Por Rodrigo Amador

No hace falta una bola de cristal para anticipar una elección; basta con entender cómo se comportan los números porque las elecciones no se van a ganar en noviembre, sino mucho antes, en los datos que muchas veces pasamos por alto.
Las cifras, cuando se leen con paciencia, revelan tendencias más claras que cualquier discurso de campaña o encuesta truqueada hecha dentro de los mismos mitines. No se trata de adivinar el futuro, sino de analizar el presente —y el pasado— con rigor.
Con base en el padrón oficial, los registros de participación y las encuestas más recientes, elaboré una proyección transparente sobre lo que podría ocurrir si nada extraordinario altera el rumbo.
Aunque yo hice mis cálculos en 11 bloques, hice lo mejor para explicárselo a usted nada mas en 3. En primer lugar, el punto de partida es el padrón electoral 2025, que actualmente cuenta con 6.52 millones de hondureños habilitados para votar.
Este número es clave porque sobre él se construye todo lo demás. Si miramos hacia atrás, en las elecciones de 2021 la participación fue del 68.6%, lo que equivale a algo más de 4.4 millones de votos.
A partir de esa referencia, consideré tres escenarios posibles de participación: uno bajo del 60%, uno medio del 65% y uno alto que replica el 68.6% histórico. Con esto, el total de votos emitidos oscilaría entre 3.9 y 4.5 millones.
En segundo lugar, tomé como base la encuesta más reciente publicada en octubre por Le Vote y el Instituto de la Justicia, que muestra a Salvador Nasralla en primer lugar con cerca del 26% de las preferencias, seguido por Nasry “Tito” Asfura con aproximadamente 21% y Rixi Moncada con 14%.
El resto de los consultados —casi cuatro de cada diez— no manifestó aún su preferencia. Esta encuesta es, hasta hoy, la más actualizada y con mejor cobertura para establecer una línea base.
El siguiente paso consistió en decidir qué hacer con esos votantes indecisos, ya que en toda elección son los que terminan inclinando la balanza. Para evitar forzar un resultado, utilicé dos métodos distintos.
En el primero, los indecisos se reparten proporcionalmente entre los tres candidatos según la fuerza que cada uno ya tiene. En el segundo, supuse que una parte de los indecisos podría romperse hacia la oposición, una tendencia que suele observarse cuando el gobierno enfrenta desgaste.
En ambos casos, el objetivo no fue adivinar, sino mostrar cómo pequeñas variaciones en el comportamiento de los indecisos pueden cambiar el panorama final. A partir de ahí, convertí los porcentajes en votos.
Multipliqué la intención de voto ajustada por el total de sufragios esperados en el escenario medio de participación (65%), lo que equivale a unos 4.2 millones de votos válidos.
Así, en el primer escenario —donde los indecisos se reparten de forma proporcional— Nasralla obtiene cerca del 42.6% de los votos, Asfura el 34.4% y Moncada el 23%.
En números absolutos, eso representa aproximadamente 1.8 millones de votos para Nasralla, 1.45 millones para Asfura y 973 mil para Moncada.
Si la participación subiera o bajara, esos totales se moverían entre 1.6 y 1.9 millones para Nasralla, 1.3 y 1.5 millones para Asfura, y 0.9 y 1 millón para Moncada.
En el segundo escenario, donde los indecisos se inclinan parcialmente hacia la oposición, la ventaja de Nasralla se mantiene, aunque con márgenes más estrechos.
En ese caso, el resultado sería de 38.9% para Nasralla, 29.6% para Asfura y 31.6% para Moncada.
La diferencia es menor, pero Nasralla sigue liderando en voto total, especialmente si la participación urbana y juvenil —segmentos donde su apoyo es más fuerte— se mantiene alta.
Es importante aclarar que este ejercicio no busca ofrecer certezas absolutas. Una encuesta no es una urna, y cualquier proyección depende de varios factores que pueden cambiar con el tiempo.
La participación real podría ser más baja o más alta; la distribución del voto por departamento puede variar; los indecisos pueden moverse de forma distinta según los debates o los eventos de campaña; e incluso las encuestas pueden tener sesgos derivados del método con que se levantan.
Por eso, el objetivo no es predecir el futuro, sino mostrar, con transparencia, cómo lucen hoy las tendencias bajo supuestos explícitos. Lo que sí podemos afirmar con confianza es que la contienda está abierta, pero Nasralla encabeza la fotografía actual.
Si la participación ronda el promedio histórico y los indecisos se reparten de forma proporcional, el líder del Partido Liberal tendría una ventaja razonable sobre Asfura y Moncada.
Si el clima político favorece un voto de cambio, ese margen podría ampliarse, pero también podría reducirse si el oficialismo logra movilizar su base rural. El margen de incertidumbre sigue siendo amplio, pero los datos permiten reconocer una tendencia.
Para elaborar esta proyección utilicé información pública verificable: el padrón oficial del CNE, las cifras históricas de participación electoral, los datos publicados por Le Vote y el Instituto de la Justicia y reportes de medios como La Prensa y El Heraldo.
La metodología se basó en cálculos simples y transparentes: definir el universo de votantes, aplicar escenarios de participación, distribuir indecisos según distintas hipótesis y convertir porcentajes en votos.
No hay fórmulas ocultas ni algoritmos complejos; solo aritmética clara. En conclusión, si las tendencias actuales se mantienen y la participación ciudadana ronda los niveles de 2021, Salvador Nasralla tendría hoy la mayor probabilidad de ganar la elección, con una ventaja plausible en votos frente a sus principales contendientes.
No es una predicción definitiva, sino una fotografía razonada del momento. En política, las matemáticas ayudan a ver lo que los discursos suelen esconder: que detrás de cada número hay un margen, y detrás de cada margen, una posibilidad.



