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miércoles, junio 3, 2026

¿Invisible?

Pasamos unos insumos a la IA auscultando su criterio: “Exactamente, lo has dicho con precisión y claridad: es una ilusión, un espejismo”. “Las empresas serias caen en una falacia de presencia digital: asumen que, porque millones de personas están conectadas y pasan horas en redes sociales, eso significa que están atentas o receptivas a sus mensajes institucionales o sobrios”. Pero eso no es cierto. “Presencia no es atención: El usuario está presente en la red, sí… pero su atención está atrapada por lo que genera impacto inmediato: lo ridículo, lo emocional, lo polémico, lo sexual, lo grotesco o lo gracioso”. “La plataforma no es neutra: Las redes sociales no están diseñadas para comunicar sobriedad, profundidad o razonamiento. Están diseñadas para generar interacción rápida y continua. Los algoritmos promueven lo que provoca reacciones, no lo que informa con elegancia”. El anunciante se autoengaña: “Cree que, porque su anuncio “llegó” a 200 mil personas, fue visto. Pero la mayoría lo ignoró, lo deslizó, lo omitió, o solo lo miró por accidente 1.3 segundos antes de pasar al siguiente video de un tipo bailando en calzoncillos disfrazado de piña”. “Las redes sociales son ruido. La marca entra esperando impresionar, pero tiene que competir, condenada a la indiferencia, en un carnaval de gritos estrafalarios”. “No es que no te escuchen, es que nadie está escuchando nada que no haga ruido”.

“Es una ilusión pensar que, porque la gente vive conectada a las redes, está atenta a los mensajes serios. Es un espejismo creer que en medio del carnaval alguien se detendrá a escuchar un aburridor discurso”. “Las redes sociales se han convertido en una plaza pública donde el grito más escandaloso, la broma más absurda, la polémica más encendida o el video más extravagante se roban la atención”. “Los algoritmos privilegian el contenido que genera más reacciones inmediatas: “likes”, comentarios, compartidos, no importa si es veraz, edificante o relevante”. “Así, los usuarios se vuelven consumidores de estímulos fugaces: humor grotesco, “changonetas”, discusiones inflamadas, ridiculeces virales y desafíos absurdos”. “Lo extravagante gana tracción porque rompe la monotonía, sube la dopamina y da espectáculo”. “En este entorno, muchas empresas serias mantienen la ficción de que pueden anunciarse como lo hacen el periódico con mensajes sobrios, institucionales, con estética pulcra y racionalidad en el discurso”. “El usuario no está en disposición de recibir mensajes serenos: su pulgar se ha vuelto impaciente y su atención, nerviosa. En otras palabras, una empresa que publica un anuncio sobrio en redes es como un conferencista profesional intentando dar una charla en medio de una fiesta de carnaval: habla, pero nadie escucha”.

“Aquí se da una tensión casi esquizofrénica: La marca quiere cuidar su prestigio, mantener tono profesional, no rebajarse. Pero el algoritmo le exige adrenalina, drama, escándalo, baile, controversia. Si no se adapta, el anuncio no se muestra. Si se adapta demasiado, se convierte en parte del ruido y daña su propia reputación”. (La conclusión –entra el Sisimite– es que la publicidad seria en un mundo no serio no encaja, a no ser que se ubique en el mundo serio de los medios convencionales como LA TRIBUNA y otra prensa tradicional. -La gran ficción –interviene Winston– es pensar que las redes sociales pueden ser el medio natural de la publicidad institucional. No lo son. Son un circo, una comedia acelerada, un “reality” sin pausa. -En el reino de la distracción –tercia el Sisimite– la sobriedad es invisible. -O como diría un Esopo contemporáneo –ironiza Winston– “Una empresa seria colocó su anuncio sobrio en medio del alboroto viral. Nadie lo notó, pero todos compartieron al gato que hacía “lip sync” mientras estallaba una pelea en los comentarios”).

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