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miércoles, junio 3, 2026

¿Lo trascendente?

HAY un odio que muerde, otro que hiere, y un odio más grave aún: el que se celebra. Ese que ya no se disimula, que se aplaude, que se practica con saña. Un odio –entrañado como trastorno colectivo– que no persigue únicamente la imposición sino el aniquilamiento.

No basta con vencer, –no al rival o al adversario– al “enemigo”: hay que despojarlo de dignidad, de humanidad, y hacerlo objeto de burla, escarnio o desprecio público. Es el odio inescrupuloso que penetra hoy los discursos políticos, atraviesa el basural de las redes sociales y hasta los vínculos en hogares, entre vecinos y familiares.

Un odio que no es fruto espontáneo de la discrepancia común, ni de conflictos personales, ni de las diferencias sociales. Es el que, al compás del toque fúnebre, del doblar de las campanas, anuncia la irreparable pérdida del difunto.

De mucho de lo que una vez hubo y de lo que se tuvo: La pérdida de sentido, de orientación moral, y no en poca monta, de lo trascendente. Una angustiada lectora del colectivo, pregunta “¿qué nos pasó? ¿Cuándo fue que nos perdimos, al extremo de destruirnos unos a otros sin piedad y peor, disfrutar haciéndolo?”.

Y confiesa que “solo tiene una respuesta: la ausencia de Dios”. Entonces, para ubicarnos en algún momento en el reloj del tiempo, a determinar punto de partida, ¿sería cuando dejamos a Dios de lado, cuando ya no ocupamos de su compañía, sin extrañar su presencia, del íntimo nido de nuestras vidas? Quizás, ahí, y en la miserable deformación de valores que estructuraron los cimientos de nuestra existencia, en torno a virtudes como la decencia, la solidaridad, el respeto, la buena vecindad, habría que buscar la respuesta.

No es ninguna casualidad que ese odio desbocado “solo sea posible cuando se ha desplazado a Dios del centro de la conciencia”. Cuando la noción de prójimo ha sido sustituida por la del “enemigo”. Cuando el otro –y los otros– “ya no es imagen de algo sagrado, sino obstáculo o amenaza”.

Pero no se trata solo de la ausencia de Dios, sino también de su reemplazo. Porque la vida ordenada en torno a virtudes cohesivas ha sido desplazada por la más frívola existencia volcada “a lo efímero, al culto de la imagen, al ruido del instante”. Una vida, día, tarde y noche, incluyendo las insomnes madrugadas, “entregada a la gratificación inmediata, a la distracción incesante, al gozo superficial que se consume y se olvida al siguiente clic”.

Hoy la vida es prisionera de las plataformas digitales. Y estas –en hipnótica fulminación cerebral que asesinan la personalidad de adictos boca abiertas– no solo canalizan el odio, lo deforman, lo amplifican, lo monetizan. “El conflicto vende, y solo faltaría que corra la sangre para que venda más. La burla, la changoneta, la morbosidad, la guasa de patanes, la grosería de farsantes se viraliza.

La humillación se premia con muestras hipócritas de “me gusta”: “te acompaño en tu ingrata irrelevancia”. El agravio –en circenses demostraciones de quienes se matan por sobresalir más– se convierte en espectáculo.

Y “lo que antes era reprimido por la vergüenza o el sentido moral, ahora se exhibe con impudicia, se festeja, se eleva a la máxima potencia. El odio se vuelve norma”. Lo pensó Dostoievski con lucidez profética:

“Si Dios no existe, todo está permitido”. Y no se refería tanto al Dios de los templos como a esa conciencia viva que actúa como límite del mal, que susurra aún en el hirviente fragor del enojo:

“No cruzarás esa línea. El otro también importa”. Cuando esa voz calla –porque ya no hay oídos ni interioridad que la escuche–, lo que queda es la selva. “Erich Fromm llamaba a esto una “necrofilia moral”: amor a lo destructivo, fascinación por lo que arrasa, y hasta gozo perverso en hacer daño”.

“Ese placer malsano de insultar, de humillar, de denigrar públicamente a quien piensa diferente, ¿no es ya parte del paisaje cotidiano? ¿No se ha vuelto entretenimiento masivo?”. Pero nadie se detiene un segundo a reflexionar ¿si ese odio, lejos de empoderar al que lo lanza, lo vacía a él de humanidad, desfigurándolo en esclavo de su propio resentimiento, prisionero de una furia estúpida imposible de saciar?

“Al perder a Dios –o los valores que operan como freno ético interior– la sociedad no se libera: se descompone. No gana autonomía: pierde alma. Y cuando ya no hay alma, todo se vuelve cosa, cálculo, inútil guerra sin cuartel”.

“Volver a lo sagrado, al respeto por el otro, al valor de lo humano por sí mismo, no es una consigna piadosa ni un lujo moral: es la única urgencia redimible de vida”. Una vez que el odio se hace costumbre, la ruina ya no es contingencia: es destino.

(Y vos –pregunta el Sisimite– con todo eso que te dicen, ¿a quién odiás? -Es que yo –responde Winston– será la autoestima como la seguridad interna, no conozco esos sentimientos. Más bien es de compadecerlos; así que, quizás, sería compadecer más a algunos que a algotros.

Además, la ironía de esa enardecida multitud que usa las tarimas, los micrófonos o las redes de válvula de escape a sus rencores y piensa que su diatriba o su X, resuena por encima del resto del griterío o que importa a alguien entre el ruido endemoniado de maletas desvencijadas, o que injuriar lo saca de su mortificante imperceptibilidad, como si el mundo entero supiese que existiera, ignora que su imbecilidad solo es una minúscula partícula en la inmensa nube de sucio que se esparce, donde el que busca notoriedad –con que compensar sus complejos o como alimento para llenar sus mayúsculos vacíos internos– pasa desapercibido entre el montón como cosa insignificante cualquiera).

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