en muchos casos los padres están ausentes. Yo los he observado desde lo alto de estos cerros engreídos presumiendo dar a sus hijos «lo que yo no tuve». Y si de dar se trata –un pequeño detalle– se les olvida lo único que ellos sí tuvieron y ya no dan: su tiempo.
El tiempo de sentarse en el suelo, de ver pasar una hormiga cargando una hoja, de preguntar «¿y vos cómo estás?» y con legítima ansia de saber, esperar la respuesta, que bien puede ser un comentario infantil, un inocente gesto de sentirse incluido o quizás solo una mirada. El hogar es donde los padres ponen la primera piedra de la formación de sus hijos, pero la segunda en esa arquitectura de la vida se coloca en la escuela. El maestro que no incursiona en el alma de los muchachos no es maestro. Un alumno no es una vasija que hay que llenar de “chucherías”. (Sin que te vayas a dar por aludido ya que “chuchería” no viene de chucho, sino de la palabra mozárabe: “chocho”, confite o dulce pequeño, es decir golosina). El estudiante ¡es un fogón! Y al fogón hay que darle el primer fuego. Después, él solo busca la leña. Solo echarle humo hace que con los nublados ojos llorosos nada más vea. Y si los cipotes no alcanzan sentido de identidad y lugar de pertenencia en el hogar y en las aulas, descorazonados migran a otra manada donde obtenerlos. Buscan lo que los adultos ya perdieron, la conexión con lo simple, con el instinto: Con lo simbólico de un aullido bajo la luna llena. Correr chuñas, sin zapatos; sentirse – vaya paradoja, socializando en las redes– otra cosa que no sea un «estatus de WhatsApp». No es que quieran ser lobos, felinos o pájaros. Es que quieren sentir la sensación a pelo, la tierra, la libertad que los adultos cambiaron por apariencias. Los mayores debiesen saber que los jóvenes no se pierden solo por culpa de las pantallas. Se pierden porque el mundo que les construyeron es de cemento, de lo material –poco espiritual– de urgencias –que el mundo se acaba si dejan un minuto sin ver sus chunches digitales– y de prisas. Y ellos necesitan barro, inspiración anímica, plectro divino, y más que todo, tiempo.
La vida no hay que vivirla con adicción hipnótica al aparato en forma compulsiva de clic en clic. La sed de insaciable entretenimiento no es felicidad. La dicha es disfrutar cada momento de la relación personal –viéndose y compartiendo cara a cara– con el padre, con el maestro, con el compañero, por sencilla y pasajera que fuere la ocasión, dándole vital importancia, como si fuese la última alegría que se tiene. La tribu se encuentra en la mirada que no juzga, en el juego que no compite, en la historia que se cuenta alrededor de los leños prendidos de un fuego contemplando la ubérrima plenitud de la naturaleza (siquiera, si no es mucho pedir, en la mesa a la hora de la cena, sin teléfonos). Ser humano –a quien finge ser animal– no es un defecto del que haya que huir. Es un regalo. Pero para querer ser humano, hay que invocar los orígenes y regresar a las raíces, al árbol de las virtudes –activos intangibles como palpables– que definen ser humano. Humanos que ríen, que lloran, que sueñan, que tropiezan; que si se equivocan piden perdón; que abrazan: que se miran a los ojos. Si tanto cuesta entender, que trepen la montaña, que vengan un día. Que se sienten callados, con la compañía solitaria de su ser, en una roca. Que aprendan otra vez el don de saber esperar –recobrar la paciencia; la madurez emocional para enfrentar adversidades con serenidad, autocontrol y perspectiva; a oler el aire, a hundir los dedos en la tierra húmeda, para palpar con las manos donde crece la semilla que alimenta, la floresta que embellece, la arboleda que protege. A ver, sin la prisa citadina, la luna y la inmensidad del estrellado cielo, meditando ¿quién hizo y cómo fue que pudo ocurrir todo aquello? A lo mejor ahí, en ese silencio milenario de paz interna, fuera del mundano ruido callejero y de la bulla infernal de las pantallas, al fin encuentran la voz ausente que mucho les hace falta.


