Por: Otto Martín Wolf

Qué sucedería si usted es dueño de un lindo gatito —su mascota preferida, casi un miembro de la familia— y un día, sin ninguna razón en especial, decide asarlo a la parrilla y comérselo.
Peor aún: invita amigos. Lo sirve con guarnición. Levanta la copa. Brinda.
No hay hambre, no hay necesidad, no hay accidente. Solo decisión. Lo más probable es que usted no llegue al postre.
Si su gato no alcanza para todos, siempre puede considerar a esos otros que en noches de celo entonan un “do de miauu” que termina en algo parecido a un violín agonizante. Pero cuando lo vean persiguiendo gatos por los techos, alguien llamará a la policía.
Y, con toda razón, será considerado un monstruo. Saldrá en los periódicos mientras entra a la cárcel. No importa cuán bien cocinado esté el gato. No importa si usted argumenta tradición, curiosidad gastronómica o libertad personal.
Hay una línea. Y usted la cruzó con salsa barbacoa. Ahora bien, intentemos un pequeño ajuste en la escena. Imagine que, en lugar de un solo gato, hay miles. No uno en su patio, sino miles en espacios abiertos. No una parrilla doméstica, sino un sistema perfectamente organizado. Redes, trampas, transporte, procesamiento. Todo eficiente. Todo limpio. Todo legal.
Incluso podría haber certificaciones. Sellos. Protocolos. Un manual que explique cómo hacerlo “correctamente”.
De pronto, ya no hablamos de un monstruo
Hablamos de una industria.
Y la palabra “industria” tiene un curioso poder anestésico. Donde antes había un acto, ahora hay un proceso.
Donde había una decisión, ahora hay una cadena de producción. Nadie asa gatos. Se “optimiza proteína”. Y, sin embargo, el criterio es curioso.
Un cerdo puede dormir dentro de casa, tener nombre, juguetes y hasta cumpleaños. Puede ser inteligente, afectuoso, parte de la familia. Pero basta cambiarle el contexto —otro lugar, otro sistema, otro destino— para que ese mismo animal se convierta en producto. En kilos. En cortes.
No cambió el cerdo. Cambió la historia que contamos sobre él. Y si el ejemplo le parece exagerado, hagamos otro.
Pensemos en la pesca comercial. En esas enormes redes que barren el océano sin preguntar, arrastrando todo lo que encuentran: peces, sí, pero también tortugas, delfines, lo que tenga la mala suerte de estar ahí cuando pasa la maquinaria.
Ahora cambie el agua por bosques, y los peces por venados o renos. Imagine redes gigantes avanzando entre árboles, capturando manadas enteras en una sola operación. Animales corriendo sin entender hacia dónde, chocando, cayendo, acumulándose en masa.
La imagen resulta grotesca. Inaceptable.
Pero solo porque ocurre en tierra firme. En el mar, en cambio, nos parece normal. Incluso necesario. Porque no lo vemos. Lo curioso es que no hemos cambiado el acto.



