ESPACIO interactivo. “Qué clases más macanudas. –mensaje de un amigo fundador del colectivo– Muy bueno que brinda el contexto local y los factores exógenos junto a las influencias de la época”. “Ese primer viaje a ese cuchitril que lo metieron en la “Gran Manzana” estuvo yuca”. “Eso de las cajitas con cabuya en vez de maletas, todos lo hicimos; a mí me las daban para llevar a NOLA”.
“Ya me imagino la diferencia del segundo viaje, esta vez a DC a reunirse con uno de los presidentes más carismáticos y amables en la historia de los USA”. El amigo analista: “Esa es la verdad de la historia, pero los ilusos viajan a Washington y regresan vendiendo espejitos”.
Alusivo al primer viaje de la campaña a Washington: (La verdad, –así como olvidamos a cuáles otras reuniones nos llevaron– no recordamos nada sobre la naturaleza de la plática; tal vez porque andábamos más dormidos que despiertos, pero asumimos que debieron ser temas de suma trascendencia. Históricos –diríamos, para no desentonar– como suelen decir hoy los políticos de cada irrelevante hazaña que realizan).
Regresamos del viaje, –así como regresan todos esos que, en procesión, ahora van a reunirse con el secretario general y segundones de la OEA– a presumir sobre sesudas conversaciones imponderables para el país, aunque a perder el tiempo fue que fuimos. De más está decir, que con el pasar de los meses, viajamos acompañando al doctor, a una gira que hizo a Washington, al Departamento de Estado y a codearse con senadores y congresistas, ya como presidente de la Constituyente. Gran diferencia entre la anterior, en tiempos de inhóspita llanura y esa otra, ya presumiendo con un título de autoridad.
Y mayor diferencia –como altura de miras– cuando fuimos en calidad de ministro de la presidencia, a la Casa Blanca, a saborear las amenas anécdotas que contaba el presidente Ronald Reagan). “Tengo un vago recuerdo suyo –mensaje de un amigo a la distancia– sobre una exposición que hizo fuera del país –en Washington– en inglés, por cierto”.
“Lo vimos por televisión”. “A mi familia y a mí nos impresionó, supongo que también a la mayoría del pueblo hondureño”. “En mi casa solamente mi madre hablaba y entendía inglés, porque vivió dos años en Rochester, Minnesota, en su juventud y pudo estudiarlo”. “La gente empezó a verlo como un futuro líder para el país”.
“Porque hasta ese momento ningún ministro había demostrado el dominio de la lengua de Shakespeare a ese nivel”. “A veces uno se llena de nostalgia cuando recuerda lugares y eventos”. (Eso fue –recuerda el Sisimite– una conferencia de prensa, en el engramado de los patios exteriores, respondiendo preguntas a periodistas norteamericanos, después de la visita a la Casa Blanca). Alusivo al elogio editorial, la vieja amiga: “No me quedó más que secar unas lágrimas con tu reseña de lo que fue siempre Cris para Honduras”.
“Un amigo entrañable con quien compartimos una gran amistad”. “Recuerdo cuando contaba que los llamaba el doctor a desayunar a él y al agregado político y les ponía una caja de Cornflakes”.
“O cuando no quiso un traductor profesional en la base aérea en una conversación con unas visitas importantes que atendería y quería a Arcos de traductor, y el protocolo no se lo permitió”. “Entonces, cuando comenzó mascullando con palabras como “cipotes”, “ñángaras” y la jerga paceña, puso al traductor en apuros.
Ahí, en ese momento, le hicieron señas a Arcos para que fuera a traducir”. “Me encantó –mensaje de lectora amiga– la narrativa de sus anécdotas en sus viajes a EE. UU.”. “¿Y quién era ese militar con la chaqueta cargada de pines? Me imagino que le pesaban”. -La amiga abogada: “Verdad que la del cuadernito era Irma Acosta de Fortín?”.
Otro amigo fundador del colectivo reenvía unos mensajes: “Ese cuaderno yo lo encontré y se lo fui a dejar a LA TRIBUNA”. “Él no estaba y se lo dejé con la secretaria; parece que nunca se lo dieron”. “Qué lástima… estaba todo lo de la Constitución, y yo se lo quería dejar a él”. “Ella es la hija de doña Irma, –explica el mensajero– que vive en los USA”.
“Se llama Suyapa, famosa ingeniera que tiene un proyecto de cerdos para trasplante a humanos”. (Vamos a buscar –tercia el Sisimite– el cuadernito a ver si lo rescatamos. -Y por supuesto –interviene Winston– que en la casa conocen a la hija de doña Irma. Era compañera de Lizzy en salto de caballos allá en El Establo. El caballo se llamaba Bingo.
Y el tal Bingo, corría veloz hasta llegar a las vallas de salto, y antes de dar el brinco, el caballo resabido, pegaba un frenazo, se detenía en seco, tirando a la jinete, que iba a caer de bruces embrocada. Las barras ajustables, intercaladas en los huecos de los postes que medían la altura del salto, estaban pintadas de rojo y blanco.
“Mire, doña Irma –bromeábamos con ella– lo que tiene que hacer es conseguir que la Atala (la instructora de salto), pinte esas babosadas de azul oscuro. No ve que el caballo, así como usted, es “cachureco”, y esos colores nunca los va a saltar; esas verticales de rojo y blanco más bien lo asustan).


