LA reciente aprobación en la Cámara de Representantes de EE. UU. del proyecto de ley conocido como “One Big Beautiful Bill Act”, –que incluye un impuesto del 3.5% sobre las remesas enviadas por residentes no ciudadanos– va a tener efectos negativos en la economía hondureña y en los ingresos de las familias que dependen de estos fondos. Aparte de lo anterior, el cierre del USAID, le ha quitado recursos significativos a hospitales del país que contaban con una subvención destinada al mantenimiento de servicios básicos curativos, como a otros programas de beneficio popular. Miles de hondureños inmigrantes que en su momento se acogieron al TPS, temen perder ese estatus de protección que han tenido durante muchos años.
Después del paso devastador del bíblico diluvio por el país que dejó la geografía nacional como rompecabezas, rota en cientos de pedazos, atendiendo gestiones del gobierno hondureño que lidiaba con semejante siniestro, las autoridades en Washington en un generoso gesto humanitario, permitieron a cientos de compatriotas acogerse al Estatus de Protección Temporal y gozar de estabilidad en su permanencia y sus trabajos. El gobierno hondureño también solicitó una moratoria a las deportaciones de los conciudadanos, ya que mientras otras nacionalidades –asimilados a las leyes que amparaban la migración cubana, dizque por ser víctimas de la guerrilla izquierdista en sus respectivos países– tenían estabilidad, los hondureños no contaban con esa prerrogativa. Aun cuando el país durante ese cruento conflicto regional, tuvo que alojar a más de 350 mil refugiados que huían de la violencia desatada en la vecindad, pese a ser víctimas, por carambola, desplazados de sus hogares en las zonas fronterizas.
Las remesas para aquellos días no sumaban sino apenas unas decenas de millones de dólares, sin embargo, una vez obtenido el TPS y la moratoria a las deportaciones, estas se elevaron exponencialmente. Ese recurso no solo fue ingreso extraordinario a los parientes receptores, sino que beneficio milagroso al país; tanto en apoyo a la precaria situación económica como a la estabilidad de la moneda, dado el monto creciente de las reservas internacionales.
La otra gestión del gobierno hondureño que Washington resolvió en forma favorable, fue la ampliación de los beneficios de la Cuenca del Caribe. Este programa, permitía el ingreso de artículos hondureños al gran mercado norteamericano, sin pagar derechos arancelarios. Gracias a ello, la producción hondureña se diversificó, para ya no depender de las exportaciones tradicionales de bananos.
Algo más, el auge de la industria maquiladora que daba empleo a cientos de miles de hondureños, evitando que estos, ya con un buen trabajo, migraran al norte. La Iniciativa de la Cuenca del Caribe era libre comercio en una vía, de acá para allá, multiplicando el beneficio a la economía hondureña.
(No como ahora que, con el TLC, entra de allá un montón de artículos suntuarios, sin pagar derechos arancelarios. Muchas de las exportaciones norteamericanas inundan el mercado hondureño, de productos no esenciales. El consumo masivo de lo importado, destartala la iniciativa nacional. Pero lo trágico, debido a su riqueza y ventaja tecnológica, es que –culpa de unos inútiles negociadores la maceta que dejaron la agricultura y la ganadería desamparada– están quebrando la producción en el campo).
Pero de repente, Estados Unidos firmó un tratado de libre comercio con México. Las maquilas, atraídas por los mayores beneficios de ese tratado, empezaron a mudarse a México, en detrimento del desarrollo nacional. De ahí la necesidad de la ampliación de los beneficios de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, para superar los concedidos por el T-MEC. De no haber sido por aquello, nos revientan por completo.
(Bueno –entra el Sisimite– en Honduras, las remesas representan aproximadamente el 20% del Producto Interno Bruto (PIB). La implementación de este impuesto va a reducir el monto neto que reciben las familias, y el flujo de reservas internacionales. Cada reducción en un 5% en las remesas podría equivaler a una disminución del 1% del PIB hondureño. Es que aquello de antes –suspira Winston– era época de solidaridad, ahora es de castigo. Y de contrariar, no sabría decir si aquel precepto moral o mandamiento humanitario que “lo que se da no se quita”).


