LA Constituyente, aparte del texto constitucional, redactaba reformas al Decreto Ley 102-1979 del gobierno militar que serviría de marco a la elección general, ante la imposibilidad de un acuerdo político para emitir una nueva Ley Electoral.
(En abril del 81, introdujeron iniciativa de una nueva Ley Electoral, sin embargo, los nacionalistas la rechazaron arguyendo que se estarían cambiando las reglas del juego a pocos meses de los comicios. Los liberales no tenían los votos necesarios para imponerse).
Sin embargo, corrían los días y los meses sin mayor certidumbre de la fecha precisa en que habría de celebrarse esas nuevas elecciones. El gobierno transitorio –dizque “constitucional provisional” (sin Constitución vigente)– se había acomodado y la cúpula militar, aunque compartiendo la función pública con los civiles, no parecía muy convencida de querer entregar del todo el poder.
En la elección a la Constituyente los votantes concurrieron con su viejo documento de identificación y una tarjeta amarilla –de registro en el censo– extendida por el ente electoral.
(La actividad primaria de los partidos se centraba en documentar ciudadanos, ello era cerciorarse que tuviesen la identidad, incluso escarbando entre el papel sellado de las partidas de nacimiento, y obtuviesen el cartoncito amarillo. No estaba montado todo ese andamiaje de ahora, un Registro Nacional de las Personas, que facilita el trámite y la entrega de identidades).
Uno de tantos días, muy de madrugada, recibimos llamada telefónica invitándonos a una reunión convenida por el “presidente provisional constitucional” y la dirigencia de los resucitados “cascarones de huevo” –vistos ahora con ojos de mayor respeto después que los ciudadanos inactivos por 16 años, como hijos pródigos, habían regresado alborozados a matricularse con sus tradicionales colores, y de la concurrencia masiva a las urnas con poquísima abstención– en las instalaciones del Primer Batallón de Infantería.
Los “jefes máximos” del tinglado político se hicieron acompañar de los más conspicuos “señores feudales” del “suazocordovismo” (rodismo) y del zuniguismo” –nosotros a saber en qué calidad andábamos, si dentro del grupo no ostentábamos ni estrellas ni mando relevante– mientras que el jefe del Ejecutivo y a la vez jefe de las Fuerzas Armadas tenía atrincherados, en un enorme salón de sesiones –sentados alrededor de una kilométrica mesa desplegada de extremo a extremo– a los otros comandantes del consejo superior.
Fue notorio que ya algunos dirigentes de los partidos habían amigado con varios de los coroneles, y posiblemente cruzaban alguna comunicación. (Allí, aparte de identificar uno que otro conocido, fue la primera vez que vimos al general que ocuparía la jefatura de las Fuerzas Armadas ya en un gobierno constitucional.
Supimos, en confidencia, que se promovía como uno de los pocos de su promoción, dizque simpatizante del partido). En el transcurso de la reunión, una vez roto el hielo con participaciones inocuas, cedieron la palabra al coronel director de Política Migratoria, a quien habían encargado el proyecto de emisión de una nueva tarjeta de identidad. Asistido de un pizarrón, explicó el avance del trabajo encomendado.
Expresó que habían iniciado el proyecto piloto que extendería tarjetas de identidad en algunos municipios de Cortés y Francisco Morazán. A ninguno de los asistentes nada de toda esa información que recibían les pareció sospechosa, más bien hubo quienes tomaron la palabra para felicitar al funcionario.
Nos quedamos viendo de reojo con el presidente de la Asamblea Constituyente como solicitando la venia para terciar. Ya con permiso de un movimiento de cabeza, dirigiéndonos a la cabecera, soltamos las preguntas: Según los cálculos que hemos escuchado, si tardaría más del año concluir la identificación en los departamentos escogidos para el proyecto piloto, ¿cuánto tiempo tomaría terminar de extender las tarjetas de identidad en todo el país? El director de Política Migratoria respondió que era prematuro lanzar un cálculo de cuánto tiempo llevaría la identificación nacional.
Volvimos a levantar la mano. -“Sí como no, si tiene otra pregunta hágala”, asintió el jefe que presidía la mesa. O sea, sáquenos de una duda –insistimos– ¿si la presunción es que las elecciones generales se verifiquen con esa nueva tarjeta de identidad, lo que nos están diciendo es que podrían pasar varios años de gobierno de transición sin que vayamos a elecciones generales? El jefe de Política Migratoria –trastabillando– respondió que eso era una decisión política que no podía responder.
Ahí, mientras unos a otros examinaban entre sí los raros gestos de las caras, algunos cabeceando intrigados y otros bajando la cabeza –como viéndose a los pies– suspendieron la reunión. Asumimos que las imprudentes preguntas fueron la causa que no volviéramos a recibir invitación a otra de esas misas “político-militares”, si es que las hubo.
(Uno de los “ayatollah”, en el receso susurró un reclamo: -Esas preguntas aquí no se hacen. -¿Y si no es aquí dónde se hacen respondimos– dónde sugiere usted que se desnude la intención?).
(Muy inocente entonces, para no entender a lo que había que atenerse por la tentación de andar hurgando el lado chueco de los “señores feudales”. De momento no hubo consecuencias; al jefe de todos ellos, aunque no dijo palabra, le agradó el interrogatorio).
Sin embargo, la propuesta de ir a votar con una nueva tarjeta de identidad fue descartada. Las elecciones generales a la Presidencia de la República y otros cargos de elección popular se realizaron en 1981, al amparo de la Ley Electoral validada por la Constituyente.
(Así fue –entra el Sisimite– votaron con una tarjeta de identidad y un cartoncito amarillo. La carrera entre los partidos políticos era por tramitar a sus simpatizantes esa tarjeta amarilla. Los que más influencia tenían en los tribunales registrales salían con bultos de las tarjetitas de parciales censados para ir a repartirlos.
-Cuentan los que votaron en esas elecciones –se ríe Winston– que las viejas tarjetas de identidad –usadas también en elecciones internas y primarias– sufrieron tantas perforaciones, como comprobante para evitar el doble voto, que más parecían pascones de colar café. O quizás para separar gorgojos de los frijoles).


