La elección presidencial en Colombia confirma la naturaleza de las oscilaciones del péndulo en América Latina y otras democracias. Cuando un sector político gobierna y una parte importante de la ciudadanía percibe que sus expectativas no fueron satisfechas, suele buscar una alternativa ideológicamente opuesta. Y de cierto tiempo para acá, dado el marcado conflicto en la sociedad, los ciudadanos van de un extremo opuesto al otro extremo. El triunfo de la derecha colombiana obedece al descontento de una buena parte del electorado con la gestión del gobierno saliente en temas como seguridad, economía y gobernabilidad. El desgaste gubernamental y el demoledor voto de castigo. La percepción de polarización y confrontación política, llevó a muchos votantes a buscar un cambio de rumbo. La campaña política de la derecha, centrada en propuestas de mano dura contra el crimen y de impulso a la actividad económica, dio resultado. Y por supuesto la concentración del voto opositor alrededor de un solo candidato en la segunda vuelta.
De momento lo que hay son datos del “preconteo”, un resultado preliminar e informativo, elaborado con rapidez la noche de la elección. (Igual al TREP montado aquí por el órgano electoral). El escrutinio es el procedimiento oficial y jurídicamente válido, mediante el cual las autoridades electorales revisan actas, corrigen errores materiales y resuelven reclamaciones. Las objeciones del Petro, –ahora también acusa al ganador de “comprar votos”– parecidas a su desvarío en la primera vuelta, de insinuar fraude o desconocer los resultados sin aportar pruebas suficientes, llevan la premeditada intención de erosionar la confianza pública en las instituciones. Si bien en Colombia ha habido antecedentes reales de fallas en formularios, transmisión y escrutinios el alegato de Petro que “hubo cambios de IP”, “se vulneró el software” para deducir que “solo Israel puede hacerlo”, es desquiciado. Se trata más del alegato de un perdedor sin prueba pública suficiente. Para tener fundamento tendría que demostrar: “qué servidores cambiaron, quién los cambió, cuándo, qué mesas fueron afectadas, qué datos fueron alterados y cómo difieren del E-14 físico firmado en mesa”. “El software no cuenta los votos en Colombia; los votos se cuentan manualmente en mesa y quedan en formularios E-14”. “El software transmite, consolida o apoya, pero el escrutinio debe contrastarse con documentos físicos y reclamaciones”. ¿Puede revisarse todo, “voto por voto”; el capricho de los perdedores de acá? No como excusa antojadiza para justificar el fracaso. Puede pedirse, en casos concretos, “recuento o revisión cuando haya causales, digamos tachaduras, enmendaduras, dudas sobre cómputos, inconsistencias entre formularios, reclamaciones fundadas o mesas concretas cuestionadas”. El artículo 164 del Código Electoral: “las comisiones no pueden negar recuento cuando en las actas haya tachaduras, enmendaduras o duda sobre la exactitud del cómputo”,
Lo que sí puede hacerse es auditoría, revisión de actas con causales; y esperar el escrutinio oficial. Reconteo universal, peor sin prueba concreta, no cabe. Igual que acá. La ética de la derrota permite reclamar con pruebas y una vez constatado el resultado, dignamente reconocerlo, no refunfuñar para deslegitimar al ganador. Cosa distinta es sembrar incendio institucional con humo digital. (Ajá –tercia el Sisimite– ¿con qué ocurrencia vas a salir de la elección colombiana y de todo ese ruido del oficialismo? -Que cualquier parecido –ironiza Winston– de lo de allá con lo de acá, con eventos, lugares, personas reales, o con malos perdedores, neneques, vivos o muertos, es mera coincidencia).


