LA polvorienta arena política retumba en espeluznante ruido. Como en los estadios de la Roma antigua de fieras devorando esclavos (“panem et circenses”) –entre el frenético rugir de la plebe alborozada– día a día ofrece una entretenida tanda de espectáculos, entre discursos virulentos de contrarios, despachos digitales de tipos irrelevantes, angustiados por su insignificancia, queriendo figurar y la nube tóxica de odio con que amargados han emponzoñado el aire, sin dejar espacio ileso, en todo rincón de la pintoresca geografía nacional.
Pero detrás del estruendo y las fingidas poses se esconde una verdad más siniestra y menos confesada: “la proliferación de mecanismos de defensa psicológica para esquivar responsabilidades propias, disimular errores y enmascarar las carencias éticas o de propósito”.
Aquí explicamos algunas que se han vuelto funcionales a la política presente: la proyección de culpa, la victimización y la resignación fatalista. Cuando se culpa al pasado, a los otros, al sistema o a cualquier “enemigo” externo, se está proyectando hacia afuera lo que no se quiere aceptar dentro. Este hábito –tan humano como destructivo– libera momentáneamente del peso de la autocrítica, pero a costa de dar una solución.
“La proyección de culpa no corrige, solo acusa; el político no lidera, solo esquiva”. Ello es manifestación “del síntoma de un alma escindida, incapaz de integrar las fallas propias como parte del aprendizaje político”. Al final, se actúa desde la negación, lo que acaba siendo inhibición. La victimización es otro escudo. “Nada más cómodo que replegarse, a la condición de víctima”.
Encusucarse en la victimización –pretextando ser blanco de ataques conjeturales–no es otra cosa que una coraza de inmunidad para blindarse, como escape a asumir responsabilidades. No hay recurso más efectivo que excuse la incompetencia que arroparla en un manto de martirologio sin cruz. Esto no es nada nuevo, pero “en la era de la sobreexposición digital y la polarización maniquea, cobra revitalizada fuerza como escudo retórico y emocional”.
“La victimización –entendida como mecanismo de defensa a la ineptitud– es el refugio del ego herido que no sabe liderar desde la madurez, sino desde la autocompasión”. El político o funcionario que se disfraza de víctima no construye –aparte que no es su propósito construir, sino dramatizar– solo evade responsabilidad.
Enfrascarse en una guerra intermitente con enemigos imaginarios, lejos de aportar soluciones, es encender mechas de pólvora a la dinamita que revienta en conflictos capitales. Y finalmente queda “la resignación que no es aceptación serena sino cobardía revestida de realismo”.
Es la que se instala en los políticos que, ante la dificultad de actuar con valentía, se repliegan en frases como “así está el sistema” o “no se puede hacer más”. Pero “la resignación como doctrina política no es otra cosa que la renuncia al mandato transformador en el ejercicio de autoridad”. Políticos y funcionarios de esa índole, en el fondo, han vaciado de sentido su función.
“No lideran, no inspiran, no sueñan. Solo gestionan inercias mientras el país se hunde”. (Quedemos pues –tercia el Sisimite– los 3 escudos, proyección, victimismo y resignación, comparten una raíz común: “la negación de la responsabilidad propia como núcleo del actuar político, reflejando en muchos casos vacíos existenciales no resueltos: una falta de vocación auténtica, un ego frágil que necesita culpables, público o aplauso, o simplemente el miedo a confrontarse con la verdad”.
Si bien tienen su explicación psicológica, como herramientas institucionalizadas hacen peligrar el destino de comunidades enteras. Dirigir desde la evasión, o propiciar la provocación sin sentido –no hay que ir muy lejos para encontrar ejemplos, digamos en el CNE– es sembrar desconfianza, cultivar polarización y perpetuar el estancamiento.
-Visto desde la ética cristiana –ilustra Winston– y no me refiero a la confesional, sino la inspirada en los evangelios, estos escudos revelan una honda contradicción. “Jesús no delega su cruz, no se declara víctima del Sanedrín ni se resigna a lo injusto. Asume, denuncia, actúa y se entrega.
Su modelo es uno de responsabilidad radical y de transformación desde el interior. Por eso, la política que se rinde a los escudos del alma vacía, traiciona no solo el bien común, sino también la conciencia moral que debería guiarla”)


