31 C
Honduras
miércoles, junio 3, 2026

¿Prensa?

VIVIMOS en un mundo hiper-digitalizado donde el tiempo, la atención y la opinión pública ahora es presa del algoritmo. Las marcas lo saben. Las instituciones lo saben. Y por eso, con una fe que raya en lo ilusorio, muchas empresas –serias, formales, responsables– invierten tiempo y presupuesto en anunciarse en redes sociales creyendo que están siendo vistas, notadas, escuchadas. Pero no lo están. O no como creen.

se revela la gran ficción del siglo XXI: la ilusión de la publicidad sobria en un ecosistema construido para lo frívolo, lo absurdo, lo estrafalario. El anunciante ve que millones de usuarios pasan el día conectados, compulsivamente deslizando pantallas, y cree ingenuamente que ahí está su público cautivo. Pero no distingue entre presencia y atención. La primera abunda. La segunda escasea. Y lo poco que hay, lo consumen los bailes ridículos, los filtros deformantes, las peleas virales, los sketches grotescos y las changonetas con más gritos que ideas.

¿Dónde cabe en ese carnaval un anuncio sobrio, pulcro, con tipografía institucional y mensaje razonado? En ninguna parte. Es como pretender leer poesía en medio de una fiesta de disfraces con ruidosos parlantes vociferantes. O como anunciar una cátedra universitaria durante un concurso de eructos.

El escenario digital está diseñado para entretener, no para informar. Para excitar, no para persuadir. Pero empresas e instituciones serias se embaucan con el espejismo ponen su logotipo al lado de videos de gatitos, su misión corporativa entre los comentarios de una discusión tóxica, su mensaje serio al fondo de un hilo de insultos.

Pagan miles de impresiones… sin impresión alguna. El algoritmo premia la emocionalidad, la polémica, lo grotesco, lo gracioso. No premia la sensatez. No viraliza la sobriedad. Lo que importa no es si el mensaje es correcto, sino si provoca un clic, una risa, un enojo o una burla. Y si no lo hace, simplemente no existe. Es invisible. Pero los ilusos persisten en la alucinación. Prefieren la fatamorgana de estar “en la conversación” antes que aceptar que están solos; su presencia irrelevante.

La paradoja es evidente: nunca antes hubo tanta gente viendo pantallas, y nunca fue tan difícil captar su atención de manera auténtica y profunda. Nunca fue tan fácil llegar, y tan difícil quedarse. Lo irónico es que en medio de tanto “estar conectados”, casi nadie se conecta con lo que vale la pena.

Las empresas que insisten en hablar con tono sobrio en medio del ruido digital son como músicos clásicos tocando violín en medio de una batalla de DJs: su música es hermosa, sí… pero inaudible.

Tal vez ha llegado el momento de replantear la estrategia. ¿Y esa golosa apetencia por engancharse a redes, en serio piensan que equivale a comunicación? (-¿Cuál es la ventaja –tercia el Sisimite– de los medios convencionales, digamos periódicos y demás, cuando se trata de mensajes y publicidad sobria de empresas serias? – Winston: Contexto de seriedad y credibilidad:

“Ofrecen un entorno editorial más controlado y respetado, lo que otorga prestigio y credibilidad a los anuncios que allí se colocan. Una empresa seria que se anuncia en un periódico, como La Tribuna, se asocia automáticamente con formalidad, estabilidad y responsabilidad y su influencia sobre el inmenso mapa de sus lectores”.

“Los lectores, oyentes o televidentes de medios tradicionales suelen ser más selectos, informados, y con capacidad de decisión”. “No buscan entretenimiento instantáneo, sino información útil y confiable”. “Un anuncio en un medio impreso o en un programa serio tiene una vida útil más larga y un impacto más reflexivo. Puede ser recortado, archivado, fotografiado o compartido en contextos formales. Además, permite explicar mejor un mensaje complejo, sin necesidad de reducirlo a 7 segundos o a una frase provocadora”.

“En los medios tradicionales, la empresa controla el tono, el formato y el contexto de su anuncio. No se expone a ser ridiculizada en los comentarios, ni a aparecer junto a contenido ofensivo o trivial. En redes, un mensaje sobrio puede quedar atrapado entre un escándalo viral, un video ridículo o un “fake news”.

Además, está sujeto a una avalancha de opiniones, parodias o distorsiones que pueden dañar la imagen institucional”. Reputación institucional: “Para empresas que valoran su marca, legado y coherencia de identidad, los medios serios –la prensa convencional– siguen siendo el mejor canal”. Colocarse allí es una declaración de principios: “No queremos entretener, queremos inspirar confianza”).

Más Noticias de El País