Por Héctor A. Martínez

No le pidamos peras al olmo del nuevo gobierno creyendo que va a cambiar el ADN del Estado. Tampoco esperemos que las empresas hondureñas compitan en calidad, precio y tiempos de entrega. En otras palabras, no les exijamos cambios sustanciales en la forma de comportarse en sus respectivos mercados. Están cómodos en lo que hacen y cómo lo hacen.
Ni los gobiernos tienen la intención de cambiar la situación política y económica del país, ni las empresas que gozan de la protección del Estado están interesadas en llegar al top del Fortune 500. O sea que están hechos el uno para el otro. Los buenos e inocentes deseos de las gentes cuando exclaman: “¡Ojalá cambien las cosas con el nuevo gobierno!”, son leyendas urbanas que los mismos políticos nos han querido vender a la fuerza, como sucedió con la engañifa de la “refundación”. Gracias a Dios que los mismos votantes se encargaron de echarlos a la calle.
Lo que sí podemos predecir es que este gobierno va a decepcionar a propios y extraños, de modo que, para noviembre del 2030, los electores se irán hacia el lado del candidato o la candidata –o el candidatx, como escribe en X un amigo gay— que asegure ser el salvador del país. Es el cuento de nunca acabar.
¿Qué ganaría un gobierno del PL, PN o PLR con cambiar la forma viciosa de operar en el Estado donde todo se mueve a base de incentivos monetarios? ¡Nada! Si alguien decide aceptar el nombramiento como ministro de Educación o de Salud, no perderá el tiempo trabajando por los “cipotes” que caminan dos horas para ir a recibir unas letras que bien pueden aprender en casa. Ni por los que hacen fila afuera del San Felipe para que les den unas aspirinas. ¿Por qué ni los sindicatos ni los gremios magisteriales se quejan de esta aberración histórica? Porque todos juegan el mismo juego.
Hay más. ¿Qué holding empresarial, acostumbrado a recibir subsidios o exoneraciones, estaría dispuesto a renunciar a los privilegios y comenzar a competir en los mercados mundiales? Respuesta: ¿A qué señor feudal del siglo XIII le hubiera parecido mejor cambiar la relación de servidumbre por un sistema salarial? El costo político de un gobierno que se proponga combatir la corrupción o que obligue a competir a los empresarios, como se hizo en Chile en tiempos de Pinochet, se paga con la muerte electoral.
Claro, hay otros, como el PLR, que pierden por pura inutilidad política. No le pidamos, pues, peras al olmo y dejemos que el ciclo cuatrienal de las ilusiones perdidas siga su marcha estéril. Quizás en el futuro, cuando los clasemedieros, educados y consumistas de ChatGPT formemos un partido de corte liberal clásico, podremos arrasar en las elecciones. Por hoy, no hay nada que hacer.



