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viernes, junio 5, 2026

Para salvar la democracia

Por Héctor A. Martínez

A la democracia debemos cuidarla como se cuida a un ser querido. Cuando la persona amada no está más con nosotros, comenzamos a extrañar su presencia; a ofrecerlo todo con tal de traerla de regreso.

Es que con el adiós definitivo ya no queda nada por hacer. Con la democracia sucede más o menos lo mismo. Si la descuidamos, la perdemos. Gracias a la divina Providencia todavía existe la posibilidad de la resurrección, pero eso depende enteramente de nosotros, los ciudadanos responsables.

En su ausencia, lo que más echamos de menos son las libertades que generosamente nos concede. Libertad de opinión, la posibilidad de disentir, protestar, el derecho a elegir; de creer sin temor. Si una aborrecible dictadura llegara a restringir esas libertades de un solo plumazo, ¿no alzaríamos nuestras voces de protesta para evitar semejante atropello a la dignidad humana? Eso dependería del grado de represión que el poder impusiera a los movimientos en resistencia.

Al contrario de las dictaduras, en un ambiente democrático podemos protestar sin temor alguno. Blandiendo su espada autoritaria, Daniel Ortega dijo de la oposición en el 2021: “Son criminales que quieren derribar al Gobierno”.

Los criminales eran sacerdotes, periodistas e intelectuales; ahora todos en la chirona o en el exilio. En términos políticos, pues, democracia y libertad son términos equivalentes. Imaginando un plano cartesiano, podríamos decir que, a mayor democracia, mayores libertades y viceversa.

La historia nos muestra que ambos principios son inversamente proporcionales a las dictaduras. Cuando las libertades constituidas en una carta magna se conculcan, estamos ante la presencia de un Estado totalitario que, penetrando en cada resquicio de la sociedad, controla y decide el destino de los ciudadanos.

Quienes recuerden la historia del fascismo saben a lo que me refiero. Por su propia supervivencia, cualquier totalitarismo sanciona un estado de excepción prolongado mientras dure su mandato. Muy al estilo de Stalin, eso significa que la ley la impone el autócrata amparado en el simulacro funcional de los otros poderes del Estado, mientras se escribe una nueva constitución que favorezca al partido en el poder.

Lo demás es pura pantomima. De cara a las próximas elecciones hondureñas, quienes han experimentado en carne propia los excesos del totalitarismo nos advierten que debemos vernos en el espejo de las democracias que pasaron a mejor vida.

Los que han visto morir las libertades en manos de un régimen autocrático nos llaman a no repetir su desgracia. Y eso es exactamente lo que debemos medir antes de emitir nuestro histórico voto. Con la agudeza de un médico, debemos observar detenidamente los síntomas preelectorales.

¿Hay miedos, silencios, censuras, signos de imposición? ¿De dónde provienen esas señales? ¿Qué sector las promueve? Desgraciadamente, el abstencionismo, la apatía y el desencanto obligan a la gente a renunciar a su deber ciudadano de votar.

Y, cuando la papeleta queda en blanco, quien decide por nosotros es el poder. Felizmente, y viendo las tendencias actuales, todo parece indicar que el hondureño, actuando previsoramente, ya emitió su juicio electoral desde hace algún tiempo. Las encuestas son claras. Por la salvación de la democracia, esas son buenas noticias.

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