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jueves, febrero 22, 2024

¿Qué leen las mujeres?

En tiempos en que la gente habla o comunica mucho, demasiado, hasta el hastío casi, especialmente a través de las redes fecales, lo cual no es malo siempre que le sirva a alguien, escasamente hay pocas cosas buenas y menos útiles y abunda la bosta o lo que he dado en llamar “alimento para cerdos”.

Con ese prejuicio concluyo que eso es resultado de una baja autoestima en los autodenominados “influencer” o “generadores de contenido” -jajajajaja-  y en consecuencia lo que “suben” es cosecha de sus complejos personales, de una pobre educación (no tiene que ver con títulos) y ciertamente de falta de qué hacer u ocio lo que desemboca o lleva a esa gente a desvariar, a  elucubrar sin sentido sobre cualquier cosa, incluso lo insulso, en lugar de ponerse a aprender algo que les sirva o leer aunque sea un poco para no ignorar tanto.

Viene a mí esa cavilación tras escuchar a una mujer en cuerpo de hombre expresar su orgullo porque en un reciente concurso femenil unas hablaron bien y otras no tanto, lo que alebrestó las entrañas de ese espécimen cuando escuchó a esas jóvenes de sobrada belleza, pero de aparente escasa instrucción o cultura.

Ese panorama llevó a preguntarme: ¿lee la gente?, y si lee, ¿qué lee?

Uno de los fenómenos comerciales más recientes ha sido el de los libros de autoayuda, se supone que inducen al bienestar personal, a que la gente no pierda el tiempo viendo, leyendo o escribiendo babosadas y mejor se incline por perfeccionar su vida y su entorno.

Oficialmente, el primer libro de autoayuda se publicó en 1857 y se llama “Self-Help”, su autor, Samuel Smiles, fue un político que tuvo dudas en cuanto al título, pues temía que pudiera parecer una apología del egoísmo. De hecho, lo que defendía era el esfuerzo personal y la idea de que las verdaderas revoluciones suceden en el interior de nuestra cabeza. La frase con que Smiles inició su libro –“La providencia ayuda a quienes se ayudan a sí mismos”– resume a la perfección el espíritu de esta “filosofía casera”.

En realidad, los orígenes de la literatura de autoayuda son mucho más antiguos. Miles de personas tienen en la Biblia un libro de cabecera cuyos consejos y máximas siguen al pie de la letra en su vida diaria. El estoicismo de las Meditaciones de Marco Aurelio y la Consolación de la filosofía de Boecio, la sabiduría budista del Bhagavad Gita y el camino taoísta del Tao Te Ching también llevan siglos proporcionando una orientación a quienes buscan ayudarse a sí mismo.

La autoayuda propiamente dicha, revelan escritos de expertos, nació y se consolidó en el individualista siglo XX, la era dorada del “viaje interior” y la búsqueda del “yo”. Una de sus fuentes innegables es la obra de Sigmund Freud, que al introducir la noción de la autoestima sentó las bases para la filosofía del “hazlo tú mismo”.

De hecho, los libros de autoayuda son, por así decirlo, la versión convencional del psicoanálisis. Dos clásicos del género son “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”, (1936), de Dale Carnegie, y “Yo estoy bien, tú estás bien”, (1969), de Thomas Harris, ambos con millones de ejemplares vendidos y traducidos a decenas de idiomas.

Un articulo del New York Times revela que durante los cuarenta años que median entre las dos obras se fue gestando la literatura de autoayuda. La simplificación de las teorías psicoanalíticas y el empleo de términos supuestamente científicos como bloqueo, autenticidad, catarsis, yo infantil, validación o autoinculpación son las armas que emplea el ejército de “expertos” que inunda desde hace más de medio siglo nuestros medios de comunicación con sus fórmulas mágicas para arreglar la vida.

Pero uno de los padres de la autoayuda fue precisamente el doctor Freud, no solo por su célebre teoría psicoanalítica, sino por su estudio de la psique femenina, tema prácticamente desconocido en la primera mitad del siglo XX. Hoy la mujer constituye un gran segmento del mercado editorial, pero Freud fue uno de los primeros en plantear una cuestión clave

Así, “¿Qué quieren las mujeres?”, se preguntaba el padre del  psicoanálisis cuando muchos dudaban de que la mujer tuviese alma. Desconcertado, el austriaco bautizó a la mujer como el “continente oscuro” y se declaró incapaz de desentrañarlo. Casi ochenta años después de su muerte, el mundo femenino es uno de los negocios más prósperos del mundo.

Esto, lo confirma el éxito de “Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus”, de John Gray, que vendió más de cuarenta millones de ejemplares desde 1992. Una de las premisas en que se basa el libro es que las diferencias entre hombres y mujeres son universales.

Las mujeres parecen tener un ansia insaciable de leer sobre sí mismas, sus peculiaridades y las diferencias que las separan de los hombres. Al hilo de este interés han surgido verdaderas multitudes de expertos y expertas dispuestos a soltar su perorata.

Uno de los éxitos editoriales de este género es “Inteligencia emocional”, de Daniel Goleman, que atribuye a las mujeres una capacidad casi sobrenatural de percibir y manejar los sentimientos ajenos.

“Al navegar por nuestra vida, lo que nos guía son los miedos y envidias, las iras y depresiones, las preocupaciones y ansiedades. Hasta las personas más sobresalientes académicamente son susceptibles de dejarse llevar por sentimientos incontenibles”, explica el autor. Lo único que nos permite sobreponernos es la inteligencia emocional.

La mayoría de las mujeres tienen esta “aptitud superior”. Algunos hombres también. El resto la puede aprender.

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