ALLÁ no es nada parecido a acá. (La anécdota relatada en editorial anterior –tercia el Sisimite– de la visita a Washington en la campaña a la Constituyente, –repleta de trivialidades, que a perder el tiempo fuimos– bien podría tomarse como algo que no vale siquiera la pena contar. Pero, en una panorámica más amplia, descubre esos invisibilizados caminos de herradura de un mapa testimonial de la enzarzada ruta recorrida.
De la compleja travesía vivida, rebosante de descollantes vicisitudes –unas opacas y otras coloridas– y de lo que costó la restauración del Estado de Derecho. Ilustrativa, además –interviene Winston– de la pedregosa senda transitada, de cuánta desazón pasaron, los sinsabores sufridos, la dulzura o amargura del trayecto, las aristas y los reveses en las iniciativas internacionales en procura de apoyo y los desaires.
Hoy, que todo aquello se da por descontado; de lo que sin el menor esfuerzo se goza como algo dado, con la mayor naturalidad del mundo, –con sazonado buen humor, un sentido íntimo de plenitud y una disimulada mueca de agrado en los labios, de orgullosa satisfacción por la modesta aportación dada al bien alcanzado– también disfrutarlo, mientras se hace melancólica reminiscencia de lo que tomó escalar la empinada escarpada de ascenso a la democracia).
Eran días de prudente expectativa –dado el violento torbellino que sacudía la convulsionada región– de cómo le iría a Honduras, en su inédita transición de los militares a los civiles, y si las dos exitosas elecciones que colocaban al país de bastonero, a la vanguardia de la marcha institucional, servirían de ejemplo a los enmarañados vecinos, para salir de su sangrienta encrucijada.
No fue, entonces, andanza común y corriente de todos los días, ser testigo presencial de la plática en el Salón Oval, la más relevante de la gira del doctor, ya siendo presidente de la República; la primera que se realizaba a los Estados Unidos, en los tempranos albores del primer gobierno constitucional, después de emitida la Constitución de 1982.
No hubo algo así como una agenda que diera una secuencia ordenada a la conversación –auxiliada por un excelente traductor sentado atrás de ambos mandatarios susurrando al oído, casi en forma simultánea, lo que escuchaba decir– pese a que el equipo hondureño se había descerebrado días enteros en la preparación de temas puntuales, facilitados al doctor como guía de exposición, mientras Reagan, mostraba un legajo de tarjetitas con apuntes, reposadas sobre uno de los paletones del pantalón, que relajadamente sostenía en una de sus manos.
Desde el inicio –no fue perceptible ningún aparente nerviosismo de los interlocutores, ni del hondureño que no ignoraba la escrupulosa santimonia del encuentro– se respiró un aire de cordial camaradería. Reagan transmitía afabilidad. Unas palabras de cortés bienvenida, singularizando la reunión por su importancia, seguidas de una de sus bromas –en su estilo particular de comunicarse, que solía utilizar en público una y otra vez, entre anécdotas y chistes, para cautivar la atención del auditorio– sugestiva de los apremiantes intereses de seguridad –la incursión soviético-comunista y cubana en su patio trasero– que se jugaban en la región:
“Un hombre –inicia el cuento, con carismática fluidez– va a la agencia del gobierno ruso a comprar un auto. El funcionario llena los papeles y le dice: -Perfecto. Vuelve dentro de diez años a recogerlo. El hombre pregunta: – ¿Por la mañana o por la tarde? El funcionario, sorprendido, responde: -¿Qué importa eso? ¡Son diez años! -Bueno, –responde el hombre–es que en la mañana viene el fontanero”. El doctor, palabras más, palabras menos, reciprocó la atingencia diciendo que “eso era un cáncer… y como médico que era, sabía que la cura era extirparlo de raíz”.
(Quiénes fueron –recuerda el Sisimite– se precian que el viaje sirvió más para aprender que para conseguir algo. Por más que anduvieron de despacho en despacho, oficinas económico-financieras y de seguridad nacional, del tingo a tango, o de tomas de temperatura de altas poporoilas, que llegaron a ver al doctor a su suite, no les dieron nada de lo que esperaban traer de vuelta. Retrato hablado de cómo las políticas en Washington –contrario al supuesto que aquello funciona como entidad dueña de una única estrategia– asemeja a un pulpo de distintos tentáculos, diseminado en varias islas de poder –una especie de archipiélago de intereses distintos a veces contradictorios– no necesariamente vinculadas o coordinadas unas con otras. Cuentan que, –interviene Winston– en esa visita a Washington, iba una nutrida delegación de periodistas. Se alojaron en el Watergate hotel. El mismo del escándalo aquel de las tenebrosas escuchas que acabaron derribando a Nixon. Hubo un momento cuando uno de ellos, posiblemente acostumbrado a la confianza con que entraba a verlo allá en la casona de La Paz, empujó la puerta de la habitación restringida en el hotel, sin portar el distintivo que identificaba quiénes tenían acceso directo. La seguridad prácticamente se lanzó sobre él, levantándolo en peso, y lo sacaron chineado. Cuando uno de los ministros escuchó el bochinche intentó intervenir; solo que, por metiche, (en un vertiginoso “tackle”, al estilo del fútbol americano), casi lo tiran al suelo a él también.
Don Jack, el embajador hondureño en los Estados Unidos y Jacobo, que se encontraban husmeando en los alrededores tuvieron que mediar. Son las reglas de seguridad y de protocolo –explicaron, al quejoso periodista víctima de la arremetida quien, ante la humillación, amenazaba regresarse el mismo día a Tegucigalpa, y en solidaridad, aunque dudoso que lo harían si aquello solo se vivía una vez, el resto de los cronistas compañeros– hay broches de identificación para circular por todo el piso, y otros broches para áreas restringidas y de acceso directo al dormitorio presidencial. Una diminuta muestra que allá las cosas son distintas a las de acá.
¿Y al general – pregunta el Sisimite– le dieron su broche de acceso directo? -Por supuesto –ironiza Winston– solo que, de tantas barras, insignias, estrellas y galones, de la apertrechada chaqueta militar, no encontraba espacio visible donde colocarlo para que se distinguiera entre el resto de las chapas. Historias vivificantes, capaces de despertar el conocimiento, ya por ignorancia o la amnesia de lo que, en los inicios, costó construir la democracia).


