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sábado, julio 18, 2026

Movilidad ascendente un camino difícil

Por Mirna Isabel Rivera

La realidad es más dura que los datos fríos que muestran las estadísticas de pobreza en Honduras. Hay desánimo en los jóvenes que acuden a los centros educativos; creen que estudiar no compensa la inversión y el sacrificio. Aunque tengan los mínimos recursos para educarse, muchos no le encuentran sentido y prefieren no hacer nada.

En Honduras, aproximadamente seis de cada diez personas viven en condición de pobreza, mientras que cuatro de cada diez enfrentan pobreza extrema, lo que evidencia no solo la magnitud del fenómeno, sino también su profundidad estructural (INE, 2025).

Estamos perdiendo nuestro bono demográfico: hay más de 900 mil jóvenes que ni estudian ni trabajan, conocidos como “ninis” (INE, 2023). Es una lástima que, con todos los talentos que estas personas entre 12 y 30 años tienen, no se les dé una oportunidad. En Honduras vivimos un “capitalismo salvaje”; no existe un Estado de bienestar, a diferencia de economías capitalistas donde se practica la socialdemocracia. Aquí es “sálvese quien pueda”.

Los que nacimos en Honduras sabemos que la mayoría de la población es de escasos recursos, que la riqueza está en pocas manos y que, aunque las personas tengan los méritos necesarios, lo que más prevalece para optar a cargos públicos son los contactos. La meritocracia es una utopía y raramente la norma.

Salir de la pobreza es casi imposible, porque se necesitan por lo menos nueve generaciones para alcanzar niveles de ingresos medios. La desigualdad viene literalmente desde la cuna, desde el día de nacimiento, porque la pobreza en países como Honduras tiene un origen estructural, siendo una de las principales razones por las que los hondureños emigran.

La reproducción de la pobreza intergeneracional impacta a las familias en su calidad de vida desde la infancia, con limitado acceso a educación de calidad, servicios de salud, nutrición y redes de apoyo familiar.

La falta de capacitación lleva a la mayoría a estar fuera del sistema formal de trabajo; no cuentan con beneficios y la precariedad laboral es la norma. Esto también afecta a las personas que tienen educación superior, lo que demuestra que en contextos con alta desigualdad aún prevalece la red de contactos para acceder a los mejores empleos, tanto en el sistema privado como en el público. Esas son las reglas del juego en esta jungla.

La movilidad social ascendente se puede potenciar, pero se requiere invertir más en alimentación, vivienda, educación, salud y servicios básicos en las comunidades más vulnerables. En el caso de Honduras, casi el 40% de la población vive en pobreza extrema. Estos cambios requieren que el Estado intervenga estratégicamente y de forma transparente en estas comunidades, involucrando a la empresa privada y la sociedad civil. Estos cambios no ocurrirán por arte de magia.

La baja movilidad social refleja barreras institucionales y económicas que condicionan las oportunidades. Más allá del esfuerzo personal, existe actualmente un sistema que pone obstáculos a las personas que luchan por salir adelante. La inseguridad ciudadana es evidente: hay zonas controladas por el crimen organizado, a vista y paciencia de los tomadores de decisión. Esto hace más complicada la convivencia en esas zonas donde el terror se impone.

Por muchos audiolibros motivacionales que alguien pueda escuchar, la realidad supera la ficción, y la motivación con palabras vacías, fuera de contexto, no hace la diferencia si se vive en entornos que no contribuyen a la superación personal y comunitaria.

Las escuelas y colegios localizados en zonas de alto riesgo, más allá de impartir conocimiento, deben ser fortalecidos con recursos para generar cambios en el corto y mediano plazo en las comunidades donde operan. Para esto, deben contar con apoyo público y privado.

Honduras es una sociedad marcada por profundas divisiones de clase; sin embargo, no debemos perder de vista que, en esencia, somos un solo país. Cuando se busca atraer inversión, los inversionistas nacionales o extranjeros no preguntan a qué grupo social pertenece la población. Lo que realmente valoran es la existencia de seguridad jurídica, disponibilidad de mano de obra calificada y niveles bajos de criminalidad.

Honduras ocupa el puesto 74 de 82 países en el Índice Global de Movilidad Social, lo que la posiciona entre las naciones con menores oportunidades de ascenso social a nivel mundial (WEF, 2020). Por eso, si usted tiene la oportunidad de estudiar, no la desperdicie: rompa el ciclo de la ignorancia, construya una red de contactos, sea voluntario, y participe en eventos académicos y empresariales. Exija transparencia al gobierno local y central; no se quede encerrado en su propia desdicha. Aquí necesitamos mantener activa la resiliencia y el deseo de superación. Rendirse no es una opción.

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