Por Otto Martín Wolf

… los políticos mientan para ganar una elección? No me refiero a impedirles que mientan menos por razones de sinceridad o cortesía, sino a evitar que sigan convirtiendo las campañas electorales en competencia internacional de milagros.
Se me hace difícil creer que alguien renuncie a ganar unas elecciones por la insignificante razón de no ofrecer todo lo que se le ocurra, a sabiendas de que jamás podrá cumplir. Sería como presentarse a un concurso de belleza y confesar que porta tres capas de maquillaje, dos personalidades y el carácter de una suegra con insomnio.
La sinceridad rara vez obtiene mayoría absoluta. La mentira, en cambio, puede conseguir hasta dos mandatos.
Supongamos que usted es candidato. Su adversario promete construir diez hospitales, bajar los impuestos, duplicar los salarios, acabar con la delincuencia y conseguir que llueva únicamente de noche: ¿Qué haría usted?
Yo mentiría también. Y, una vez instalado, crearía una comisión para investigar por qué no se cumplieron las promesas. El culpable sería -naturalmente- mi antecesor. En política, la responsabilidad tiene una brújula infalible: siempre apunta hacia el gobierno anterior.
Todavía no hemos conseguido meter en la cárcel a nadie por promesas incumplidas ¡Qué imperdonable descuido legislativo! Podríamos crear el delito de fraude electoral imaginativo, con agravantes por prometer ferrocarriles que vuelan y empleos para ciudadanos que todavía no han nacido.
Las condenas se calcularán según la cantidad de aplausos recibidos.
Pasemos al comercio. ¿Podríamos evitar que algunos comerciantes reduzcan el tamaño de los productos mientras mantienen el precio, o anuncien ofertas que requieren un doctorado en arqueología publicitaria para encontrar el descuento?
Aquí aparece una palabra elegante: anfibológica. Una expresión que admite varias interpretaciones y es el idioma oficial de ciertos anuncios.
«¡Descuentos del 80 % alrededor de toda la tienda!».
Uno entra dispuesto a comprar hasta el mostrador y descubre que la oferta se aplica a paraguas pasados de moda, corbatas de las que nadie usa y que se encuentran “alrededor de toda la tienda”.
El anuncio simplemente confía en que el cliente padezca discapacidad lectora temporal.
La letra pequeña es maravillosa: permite decir la verdad con la misma eficacia con que una cortina permite esconder un elefante. Si aplicáramos las leyes con rigor, necesitaríamos construir megacárceles para políticos, comerciantes, publicistas y fabricantes de envases enormes que contienen menos galletas y más esperanzas.
No habría espacio para hospitales, pero podríamos ofrecer descuentos del 80 % en las celdas, válidos únicamente para delincuentes primerizos.
¿Y qué hacemos con los motociclistas que convierten las aceras en circuitos de Fórmula Uno, taxistas que conducen como si los persiguiera la muerte y buseros que consideran al peatón un obstáculo entre ellos y el próximo semáforo?
¿Más vigilancia? ¿Multas que se cobren? ¿Leyes que se cumplan?
¡Cuidado! Una cosa es hablar de orden y otra muy distinta alterar nuestro folklore. Imagínese que una motocicleta tuviera que circular por la calle, que un autobús respetara las señales de tránsito.
Habría que cambiar los manuales de conducción, las costumbres nacionales y quizá hasta el himno, para incluir una estrofa sobre la prudencia.
Podríamos copiar las soluciones de otros países. Pero eso exigiría estudiar, planificar, fiscalizar y mantener las obras después de la fotografía inaugural.
Y llegamos al agua.
Cuando llueve, dejamos que millones de litros se marchen alegremente hacia el mar. Cuando llega la sequía, descubrimos que el agua se ha marchado sin dejar dirección ni teléfono.
La solución es conocida: almacenar, construir infraestructura y mantenerla. No necesitamos contratar a la NASA para entender que el agua que cae hoy se necesitará mañana.
Pero padecemos amnesia estacional. Cuando llueve olvidamos la sequía, en verano olvidamos el invierno. Si algún gobierno consiguiera recordar ambas estaciones en el mismo mandato, merecería un premio internacional de inteligencia administrativa.
¿Podríamos evitar todas estas cosas? No completamente. Siempre habrá alguien dispuesto a mentir, engañar, conducir como un demente o desperdiciar hoy lo que necesitará mañana.
Pero podríamos castigar el engaño, exigir resultados y premiar la responsabilidad. Claro que eso requeriría ciudadanos capaces de distinguir entre una promesa y un milagro, entre un candidato y un vendedor de ilusiones.
Ahora que lo pienso, quizá el problema no sea que resulte imposible evitar tanta estupidez.
Quizá el verdadero problema sea que, cuando alguien nos promete una mentira, corremos a elegirlo antes de pasarlo por un detector de mentiras.



