Winston caminaba con sus pacitos de algodón por un sendero alfombrado de agujas de pino. El bosque respiraba hondo, como si cada árbol guardara en su corteza la memoria de mil generaciones. El Sisimite, sentado sobre una roca musgosa, observaba los meandros zigzagueantes de un riachuelo. —Decime –preguntó Winston–. ¿Por qué es virtud que la gente lea y escriba, si ahora –con la poca concentración de las personas– les basta y sobra un video de pocos segundos para ponerse al día? Su compañero legendario sonrió con una melancolía que parecía nacida antes que el universo. —Porque quien solo consume imágenes mira apenas un pedacito del mundo; quien lee aprende a imaginarlo; y quien escribe termina por comprenderlo. —Los primeros pueblos no tuvieron imprentas, pero tenían ancianos que, junto al fuego, narraban leyendas de héroes, lluvias y estrellas. La tradición oral fue el puente que llevó la memoria de una generación a otra. Después llegaron las cartas, los diarios, los cuentos escritos con tinta temblorosa, las novelas y los poemas. Cada palabra era una semilla depositada en los fértiles surcos del porvenir. Winston levantó las orejas.
—Entonces ¿escribir es otra forma de sembrar? —Y leer es cosechar jardines que uno mismo nunca plantó, pero cultivados por la creativa inspiración de otros. —Recuerdo –prosiguió el Sisimite– cuando muchos padres y abuelos se sentaban al borde de la cama y abrían un libro. No era únicamente para dormir a los retoños. Sin saberlo, despertaban en ellos un hambre silenciosa por las palabras. Cada cuento era una llave; cada fábula, una ventana; cada página, una invitación a preguntar. Aquellos niños crecían queriendo descubrir qué escondían los demás libros y, más tarde, muchos de ellos, deseaban escribir los propios. —Hoy –ironiza Winston– es la pantalla, que quizás entretiene, divierte, divaga, pero rara vez conversa. Cambia imágenes con velocidad ¿y acaso alguna vez deja raíces? El niño que escucha una historia –en el viaje por su imaginación– hace preguntas; el que lee aprende paciencia; el que escribe aprende orden, estructura, precisión y respeto por las ideas. En cambio, cuando todo se reduce a pulsar un botón y deslizar un dedo, el pensamiento también corre el riesgo de deslizarse sin detenerse nunca. –Y vea que no se resbale y caiga a la vaciedad de la completa ignorancia. Winston reflexivo: —Quizá por eso hay tanta dificultad para hablar cara a cara. — La conversación verdadera exige escuchar antes de responder, mirar a los ojos, interpretar silencios y descubrir matices. Ningún emoticón reemplaza una sonrisa auténtica ni ninguna cadena interminable de mensajes sustituye una caminata compartida. Cuando se pierde el hábito de conversar, se marchita la empatía.
—¿Y la decadencia de estas generaciones, no crees que de ahí viene? El Sisimite cauteloso en su respuesta: —No es una sola causa. Pero el abandono de la lectura, la renuncia a escribir con propiedad, la ausencia de las cartas, la escasa conversación y el olvido de los cuentos narrados por padres y abuelos han ido secando el músculo invisible del pensamiento. Y atrofiando la compleja red cognitiva del cerebro que tanto costó construir. Si la lectura y la escritura “no son una función innata, sino un logro cultural que obliga al cerebro a crear un circuito neuronal exclusivo, uniendo la percepción visual, el lenguaje, la atención y la memoria”. –Y un pueblo que deja de contar historias –suspiró Winston– termina olvidando quién es; uno que deja de leer empieza a repetir sin comprender; y uno que deja de escribir renuncia poco a poco a dialogar consigo mismo. El sol comenzó a filtrarse entre los troncos con una luz dorada. —Entonces cada libro abierto es una pequeña fogata encendida en mitad del bosque. Y cada niño al que se le lee un cuento antes de dormir –reaccionó el Sisimite– es un bosque entero que todavía tiene la oportunidad de florecer. Siguieron caminando. Detrás de ellos quedaban las huellas sobre la tierra húmeda; delante, un sendero que parecía escrito por la propia naturaleza, como recordándoles que la historia que pervive nace del encuentro sereno entre una voz que cuenta y el auténtico interés de quien escucha.


