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miércoles, febrero 21, 2024
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Menores migrantes no acompañados, padres desaparecidos y estado ausente

Ya no es novedad contemplar espantados en las pantallas las noticias sobre menores migrantes no acompañados. Se ve como algo normal o cotidiano (muchos miran para otro lado) lo cual resulta lamentable, pero lo más doloroso del tema es ver sociedades indolentes sin interés de resolver ese problema. ¿Quiénes son esos niños? ¿Por qué viajan así? ¿Qué causó que dejaran su país? ¿Dónde están sus padres, y dónde está el Estado? Estas son algunas de las preguntas que debemos hacernos, pero las respuestas ofrecidas no alumbran solución alguna sobre este espinoso tema. Según UNICEF, más de 33 millones de niños han cruzado las fronteras buscando seguridad y oportunidades…

Las cifras de este fenómeno son alarmantes, basta visitar la página web del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR) para ver que las cifras no dejan de crecer en las fronteras más transitadas del mundo. Por poner un ejemplo, durante el año 2021, en la frontera entre México y Estados Unidos, 19,000 menores fueron asegurados, y al ser deportados fueron abandonados a su suerte en México.

Algo que jamás voy a comprender es el hecho de que los llamen “menores no acompañados” cuando en realidad siempre viajan acompañados por “alguien” un coyote, un amigo o vaya usted a saber quién. Vaya eufemismo. Es como si se tratase de entes cruzando fronteras.

Desde un punto de vista legal, se supone que un menor está bajo el cuidado de sus padres hasta la mayoría de edad, los padres tienen el deber de guardar y custodiar a sus hijos y tienen la patria potestad de éstos. Es como si los hijos fueran, en cierta medida, propiedad de los padres hasta llegar a la mayoría de edad. Durante todo ese tiempo ellos tienen el deber de cuidar, educar, brindar alimentos a sus menores hijos. Los padres son los garantes de sus hijos.

Ahora bien, si estos padres no pueden suplir a sus hijos de lo necesario para su congrua subsistencia, entonces ¿quién debe ayudarlos en esa tarea? Lógicamente, el Estado es el que debe brindar los medios y mecanismos necesarios para velar por la efectiva protección de ese “interés supremo del menor”. Cuando los padres y el Estado fracasan poco hay que hacer… la suerte está echada para estos pobres chicos.

Sin lugar a duda, los jóvenes que migran a una edad temprana son los más frágiles y desprotegidos en ese periplo migratorio, los peligros que afrontan son superlativos y lo que pueden padecer en su viaje puede ser muy doloroso. Nadie está preparado para migrar y menos un menor solo.

Resulta triste la nota de un periódico español de hace un tiempo sobre el proceso migratorio de una muchacha que contaba cómo su padre la había vendido a un traficante de personas por dos bolsas de cocaína. Éste la llevó a un lugar en donde fue prostituida durante años hasta que logró escapar de ese sitio. Este es un pequeño relato de los miles de relatos dantescos que uno puede consultar en internet.

Tráfico de personas, tráfico de drogas, tráfico de órganos, esclavitud, violencia, secuestros y muerte son algunos de los peligros que afrontan los menores que desean tomar la ruta de la migración. Al migrante, una vez establecido, se le suman otras vicisitudes como la obtención de documentación en un país extranjero, la adaptación a nuevos entornos, falta de arraigo, racismo, xenofobia, enfermedades y un largo etcétera.

Curiosamente, todos esos menores no acompañados desean llegar a las fronteras del norte. Entre enero y febrero de 2023, más de 9,700 niños, niñas y adolescentes atravesaron la selva del Darién, frontera natural entre Panamá y Colombia; un número récord, siete veces superior a los registrados en el mismo período del año anterior, informó recientemente UNICEF. Esta cifra es la más alta que se ha registrado en un período de dos meses, y señala que el año anterior menos de 1,400 menores migrantes fueron contabilizados por las autoridades panameñas. Además, UNICEF advirtió que el número de menores no acompañados o separados continúa creciendo.

Este es un capítulo más de una crisis humanitaria ya anunciada hace tiempo por los economistas, demógrafos, sociólogos y observadores de la realidad social. Más de la mitad de las personas que solicitan refugio en el mundo son menores de 18 años, 33 millones de niños han cruzado las fronteras internacionales como les señalé al inicio, y las políticas públicas de los países de origen, tránsito y destino, brillan por su ineficacia ante semejante problema.

¿Y los padres de estos menores no acompañados qué papel juegan en todo este lío? ¿Será que están interesados en vender a sus hijos a los traficantes de personas, o los han vendido como esclavos o mulas de drogas, o desean prostituirlos y obtener beneficio económico?… Me cuesta creerlo. Me resulta demasiado crudo, pero la realidad me invita a ser pesimista. También me cuesta reconocer que en pleno siglo XXI vivamos en países incapaces de garantizar los derechos mínimos de la niñez; me cuesta creer que el “interés superior del menor”, pregonado por organismos y gobiernos, es más una entelequia que un principio general del Derecho. Se debe evitar que esta tragedia siga siendo una cotidianidad; esto es anormal, así como lo es que existan menores no acompañados desplazándose de un país a otro. Cuidemos de nuestros niños.

Por José R. Reyes, abogado.

 

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