Por Héctor Martínez

“La historia no se repite, pero instruye”, escribió Timothy Snyder en “Sobre la tiranía”. Me acordé de este párrafo ahora que han pasado las elecciones en Honduras, cuyos resultados momentáneos ofrecen enseñanzas ejemplares para cualquier sociedad que atraviesa momentos críticos, como la amenaza de una dictadura.
Una semana después del cierre oficial de las urnas, la competencia aún no se define. No obstante, pese al empate técnico entre los candidatos de los partidos tradicionales, el Partido Nacional y el Partido Liberal, podemos esbozar algunas reflexiones que oriente a los ciudadanos a comprender el estado de las cosas en nuestro país.
Las elecciones celebradas nos demuestran que el PN sigue siendo una maquinaria territorial efectiva, pese al vergonzoso descrédito que lo llevó a la derrota en el 2021. Revelan también que el partido mantiene intactas sus redes clientelares y sus prácticas de patronazgo, especialmente en las áreas rurales que en el pasado le dieron buenos dividendos electorales.
Muchos de los beneficiarios que dejaron de recibir ayudas durante cuatro años siguen en pie de lucha esperando por empleo, bonos y subsidios, una práctica muy común en la política del Tercer Mundo.
En caso de llevarse la victoria, el PN en el poder no podrá ni deberá volver a las arcaicas prácticas del centralismo conservador ni a la laxitud ejecutiva que, en las últimas décadas, solo ha fomentado el enriquecimiento ilícito de sus funcionarios.
De eso se colige también que muchos electores, obviando el lastre del partido y estimulados por el “aventón” publicitario de Donald Trump hacia Nasry Asfura, se inclinaron por el PN tratando de frenar la segunda fase autoritaria de Libre.
Hicieron bien al evitar una catástrofe nacional. En cuanto al PL, Salvador Nasralla se mantiene como la única figura capaz de moralizar al partido y al sistema político, cooptado por las corruptas élites detrás de los partidos, y que todos conocen bien.
La sola presencia de Nasralla –apoyada, aunque no respaldada por esas mismas élites– abriría la oportunidad de oro para una asepsia moral y operativa del Estado, la economía y la justicia. O desafía o negocia con el establishment.
Su éxito dependería, en todo caso, de las fuerzas correlativas a su alrededor, como dicen los viejos marxistas. Por su lado, el PLR, aplicando lo que Moisés Naím denomina la estrategia de las 3P -populismo, polarización y postverdad-, se alejó completamente de las masas, haciendo lo contrario a lo que haría un verdadero gobierno democrático.
Ahora tendrán que adoptar una doctrina más moderna, sacudirse el mandato del clan familiar que los monopoliza y apartar a los desfasados marxistas que asesoran al gobierno. Hay oportunidad para una izquierda rejuvenecida que ofrezca pluralismo y diversidad ideológica, dos de los requisitos esenciales para gobernar en el siglo XXI.
Prescindir del discurso amenazante que repugna a los ciudadanos, deberá ser la consigna. Si, como dice Timothy Snyder, no aprendemos de las lecciones del pasado; si no comprendemos qué exige la democracia ni apartamos a las élites que tanto daño le han causado al país, seguiremos nadando contra la corriente de la historia. Y continuaremos, como indigentes en la calle, dando tumbos en la oscuridad de los tiempos.



