BAJO la espesura húmeda del bosque, donde el musgo parecía guardar la memoria de siglos y los árboles levantaban sus fornidos troncos como columnas de una catedral salvaje, el Sisimite caminaba lentamente entre raíces antiguas. A su lado, Winston lo acompañaba con pasitos de algodón sobre las hojas secas, mientras una neblina tenue se deslizaba entre los helechos como pensamiento incierto. El Sisimite rompió el silencio: —Escuché decir que la solución sería copiar modelos ajenos… que si en Costa Rica hacen recuento total cuando los resultados son estrechos, aquí debería hacerse igual. Winston levantó la vista hacia las copas oscuras: —¿Cómo si las leyes fuesen recetas universales y no criaturas nacidas de la historia y de la cultura de cada pueblo? El viento movió las ramas con un murmullo parecido a un consejo antiguo. —La ley hondureña —continuó Winston— no ordena recuentos generales por simple estrechez de resultados. Exige inconsistencias probadas. Actas defectuosas. Evidencia física con una resolución específica del órgano electoral. El sistema fue diseñado así precisamente porque conoce las fragilidades de nuestra propia realidad política.
El Sisimite gruñó suavemente: —Porque aquí el problema nunca ha sido solo contar votos… —Sino lo que algunos hacen alrededor del conteo —completó Winston—. El sabotaje, la obstrucción, la narrativa incendiaria, –lo sucedido en el escrutinio especial cuando sectores de partidos en contubernio, boicotearon el proceso de revisión, dejaron actas en cero si favorecían al que deseaban perjudicar– el cálculo para agotar el tiempo y precipitar una crisis. Las hojas crujieron bajo sus pasos. —Y además — prosiguió Winston— la ley es universal. No puede aplicarse caprichosamente a un solo nivel electivo. Si se abre un recuento general presidencial, ¿con qué lógica se niega para alcaldías y diputaciones? El principio jurídico obliga a la igualdad de tratamiento. El Sisimite detuvo su andar y apoyó una mano enorme sobre el tronco húmedo de un árbol: —¿Y cuánto tomaría entonces volver a contar todo? Winston con su sonrisa socrática: —Ahí está la trampa que pareciera pasar desapercibida. ¿Y es que acaso quienes realmente cuentan los votos son los consejeros del órgano electoral? No. ¿Primero no lo hacen las Juntas Receptoras de Votos, con representantes partidarios y luego, en los escrutinios especiales, otros puestos por los partidos en mesas especiales? ¿Y ya no vimos lo que ocurrió cuando algunos representantes, confabulados en el sabotaje, dejaron actas en cero, retrasaron deliberadamente revisiones y jugaron con el reloj institucional? El bosque pareció oscurecerse un poco más. —¿Eso no fue torpeza? — murmuró el Sisimite. —Ojalá eso fuera —respondió Winston—. ¿No sería un peligroso ardid? Porque el tiempo constitucional no es infinito. Y si el reloj se consume sin declaratoria, la Constitución manda la repetición de elecciones. ¿Y eso no conduce a vacío de legitimidad, a prolongación del régimen existente mientras tanto?
El Sisimite giró lentamente la cabeza: —Entonces… ¿la trama escondida podría no ser el recuento mismo? Winston movió sus orejitas: —¿No sería prolongar el suplicio, estirar la incertidumbre? ¿Y si la nueva elección resulta igual de apretada, continúa el régimen autoritario in saecula saeculorum? ¿Abrir una grieta suficiente para quebrar el orden institucional? Porque quien no acepta su derrota siempre encontrará un nuevo argumento para alimentar su narrativa que le robaron lo que perdió en las urnas. —Y ahí aparece el peligro —continuó Winston—. Convertir el recuento infinito en arma política. No para esclarecer, sino para desgastar. No para dar certeza, sino para impedirla. —Pero, entonces… se rasca la cabeza el Sisimite– ¿a qué viene ese ejemplo de los ticos como si aquello fuera mejor? Winston sonrió: —¿No será por el prurito de manosear leyes y aparentar que algo se está corrigiendo, ya que es fácil invocar ejemplos ajenos desconociendo las diferencias profundas? (Costa Rica –distinta su idiosincrasia a la criolla– construyó durante décadas otra cultura política, otra relación con sus instituciones, otra disciplina partidaria. Copiar mecánicamente sus procedimientos no transforma ipso facto nuestra realidad.) El Sisimite arrancó una hoja húmeda y la dejó caer lentamente. —No basta importar la herramienta… si el problema está en las manos que la usan. —Exactamente —dijo Winston—. Las instituciones no funcionan solo por lo que dicen las leyes, sino por la conducta de quienes las operan. Y aquí lo que estuvo a punto de romper al país no fue la norma… sino el capricho de algunos de manipularla –desde afuera y adentro– hasta llevarla al borde del abismo. El bosque quedó inmóvil. —Y aun así —susurró Winston—, la declaratoria salió. Contra sabotajes, presiones, campañas insidiosas y amenazas. Fue esa decisión la que detuvo la ruptura. El Sisimite alzó lentamente la mirada hacia el cielo apenas visible entre las ramas. —Entonces quizá el peligro ahora sea olvidar cómo se evitó el desastre… Winston tomó aire, como si las palabras pesaran: —Porque si se empieza a desmontar lo que salvó al pueblo, creyendo así corregir males… a veces no advierte que se está desarmando precisamente la última barrera que evitó la caída. El viento volvió a soplar entre los árboles, esta vez como un murmullo inquietante. —Y primero Dios —Winston con suspiro lapidario— que no terminen –por tentación o ignorancia— montándole al país la trampa con la ratonera. Y el bosque, solemne y oscuro, pareció guardar aquella advertencia entre sus raíces.


