Por Irazema Ramos

La adolescencia, es uno de los procesos de desarrollo más complejos y decisivos de la vida. Es una época de búsqueda de identidad, de cuestionamiento de la autoridad, distanciamiento emocional de los padres, de necesidad de independencia y al mismo tiempo, de un profundo deseo de pertenencia.
En medio de estos cambios biológicos, emocionales y sociales, los adolescentes necesitan encontrar espacios donde puedan sentirse seguros, aceptados y valorados por quienes son y es ahí donde se genera un mayor vínculo con sus pares, pero también es necesario que puedan sentir cercanía, validación y pertenencia con personas adultas, modelos que les den valor más allá de sus errores o calificaciones.
La realidad cotidiana de muchos adolescentes está marcada por la crítica constante, por altas expectativas que tenemos para ellos, que no sean tímidos, que sean de excelencia académica, que sean altamente ordenados, los mejores en el deporte etc.
En casa, suelen escuchar a diario correcciones, comparaciones, regaños, en algunos casos malos tratos etc; en la escuela, sus capacidades se miden con exámenes, con lo sociables que pueden ser, por el grupo de amigos que tienen, por su apariencia, por la profesión de sus padres, por las notas o estándares de conducta.
En ambos entornos, el afecto y la validación emocional pueden quedar relegados ante las exigencias del rendimiento. Yo no dudo que esta dinámica, en algunas ocasiones pueda tener una buena intención, que seamos exigentes por su bienestar, pero muchas veces perdemos el equilibrio y dejamos de ser atentos y cariñosos con ellos también, lo cual puede generar un sentimiento de insuficiencia, de malestar emocional, baja autoestima y sentir que no son necesarios para nadie.
La psicología reconoce que la validación emocional es un componente esencial para el bienestar. Validar no significa aprobar cualquier conducta, sino reconocer lo que el otro siente, pero muchas veces los padres respondemos con frases que duelen, no las voy a enumerar, pero sabemos cuáles son.
El desarrollo de una autoimagen sana requiere un ambiente de aceptación incondicional, la sensación de que puede tener amor y respeto simplemente por existir, no solo por cumplir expectativas. Y es ahí cuando un adolescente no recibe validación, puede internalizar un mensaje profundo:
“mi valor depende de lo que hago, no de quién soy”. Esto genera inseguridad, timidez, autoexigencia desmedida, ansiedad, depresión, autolesiones, conductas de evitación, rebeldía, maltrato hacia si mismos y las ideas, intentos o actos suicidas.
Anteriormente la mayoría de las familias tenían a familiares cercanos que podían ser un espacio seguro a los hijos, había tíos, padrinos, abuelos, vecinos pendientes de los adolescentes y les orientaban desde la escucha, el respeto, la validación y el cariño, pero en estos tiempos, muchas familias no cuentan con ese apoyo social y es ahí donde perdemos el equilibrio, después pagamos procesos de terapia para buscar que alguien nos apoye en la crianza de nuestros adolescentes, pero lastimosamente las consultas solo son una vez por semana y por un tiempo definido y muchas veces no se logra llegar a un equilibrio.
Por eso, es fundamental que existan espacios sanos y seguros a nivel emocional, donde los adolescentes puedan ser ellos mismos sin miedo a ser juzgados. Estos espacios no reemplazan la función de la familia o la escuela, pero complementan lo que a veces falta en esos contextos.
El entorno social sano, nos puede ayudar a reconocer que los adolescentes, no todo lo hacen mal, podemos ayudar a muchos adolescentes a descubrir un sentido, un propósito de vida.
Es necesario que el adolescente este cerca de personas adultas que no midan su valor solo por el desempeño académico, por la apariencia, por la obediencia, sino que también por el esfuerzo, la cooperación, el buen humor, el liderazgo y la solidaridad que tienen.
Necesitan de personas que los miren con aprecio genuino, les reconozcan habilidades, o simplemente los escuchen sin juzgar y aprovechar ese espacio para orientar con un tono de respeto.
Los adolescentes necesitan encontrar modelos adultos, que puedan ser un amparo emocional, donde puedan pedir orientación, donde sean aceptados tal como son y puedan tener el acompañamiento sano, para su desarrollo personal ante las demandas de la vida.



