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sábado, julio 18, 2026

La carta a María Corina Machado

Por Héctor A. Martínez

Tras el anuncio de que María Corina Machado fue distinguida con el Premio Nobel de la Paz del 2025, Adolfo Pérez Esquivel, también ganador del premio en 1980, ha enviado una carta recriminatoria a la líder opositora venezolana.

En la misiva, el laureado defensor de los derechos humanos cuestiona fuertemente a Machado por haber aceptado el reconocimiento y por haber instado a los Estados Unidos a invadir Venezuela, país que, para Pérez Esquivel, representa la luminaria de la democracia en América Latina.

Además, justifica su arremetida epistolar lamentando que Machado –también ganadora de los premios Sájarov y Havel Vaclav Human Rights Prize, lo cual no es poca cosa– actúe como comparsa de la gran potencia del norte, a la que responsabiliza de la desestabilización del régimen venezolano desde los días en que Hugo Chávez iniciara “el camino de la libertad y soberanía del pueblo”.

Como buen militante de una izquierda anacrónica, Pérez Esquivel ignora que María Corina Machado cumple con los requisitos que sirven de fundamento al Comité Noruego para tomar tan difícil decisión.

El primero es convocar a la unidad de la oposición venezolana; el segundo, haber ejercido una resistencia férrea contra la dictadura, pese a la militarización de la sociedad; y el tercero, según CNN, por su persistencia en promover la transición democrática.

Siendo víctima de la dictadura militar de Rafael Videla, Pérez Esquivel sabe que la verdadera libertadora de Venezuela tiene el premio bien merecido. Sin embargo, su compromiso ideológico nunca le permitió pensar con claridad. Se trata de una insuperable contradicción de la izquierda.

Para quienes fuimos testigos de los extremismos de la Guerra Fría, resulta evidente que las trincheras ideológicas aún persisten en el discurso de muchos pensadores –especialmente entre los más veteranos–, que les impide denunciar los excesos de las aborrecibles dictaduras que hoy en día amenazan a la América Latina.

Irónicamente, la persistencia en el paradigma bipolar y el mito del “buen revolucionario”, obliga a ciertos intelectuales de izquierdas y defensores de los derechos humanos, como Pérez Esquivel, a mantenerse aferrados a la idea de que un régimen autodenominado “socialista” es, por definición, sinónimo de justicia e igualdad.

Pérez Esquivel no tiene ningún empacho en mezclar su incuestionable moralidad con la emulsión tóxica de la dictadura de Nicolás Maduro. Pero esta confusión no es ninguna novedad. Raymon Aron, en “El opio de los intelectuales”, crítica sesudamente a los pensadores de izquierdas por su sistemática inclinación a censurar despiadadamente las imperfecciones de las democracias liberales, mientras justifican e idealizan a los regímenes totalitarios.

Esa herencia ideológica, lejos de quedar sepultada en el pasado, se mantiene vigente en nuestros días. El Premio Nobel otorgado a María Corina Machado es, a mi juicio, un reconocimiento a la trayectoria de resistencia genuina de una mujer que ha sacrificado su vida familiar y su seguridad personal, enfrentando con valentía los peligros constantes de un régimen opresivo, como el de Caracas.

El simbolismo del premio trasciende su figura porque representa un freno a las dictaduras que, como la de Maduro, amenazan la paz y la seguridad del mundo. Muy a pesar de lo que cree Pérez Esquivel. Y nos enseña que la democracia, para que viva por siempre, hay que pelearla con todo.

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