AYER el cuento fue un ejemplo trágico de cómo el efecto Pigmalión puede operar como fuerza destructiva cuando las expectativas negativas se generalizan y nadie se atreve a creer en una salida superior. Ahora, ensayemos el fenómeno Pigmalión a la inversa.
Cuando las expectativas son altas, el efecto funciona como profecía autocumplida positiva. Lo que se espera con fe, convicción y entusiasmo, tiende a cumplirse, precisamente porque esa expectativa influye en el comportamiento de las personas involucradas, generando el resultado esperado.
Así que el cuento no ha acabado: Previo al domingo en que se celebrarían las elecciones generales en la pintoresca República de añoradas esperanzas, las perspectivas –ante el llamado al voto masivo, de algunos medios y de periódicos como LA TRIBUNA— fueron cambiando: A pálpitos halagüeños.
De pronto, por milagro divino, las tinieblas se disipan, el sol asoma sobre horizontes despejados. La consejera jefa del CNE en una comparecencia serena, afable, segura de sí misma, convincente, ofreció cuanta certeza e información ocupaba la ciudadanía de motivación para ir a votar.
La jubilosa sensación de alivio no fue capaz de interrumpir el silencio. En medio de la sintonía al foro, la ciudadanía se detuvo a reflexionar. No porque lo pidiera nadie en particular, ni porque las bolsas de pesimismo cambiaran a costales de optimismo de la noche a la mañana, sino por puro instinto de subsistencia.
Porque el solo azoro de lo fatal –un fracaso electoral– ya empezaba a asustar más que el miedo mismo. Una mujer en el mercado, vendiendo mangos tiernos con chile y sal, le dijo a una clienta: -¿Y si mejor ayudamos a que todo salga bien esta vez? Un taxista, escuchando otra teoría conspirativa en la radio, la apagó y dijo: -¿Y si esta vez no les creemos todo y esperamos que, por genuino amor al país, cada cual aporte lo suyo? Una niña le preguntó a su padre ¿porqué tanto alboroto sobre fantasmas que ella no veía?, si cada cual, con tal de despertarse temprano el domingo, levantar los pies cansados y acudir a sufragar a los centros de votación por sus preferencias, santo remedio.
El padre, mientras flotaba tanto maleficio en el ambiente, solo miraba hacia arriba sin saber qué responder, pero esta vez con dulzura fue enfático al contestar. “Tenés razón mijita, vamos a ir a votar, incluso a arrear a otros del vecindario”.
Fue entonces que comenzó otro rumor, de los raros, de los que no suelen sobrevivir en los cenagales del cinismo: -¿Y si esta vez todo sale bien? La frase se le ocurrió decirla a un maestro en su clase. Los estudiantes fueron a repetirla a sus casas.
Luego fue tema de las pláticas en la comunidad. Los zombis, –adornada con emojis y otros pichingos– la transmitieron, como rareza, en sus aplicaciones de mensajería. Un cura, en un brindis, elevando el cáliz, la ofreció en misa como estímulo espiritual a la feligresía. Un pastor hizo igual prédica.
La esperanza se coló, silenciosa, entre las arrugas de las sospechas y entre los pliegues de los temores. La idea de que una elección ejemplar no solo era posible, sino necesaria, se volvió contagiosa.
El Consejo Electoral –antes asediado, ahora con la moral alta– actuó en armonía. No por miedo, sino por sentido de misión. Cayó la etapa del silencio electoral. Los orientadores de la opinión pública optaron por orientar, mordiéndose la lengua, para no continuar echando leña a la hoguera.
Cayeron en cuenta que es mayor la recompensa si se influye infundiendo confianza a los electores que en escandalizar buscando los pelos en la sopa. La ciudadanía, con la fe recuperada, empezó a exigir confianza en lugar de inútil griterío. -No queremos una elección perfecta –se oyó decir a una anciana en el parque central–solo una creíble para no perder el remedo de democracia que aún nos queda.
(Riéndose –entra el Sisimite– ¿y no habrá uno que otro incrédulo con esta tu historia? -Pues que gocen –ironiza Winston– si no se suben a la vorágine popular, de nada les va servir el arrepentimiento que llega muy tarde. Tenés razón –vuelve el Sisimite– no hay que subestimar el poder de lo que la gente espera. Porque cuando se espera lo peor, eso llega. Pero si un pueblo cree que puede hacer lo mejor, entonces lo hace. -Si se siembra una creencia positiva –suspira Winston– la sociedad, los medios, o incluso uno mismo, anhelando que a Honduras le va a ir bien, el resultado favorable no solo es posible, sino inevitable. Soñar despierto no cuesta nada).


