EL huracán Melissa ha dejado una estela de destrucción en el Caribe que no puede entenderse sin mirar de frente al cambio climático, la injusticia global y la indiferencia política. El Caribe vuelve a ser escenario de una tragedia anunciada.
El huracán Melissa, con vientos que superaron los 280 km/h y una velocidad de desplazamiento tan lenta como devastadora, ha arrasado con comunidades enteras en Jamaica, Haití, República Dominicana y Cuba.
Las lluvias torrenciales, las inundaciones catastróficas y la destrucción de infraestructura básica han dejado a miles sin hogar, sin electricidad y sin acceso a servicios esenciales. En Jamaica, se habla de “la tormenta del siglo”. Pero Melissa no es un fenómeno aislado. Es el rostro visible de una crisis climática que se intensifica.
La rápida transformación de una tormenta tropical en un huracán de categoría 5 en menos de 48 horas, según los entendidos, es una señal inequívoca del calentamiento global. Los océanos más cálidos, alimentados por décadas de emisiones descontroladas, están generando ciclones más violentos, más húmedos y más impredecibles.
Lo que antes era excepcional, hoy es la norma. Y aquí surge una verdad incómoda: los países que menos han contribuido al cambio climático son los que más lo sufren.
Mientras las naciones industrializadas siguen postergando compromisos reales para reducir sus emisiones, los países del Caribe y Centroamérica pagan el precio con vidas humanas, economías colapsadas y generaciones enteras condenadas a la precariedad.
La justicia climática no es solo un concepto ético: es una deuda histórica que sigue sin saldarse. Y aquí surge una verdad incómoda: los países que menos han contribuido al cambio climático son los que más lo sufren.
Mientras las naciones industrializadas siguen postergando compromisos reales para reducir sus emisiones, los países del Caribe y Centroamérica pagan el precio con vidas humanas, economías colapsadas y generaciones enteras condenadas a la precariedad.
La justicia climática no es solo un concepto ético: es una deuda histórica que sigue sin saldarse. Honduras es un ejemplo doloroso de esta desigualdad.
Aunque Melissa no tocó directamente su territorio, sus efectos indirectos — lluvias intensas, crecidas de ríos, deslizamientos— se suman a una temporada ya marcada por la vulnerabilidad extrema. Muchas poblaciones del norte y oriente del país, más un buen número de colonias y barrios de la capital, han sido golpeados por precipitaciones que superan la capacidad de respuesta de las autoridades.
La infraestructura es frágil, los sistemas de alerta temprana son insuficientes y las comunidades más pobres, como siempre, son las más expuestas. En este contexto, debe preocupar más la falta de propuestas de quienes aspiran a ser autoridades del país y que competirán en las elecciones del próximo 30 de noviembre.
Mientras el país se inunda, la agenda climática brilla por su ausencia en los debates. No hay propuestas concretas sobre adaptación, ni planes para fortalecer la resiliencia de las comunidades, ni compromisos para exigir justicia climática en los foros internacionales.
La política nacional parece vivir de espaldas a la realidad ambiental que amenaza con desbordarlo todo. La omisión no es inocente. Hablar de cambio climático implica confrontar intereses económicos, cuestionar modelos de desarrollo extractivistas y asumir responsabilidades que muchos prefieren ignorar.
Pero el costo de esa indiferencia es altísimo. Cada huracán que azota la región sin que se tomen medidas estructurales es una oportunidad perdida para proteger vidas y construir un futuro más justo.
El huracán Melissa debe ser un punto de inflexión. No podemos seguir normalizando la catástrofe. Es hora de exigir a los líderes políticos que hablen claro, que propongan soluciones y que actúen con la urgencia que la crisis demanda.
Y es hora también de que la comunidad internacional –que de nuevo se reunirá en los próximos días en Brasil– reconozca su deuda con el sur global, no con discursos vacíos, sino con financiamiento, transferencia tecnológica y compromisos vinculantes.


