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miércoles, junio 3, 2026

¿Los chingastes?

COMO decíamos ayer, –resumiendo el entorno previo a la convocatoria a elecciones de la Constituyente– la oposición al gobierno militar de turno no era de naturaleza política, sino de las dirigencias empresariales, opuestas a las medidas tomadas por los llamados “regímenes populistas” que conspiraban contra la libre empresa.

Una asamblea de la libre empresa convocada en San Pedro Sula puso los puntos sobre las íes, cuando la prensa tituló –después de 3 días de encendidos discursos en unos febriles hangares de sofocante calor– “Empresa privada exige elecciones libres, ya”.

A partir de ahí la oposición se ventiló por medio de los periódicos y otros medios de comunicación, La Tribuna a la vanguardia, mientras el aguerrido Cohep, de aquellos días, –nosotros acudíamos por delegación de la ANDI– reunía la dirigencia política de los partidos tradicionales, para planificar estrategias, en el cuarto piso de uno de los céntricos bancos capitalinos.

Los partidos políticos tradicionales solo contaban con un representante en el gubernamental consejo asesor, igual número que cada una de ese otro montón de instituciones hechizas, por lo que se negaron a integrarlo. Contamos que, en cierta ocasión, los empresarios ofrecieron poner el dinero para financiar sendas concentraciones de los partidos Liberal y Nacional, como una demostración de fuerza.

Sin embargo, después de largos discursos y de kilométricas discusiones, dijeron que no, porque el Ministerio de Gobernación había prohibido las reuniones públicas, y “no sería prudente desafiarlos o violar la ley”. (¿Cuál ley, si entonces las disposiciones jurídicas emanaban de un espurio consejo de ministros del jefe de Estado?) Aun así, con el pasar de los meses, el país finalmente, fruto de las presiones como de otros estremecedores sucesos (algunos referidos en “Los Idus de Marzo”), entra en modo electoral – ya bajo la dirección del “líder paceño” quien, en una tórrida lucha dentro del movimiento “rodista”, reemplazó al fallecido candidato presidencial– la tarea consistió en censar (auxiliar a tramitar la identidad y la tarjeta amarilla a los correligionarios), impuestos del desafío de sacar más diputados constituyentes.

Recibimos – suponemos por el peso en la opinión pública de La Tribuna, más que por ninguna otra cosa, y pudo haber sido amistad del “líder paceño” con Oscar A. Flores, ya que fueron compañeros constituyentes en 1957–, el ofrecimiento de integrar, en una suplencia, la fórmula de diputados liberales por Francisco Morazán. No aceptamos la suplencia, espacio que entonces cedieron al “maestro de generaciones”, ubicándonos en la sexta casilla propietaria.

Eso no tenía posibilidades de salir. Aunque el partido ganara el departamento, se repartirían, equitativamente las primeras diez diputaciones, en forma alterna, con el otro partido y, por el sistema de cocientes y residuos, tocaría el último diputado a uno de los partiditos recién salidos del cascarón.

Sin embargo, más con ánimo de participar que con posibilidades de quedar, montamos una oficina de censo en las instalaciones alquiladas en un salón vacío de un “boliche” en Comayagüela).

Entonces sí –después de haber ganado la presidencia del Consejo Departamental Liberal de Francisco Morazán, junto al Consejo Local de Tegucigalpa– organizamos dos manifestaciones. Una en Guaimaca y otra en Sabanagrande, las únicas concentraciones que hubo de partido alguno antes de la elección a la Constituyente. Convocado el mitin, el día escogido, a la espera de la llegada de simpatizantes, nos detuvimos a tomar café negro con rosquillas duras impermeables, en un conocido desayunador en las afueras del pueblo.

Llegamos cuando nos avisaron que un gentío esperaba impaciente. Frente a una plaza llena de almas flameando banderas rojo y blanco en el céntrico parque central, nos estrenamos en la oratoria política, con una paráfrasis del célebre discurso de Kennedy en la muralla de Berlín: “Aquellos que dudan de ese acendrado fervor democrático, de ese espíritu rebelde, del amor a su patria que nunca ha dejado de palpitar entre las fibras más íntimas del corazón del pueblo hondureño, los invitamos, que vengan a Sabanagrande”.

“Aquellos, que mareados de un poder que detentan a espaldas del pueblo, pregonando que los partidos políticos son “cascarones de huevo vacíos”, “herrumbrosos fósiles del pasado”, que ya cumplieron su cometido histórico, que no tienen ningún papel que desempeñar en el floreciente destino patrio y de su promisorio futuro, los invitamos, vengan a desengañarse; que vengan a Sabanagrande”.

(Y así continuamos, entre exaltadas demostraciones de afecto, por espacio de unos 30 minutos). Las elecciones llegaron. Como era previsible, las casillas de diputados por el departamento, pese a que el liberalismo obtuvo más votos, se dividieron a la mitad. El sexto no salió.

Uno de los partidos emergentes se quedaba con el onceavo diputado de la lista. (¿No sé si sabías –entra el Sisimite– que la ley reservaba una diputación al denominado cociente nacional electoral? Si se perdía Ocotepeque, allá caería el premio de consolación.

Sin embargo, por un apretado margen, el triunfo en aquel departamento turnó la casilla al departamento de mayores residuos electorales, y ese fue Francisco Morazán. -O sea –se ríe Winston– ¿así fue que le cayó la diputación al autor de estos editoriales, por el chingaste electoral? Para que veas –vuelve el Sisimite– hasta en la política hay justicia divina, ya que, mientras otros aspirantes que se sentían seguros, solo deambularon y poco trabajaron, acá –sin recursos, a puro voluntariado, por amor al arte y a los colores banderizos– se macanearon recorriendo el departamento y compensando por los vacíos. –Pues te cuento –recuerda Winston– uno de tantos días que nos andaban paseando por el barrio La Lara, un señor nos detuvo. –“¿Usted es el presidente, verdad?”, le dijo. Yo estuve en Sabanagrande cuando pronunció aquel discurso –repitiendo de memoria algunas líneas– que vengan a Sabanagrande”.

“Allá no lo olvidan”. “Yo trabajé y nunca le he pedido nada a mi partido, no como ahora que se mueren por que les den algo y ni idea tienen de lo que ha sido el partido”. “Cuídese, todavía nos quedan reliquias”. –Ya ves –vuelve el Sisimite– hay gente luchadora y agradecida que estuvo allá en los inicios, y sabe cuánto costó construir la democracia. -Por supuesto –ironiza Winston– y yo afortunado de salir a pasear con una reliquia).

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