EN editorial anterior –como muestra del inspirado talento que demanda el arte de hilvanar poesía– dimos el texto completo de la elegía universal, “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” –del insigne escritor español, Federico García Lorca.
El autor –nos dice la IA– “transforma el hecho concreto de la muerte del torero en una meditación sobre la muerte, el tiempo y la memoria, donde el estribillo “Eran las cinco en punto de la tarde” marca el ritmo fatal, casi litúrgico, de la tragedia”.
La simbología en la elegía del poeta español, emblema de la Generación del 27, el grupo de escritores, poetas y artistas –inspirados en el Góngora de las Soledades– que renovaron la literatura española fusionando la tradición clásica (incluido el legado del Siglo de Oro) con las vanguardias modernas (surrealismo, simbolismo, futurismo”, es una de las más ricas y profundas del siglo XX: ¿Cuál es el significado simbólico y estilístico de los principales motivos: la hora, el toro, el yodo, el arsénico, el viento, la paloma y el leopardo? “Eran las cinco en punto de la tarde”: La hora fatal.
“A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde.” “Esta repetición obsesiva es el latido del poema; en la simbología lorquiana, las cinco de la tarde representan el momento exacto de la tragedia, el cruce entre la luz y la sombra, entre el esplendor de la vida y la irrupción de la muerte”.
El poeta “fija esa hora como un reloj detenido en la memoria colectiva”. “La reiteración convierte el tiempo en rito, como si el universo entero girara eternamente alrededor de ese instante fatal”. “La estructura litánica (la repetición casi religiosa) transforma el suceso en una misa poética por el alma de su amigo, el héroe caído”.
“El toro”: La muerte personificada: “El toro es mucho más que el animal que mata al torero ya que representa el destino, el poder oscuro, lo inevitable”. “En la tradición andaluza, el toro simboliza la fuerza cósmica y también el instrumento de Dios que cumple el designio final”. Escudriñando la profundidad de este verso: “¡Y el toro solo corazón arriba!” Aquí el toro “aparece como una figura trágica y sagrada, no como bestia sino como misterio de la muerte viva”. Su “corazón arriba” muestra que la fuerza animal es también pureza instintiva; el toro mata, pero sin maldad: cumple la ley natural del ciclo vital”.
“El viento”: El mensajero del tránsito: (Lee el verso:) “El viento se llevó los algodones/ a las cinco de la tarde.” El viento “es el alma en movimiento, el soplo de la muerte que limpia, disuelve y arrastra”. En este contexto, “se lleva los “algodones” que los médicos usan para detener la sangre: la imagen es escalofriante, porque ni el arte humano puede contener el flujo de la muerte”. “El viento se convierte en una presencia indiferente que barre los restos del suceso, una metáfora de la fugacidad y del olvido”. “El yodo y el arsénico”.
Los metales del dolor: (Lee la estrofa:) “Cuando la plaza se cubrió de yodo/ a las cinco de la tarde./ Las campanas de arsénico y el humo/ a las cinco de la tarde.” “El yodo –antiséptico oscuro– simboliza la herida y la purificación imposible”. “Su color ambarino tiñe la escena con un tono de hospital, de muerte inminente”. “El arsénico, por su parte, representa el veneno del aire, el olor metálico de la tragedia, y al mismo tiempo la contaminación moral de la muerte”.
“El contraste entre yodo y arsénico es entre curar y envenenar: la medicina y la muerte confundidas en un mismo hálito”. “La paloma y el leopardo”. El alma y la bestia: (Lee el verso:) “Ya luchan la paloma y el leopardo/ a las cinco de la tarde.” Uno de los versos “más misteriosos y potentes del poema; la paloma es símbolo universal del alma, la pureza, la inocencia”. “El leopardo representa la bestia instintiva, la violencia, la carne”.
“Esa lucha es la batalla entre el espíritu y el cuerpo, entre el bien y el mal, entre la vida que se resiste y la muerte que avanza”. “En Ignacio (y en todos los hombres), el autor ve este combate interior: el alma que intenta elevarse mientras el cuerpo sucumbe al destino trágico”. “Las campanas de arsénico y el humo”.
El duelo cósmico: “La repetición del sonido (“campanas”) y la imagen química (“arsénico”) crea una sensación de funeral universal”. “No es solo la muerte de un hombre: es la conmoción del cosmos entero”. “Las campanas, metálicas, vibran como los metales del dolor. El humo eleva la escena al plano espiritual, como si el alma ascendiera entre gases, fundiendo la materia y el espíritu”.
“A las cinco en todos los relojes”. El tiempo detenido: (Lee el verso:) “¡Eran las cinco en todos los relojes!/ ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!”/ “Aquí Lorca congela el tiempo, lo inmoviliza como una herida que no cicatriza”. “No hay antes ni después: solo ese instante perpetuo”. “El dolor se eterniza, y el reloj se convierte en símbolo de la memoria que no puede olvidar”. El verso final, “en sombra de la tarde”, marca la caída definitiva del sol: la vida se apaga, y comienza el reinado del duelo”.
(A ver si en el colectivo entienden –tercia el Sisimite– que no se trata solo de recitar, sino de asimilarlo. -El tono general –asiente Winston– es el de una liturgia pagana, un “réquiem andaluz” donde cada imagen tiene peso simbólico, musical y ritual. “La anáfora (“a las cinco de la tarde”) funciona como campanada o letanía”. Las metáforas sensoriales (óxido, arsénico, yodo) “dan textura física al dolor”.
“La estructura repetitiva transforma el poema en un círculo, en un tiempo que no avanza, que vuelve siempre al instante del sacrificio”. Lorca “no solo describe una muerte; la convierte en mito”. Su amigo “deja de ser torero para ser símbolo del hombre que cae en la plenitud de su vida”).


