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miércoles, junio 3, 2026

¿SÍNDROME DE ESTOCOLMO?

HABLAMOS en editorial anterior de otro trastorno psicológico que concurre a intoxicar el caótico ambiente político de odios encarnados. El enjambre de militantes atacando a compañeros del mismo partido por no alinearse a la postura del bando rival, derivado del mayor odio que comparten contra el otro “enemigo”.

En las redes, en los mensajes agresivos de los chats comunitarios, en declaraciones públicas a la prensa, hacen pedazos a los suyos –a los combatientes de su misma legión– que no inclinan el espinazo reverente a la voluntad caprichosa de quienes por años los han tenido cautivos.

Esto se conoce como el Síndrome de Estocolmo, aplicado a la política. Se trata del trauma psicológico en que los cautivos desarrollan vínculos emocionales positivos hacia sus captores. Y esa relación, casi filial, les impide zafarse del enyugamiento que los ha tenido secuestrados por tanto tiempo. De no ser por lo perturbador, no pasaría de ser un fenómeno curioso.

Correligionarios de un partido atacan con saña a quienes, dentro de su misma tienda, se atreven a actuar en aras del bien superior. Lo hacen no por lealtad a principios, sino por sumisión a una narrativa ajena, paradójicamente, en indecoroso estado de sometimiento, dado que, por asociación – secuestradores y secuestrados– comparten mayor desprecio contra el otro “enemigo”.

Este trastorno de identificación con el opresor –que en su versión original describe el nexo afectivo que algunas víctimas encarceladas desarrollan con sus carceleros– se manifiesta en el campo ideológico cuando la debilidad de identidad partidaria les induce a aceptar como propias consignas del adversario con el cual, irónicamente, siendo rivales tradicionales, se sienten familiarmente uncidos, únicamente porque ese socio circunstancial comulga con ellos un odio mayor al “enemigo” común: el extremo opuesto.

En esta época cuando militantes de uno y de otro partido muy poco saben de sus glorias históricas, ni afincan nexo de identidad con sus embrionarias raíces doctrinarias –ni perciben entrañable lo suyo, de lo que debiesen sentirse orgullosos– la cadena no es ideológica: es emocional.

“No se trata de afinidades programáticas, sino de resentimientos sincronizados”. En este escalofriante clima de desprendimiento de lo propio, “los valores de subsistencia del instituto político –la capacidad de debatir, disentir y dialogar, pero siempre actuar como cuerpo frente al adversario– han sido desahuciados. La moderación, el equilibrio y la prudencia, vaya descaro, incluso por uno que otro de lealtades políticas inconsistentes, cínicamente es etiquetada como “traición”.

Un fenómeno devastador a la democracia. Ya que transfigura la libertad –principio fundacional del liberalismo– en herejía, y a la conciencia individual en pecado político. “Porque anula la dignidad como norma superior, que es el oxígeno de todo pensamiento vivo, y canoniza el servilismo, que es la plaga de la integridad”.

Y porque “alimenta un ciclo vicioso de polarización, donde cada extremo legitima su violencia en los excesos del contrario, y cada concesión a la sensatez es vista como una rendición al adversario”. (Quienes sufren el síndrome –tercia el Sisimite– son inconscientes de su padecimiento.

Se engañan con la apariencia de su imagen que creen defender –como si la tuviesen–atropellando (se envidia lo que se carece) a gente decente, honorable, entendida, versada, formada, dentro de su propia formación.

-Lo que lleva –interviene Winston– a ese otro fenómeno del canibalismo político. Comiéndose entre los mismos. (Por ejemplo, arañas, como la “Viuda Negra”, ratas y chinches). -¿Y dónde dejás –vuelve el Sisimite– a los lagartos y a los cocodrilos?

-¿Y cómo explicás –reflexiona Winston– la total pérdida del espíritu de cuerpo (ese sentimiento de unidad, orgullo y lealtad que comparten los miembros de un ejército) dentro del mismo partido político? -Pues sí –comenta el Sisimite– temas para otros editoriales:

“se basa en la idea de que todos están trabajando juntos hacia un objetivo común y se apoyan mutuamente para lograrlo”. -En su filosofía del absurdo –Winston citando a Albert Camus–

“El enemigo más peligroso de la libertad no es el tirano que la suprime, sino el esclavo que la adora”. Y una paráfrasis a José Ortega y Gasset en la Rebelión de las Masas: “El peor enemigo de un proyecto noble no es el adversario externo, sino el desdén cobarde de los que debieron sostenerlo”).

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