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miércoles, junio 3, 2026

¿Las rondas?

CONSCIENTES de la influencia que el imperio ejerce sobre estos pintorescos paisajes acabados, la romería de los políticos a Washington era escala obligada, siquiera para impresionar durante la campaña, en el patio doméstico, jactándose que allá estuvieron.

No que aquello fuera a incidir tanto en la política interna, como en otros tiempos, –ni hablar de la prisión verde de las bananeras– cuando un pujido era capaz de malograr la aspiración de cualquier liderazgo y un guiño suficiente para encumbrarla.

¿A cuántos tumbaron por “irreverentes” durante aquellas tristes épocas de áridos enclaves? ¿Y cuántos expatriados hubo, por la única rebeldía de no someterse al infame puño de hierro de las tiranías domésticas? Si mal no recordamos, la primera vez que acompañamos al doctor a aquellas latitudes, fue en obsequiosa complacencia a la necedad de un su amigo que vivía en Nueva York, empecinado –entre cartitas, ruegos y llamadas telefónicas de larga distancia, cuando no había Wifi– que conocía gente importante que era de vida o de muerte ver. Además, para hacer el ofrecimiento más tentador, fruto de persistentes gestiones, ya le tenía preparada una agenda insuperable.

No deseando desairar la promisoria invitación, empacamos maletas y nos fuimos. Nadie fue a recibirnos al aeropuerto –como todo mortal hicimos las irritantes colas de espera en migración, respondiendo atinadamente a las inquisidoras sospechas dirigidas a ¿qué andábamos haciendo allá y cuándo nos regresábamos?– recogimos las cajas amarradas con cabuya de los encargos que llevábamos y las valijas, antes de tomar un taxi con rumbo a la dirección proporcionada, apuntada en un estrujado papelito guardado en la bolsa de la camisa.

Allá, a la entrada del “Gran Hotel”, (quizás en época muy remota aquello aparentaba la grandeza de su nombre), tiritando de las escalofriantes caricias del congelado vendaval de las heladas decembrinas, que casi lo suspendía del piso, esperaba el anfitrión, luciendo una mudadita –un saquito arrugado, con un escudito clavado en la solapa y un desteñido pantalón chingo, posiblemente de los que se había hecho confeccionar por algún sastre pueblerino cuando vivía en Honduras– dándonos la triunfal bienvenida.

Por la sola apariencia –sin prejuzgar– del organizador de la visita, aunque a mayor evidencia por las deshilachadas alfombras lacradas de una costra de tile a la entrada del hotelucho en que nos hospedaron, pudimos adivinar la dudosa calidad de las entrevistas que aguardaban. (Es que esto una vez se quemó –informó con tono nervioso– saliendo al paso de algún reclamo que por natural educación no hicimos. Pero queda cerca de donde vamos).

Timbramos una campanita colocada encima del mostrador, sacando del sueño reparador al fondeado recepcionista, para registrarnos en aquel hostal de mala muerte donde el convidante amigo del doctor había hecho las reservaciones, –pagando el cuarto ya que la invitación no incluía ni pasaje, ni alojamiento, ni atenciones– más con ánimo de barajustar que de quedarnos allí durmiendo.

Aún adentro hacía frío, así que, frotándonos las manos para calentarlas, mientras nos colocábamos de nuevo los guantes y los abrigos invernales, subimos apresurados a las habitaciones a encender la calefacción, en unos tronadores aparatos de gas, de hace siglos – surtidores de un tremulante ruido que no dejaba dormir– regulados por unas manijas esféricas conectadas a las válvulas y tuberías de la pared.

Al rato bajamos a cenar –por las gradas, apeándonos en uno de los pisos, por temor a quedarnos atascados en el antediluviano elevador que trastabillaba subiendo y temblaba bajando– al restaurante ubicado en el sótano del hotel –techo de vigas astilladas, pedazos de madera en las paredes a punto de desprenderse, tablones en vez de mesas– que, por rústico, lindando con lo típico del folclor hogareño, no lo moderno, más bien nos sentimos en ambiente acogedor.

Y el “t bone steak” casi crudo que sirvieron –sería la mucha hambre que llevábamos– no estuvo del todo mal, tampoco. Al día siguiente, atentos a la puntualidad, muy de madrugada, después de un rápido desayuno –no de huevos, ni frijoles con tortilla, café con pan dulce, sino de wafles insípidos– salimos en taxi a otro edificio en ruinas que albergaba las oficinas del “Human Rights Watch”.

Capeando a los refugiados, para no tropezar con ellos, envueltos en unas frazadas rotas, agotados de cansancio o durmiendo, tirados en el piso de los corredores, entramos al despacho del contacto. Nos acomodamos en unas sillas jamaqueantes frente a un desordenado escritorio hasta el tope de polvorientos papeles amarillos.

(La verdad, –así como olvidamos a cuáles otras reuniones nos llevaron– no recordamos nada sobre la naturaleza de la plática; tal vez porque andábamos más dormidos que despiertos, pero asumimos que debieron ser temas de suma trascendencia. Históricos –diríamos, para no desentonar— como suelen ahora decir los políticos de cada irrelevante hazaña que realizan).

Regresamos del viaje, –así como regresan todos esos que, en procesión, ahora van a reunirse con el secretario general y segundones de la OEA –a presumir sobre sesudas conversaciones imponderables para el país– aunque a perder el tiempo fue que fuimos. De más está decir, que con el pasar de los meses, viajamos acompañando al doctor, a una gira que hizo a Washington, al Departamento de Estado y a codearse con senadores y congresistas, ya como presidente de la Constituyente.

Gran diferencia entre la anterior, en tiempos de inhóspita llanura y esa otra, ya presumiendo con un título de autoridad. Y mayor diferencia –como altura de miras– cuando fuimos en calidad de ministro de la Presidencia, a la Casa Blanca, a saborear las amenas anécdotas que contaba el presidente Ronald Reagan.

(En esa última, –entra el Sisimite– fue inevitable la compañía del jefe de las Fuerzas Armadas –que, a ratos, pavoneándose de uniforme forrado de condecoraciones, le parecía que era él y no el presidente, el huésped distinguido– junto a la delegación de funcionarios civiles. Para que nadie dude de lo que, en sus orígenes, costó construir la democracia. -He escuchado –interviene Winston– que aún con el estorbo, fue una ronda fascinante. Otro día les contamos).

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