Por Irazema Ramos

En los últimos años, el amor propio se ha convertido en una consigna repetida en redes sociales, libros de autoayuda y conversaciones cotidianas. Se nos invita a priorizarnos, a poner límites y a elegirnos sin culpa. Sin embargo, en medio de este discurso necesario, surge una pregunta incómoda pero urgente: ¿dónde termina el amor propio y dónde comienza el egoísmo? No todo acto hecho “por mí” es saludable, ni toda renuncia al otro es una muestra de bienestar personal y emocional.
Desde la psicología, el amor propio no se construye a costa de los demás, sino en equilibrio con la empatía, la responsabilidad y el respeto. Explorar esta frontera nos permite entender que amarse bien no significa cerrarse al mundo, sino relacionarse con él de una manera más consciente.
El amor propio no se trata de egoísmo, vanidad o una autoestima inflada, es una forma de relación interna compasiva y realista con uno mismo, que permite enfrentar la vida con mayor estabilidad emocional. Uno de los errores más comunes al hablar de amor propio es confundirlo con perfección, orgullo o entereza constante.
Según el psicólogo Walter Riso, el amor propio no es un estado estático que se alcanza y se mantiene sin esfuerzo, sino una fortaleza interna que nos permite enfrentar pérdidas, fracasos y emociones complejas sin depender emocionalmente de otros.
Cuanto mayor es el amor propio de una persona, menor será su miedo a la pérdida, mejor será su capacidad de elaborar duelos y más sólida será su autoimagen, independiente de logros o fracasos. Riso también enfatiza una distinción importante: separar el comportamiento de la identidad.
Decir “me equivoqué” reconoce una acción concreta, mientras que decir “soy un fracaso” reduce toda la identidad a un error. Esta perspectiva evita que la autocrítica se convierta en autodestrucción. Es fundamental subrayar que el amor propio no debe usarse para justificar comportamientos o actitudes dañinas. Amarse no significa ser grosero, arrogante o egoísta bajo la idea de “poner límites” y ver de menos a las personas que consideramos con baja autoestima.
Los límites saludables, definidos con respeto y consideración, son parte del amor propio, pero no sirven de escudo para comportamientos irrespetuosos o mirar con desdén hacia otros. A menudo escuchamos frases como “por amor propio hice esto” para justificar conductas egoístas o agresivas. Pero el verdadero amor propio, no se basa en el ego ni en el dominio sobre otros.
Te doy ejemplo de algunas frases equivocadas que hemos escuchado: “Así soy yo, si no te gusta es tu problema” El amor propio sano permite reconocer rasgos personales sin negar la posibilidad de cambio. Cuando alguien usa esta frase para no revisar conductas hirientes (mal carácter, falta de empatía, grosería), deja de haber responsabilidad emocional.
El amor propio diría; “Esto es parte de mí, pero puedo trabajar en mí, si esto te afecta”. “Este es mi limite, por eso te hablo así”: Los límites saludables se comunican con claridad, calma y respeto, no con agresión.
El narcisismo justifica la falta de consideración bajo la bandera del “yo primero”. El amor propio pone límites sin humillar y también sabe respetar los limites que alguien le sitúa. Nunca pedir disculpas porque “siempre actúo desde mi amor propio”. El narcisismo se caracteriza por una incapacidad para reconocer errores.
El amor propio real acepta equivocaciones sin que eso destruya la autoestima. El amor propio sano diría: “Me equivoqué al decidir eso”. “Mi bienestar es lo único importante”. La psicología aclara que el amor propio no elimina la empatía.
El narcisismo, en cambio, coloca las propias necesidades por encima de todo. El amor propio sano, busca equilibrio entre cuidarse y cuidar vínculos. No usa el slogan de “Primero yo y después yo” Construir amor propio no es fácil ni inmediato; es un proceso que requiere reflexión, disciplina y paciencia.
Se nutre de prácticas psicológicas como: • Autoconocimiento: reconocer emociones, fortalezas, vulnerabilidades y patrones de pensamiento.
• Autocompasión: tratarse con la misma amabilidad con la que tratarías a un amigo durante un momento difícil.
• Cuidado personal consistente: participar en actividades que nutran el cuerpo y la mente. • Límites saludables: saber qué conviene y qué no, y actuar con coherencia sin agresividad ni ego inflado que anule el límite de alguien más. Según varios estudios, estos componentes no solo benefician el bienestar emocional, sino que también mejoran la salud física, la resiliencia frente al estrés y la calidad de las relaciones interpersonales.
En un mundo que nos empuja a buscar amor afuera, quizá el desafío más profundo y duradero sea volver la mirada hacia adentro, amarse bien implica cuidarse sin dejar de cuidar, poner límites sin perder la empatía y reconocerse valioso sin creerse superior.
Porque el verdadero amor propio no nos separa del mundo: nos enseña a habitarlo con mayor conciencia, respeto y coherencia. Tienes algo por compartir con nosotros búscanos en Facebook, Irazema Ramos- Psicología.



