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jueves, junio 4, 2026

¿La sonrisa?

CONVERSACIÓN con la buena amiga de la crítica literaria quien acaba de terminar de leer AURUM y manda una foto de la página del libro KAIROS que está leyendo: “Gabo –responde Winston– “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Bueno –tercia el Sisimite–tenemos solo un par de oportunidades en la vida, así que hay que saber aprovecharlas. -Hasta que llega –suspira Winston– la última oportunidad. -¿Y cuándo –inquiere el Sisimite– ocurre eso? -Sería entonces –Winston citando a Almafuerte -(“Todos los incurables tienen cura, cinco segundos antes de la muerte”). –“Siempre me he reído –comenta ella– pensando que 5 segundos antes de morir podría confesarme (antes no). -Sí –le responde Winston– el poema de Almafuerte. O el otro: “Que llore y vocifera vengadora… ya rodando sobre el polvo tu cabeza”. “Las cartas a Sofía – vuelve a escribir– Dios mío… siento envidia de la buena. Es un ¡Magnificat!” –“Ya está leyendo el otro, veo”, comentamos. “Sí –responde– Usted hizo y ni cuenta se dio de algo realmente grande: me hizo dejar a Dostoyevski para leerlo a usted”. –“Claro que existe el infierno. –Winston resumiendo a Fiódor Dostoyevski– “Habita en la mente de quien se ha perdido a sí mismo y a Dios”. “Y también hay cielo, si eres misericordioso con el dolor de tu prójimo”. -Este año –responde– me dedicaré más a autores rusos etc… y seguir con Kundera. -Kundera otro de los grandes –comentamos– creo que en uno de los libros lo cito”. -“Kundera lo sabe todo… –agrega– es un genio”. “Que le vamos a hacer”, dicen los españoles. –se despide– Así es. Un abrazo sigo con su libro”.

“¿Cómo sería una sonrisa socrática?” –inquiere una letrada amiga alusivo al fragmento del editorial “Bestias”: (Buscaron confort tranquilo recostados bajo un poste de luz. — Entonces –preguntó Winston–, ¿dónde quedamos nosotros? -El Sisimite con una socrática sonrisa: En el borde. —¿El borde?, extrañado preguntó Winston. —Sí –pontificó el Sisimite– Vos sos bestia que aprendió humanidad sin perder la lealtad. Yo soy mito que aprendió conciencia sin perder la raíz. Señalando con el pelaje erizado de un dedo la ciudad. — Ellos, en cambio, aprendieron artificio… y olvidaron ambas. Cayó un largo silencio, una ráfaga intermitente de mutismos, como una nube de polvo suelto traído desde lo lejos por el viento de la montaña. El chucho, con un pujido, dio a entender su resentimiento por el calificativo de bestia. -No te enfades –se disculpó el Sisimite– bien sabés que es en sentido figurado). Démosle sentido literario, asistidos por la IA: “La sonrisa de Sócrates no es una sonrisa de felicidad ingenua. Es una sonrisa compleja, cargada de intención pedagógica y de una profunda conciencia de la ignorancia humana”. “Es la sonrisa del «tábano» que va a picar”. En la forma “es una sonrisa ligera, casi imperceptible en las comisuras de los labios”. “Una sonrisa que interroga más que afirma. No es una sonrisa de aprobación, sino de ironía”.

En su esencia sería la sonrisa que precede a la mayéutica”. Cuando alguien hace una afirmación rotunda y llena de seguridad («la justicia –Sócrates esbozando una sonrisa– es darle a cada uno lo que se merece»). Lo que transmite es humildad fingida: «Qué interesante lo que dices… aunque yo, que solo sé que no sé nada, tengo mis dudas». Invitación al parto: “Es la sonrisa de la partera que sabe que su interlocutor lleva dentro una contradicción y está a punto de «parirla». “Hay una mezcla de ironía (por la soberbia del otro) y de estímulo («vamos, sigamos preguntando, que de esto solo puede salir la verdad o el reconocimiento de tu error»)”. “Incomodidad para quien la recibe. Te hace sentir que tu certeza se tambalea. No es una sonrisa cálida que te acoge, sino una que te desafía a pensar”. “En términos literarios, una sonrisa socrática es como el preámbulo de una pregunta incómoda que te desnuda el alma y te muestra tus propias contradicciones”. “Es la sonrisa de quien sabe que no sabe, y por eso mismo, te va a hacer triar todos tus argumentos”. (Otro día –entra el Sisimite– seguimos con las sonrisas platónicas y aristotélicas. –“Sócrates –ironiza Winston– no escribió nada para no pagar derechos de autor; Platón lo escribió todo para crear su propia realidad; y Aristóteles lo clasificó todo… hasta que su alumno Alejandro lo desordenó de nuevo con un mapa”)

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