(VARIOS mensajes del colectivo, – entra el Sisimite– de los que leen, porque otros iletrados ni a coscorrones, sugieren que esos versos del feriado se traduzcan a una prosa. -Eso es fácil –asiente Winston– lo difícil fue lo otro, las redondillas y las décimas. Y toma papel y pluma):
En el calendario de la patria quedaron marcadas, con tinta viva y a veces con sangre, las fechas solemnes en que nuestros ilustres antepasados entregaron talento, sueños, coraje, empeño y desvelo a la egregia tarea que para siempre sentaría los cimientos fundacionales de la República.
Esas efemérides, porque importan los hechos que se conmemoran, más que cualquier otra remembranza pasajera, tiempo atrás se celebraban con júbilo patriótico en actos cívicos –en las escuelas y colegios, en las paradas militares, en programas audiovisuales de comunicación, en las instancias públicas y gubernamentales– nutridos de discursos graves, elogiosos a la heroicidad de tan fecunda herencia y en lucidas ceremonias de banderas desplegadas al viento, donde la honra a la memoria del prócer consagrado, destellaba con brillo refulgente en cada gesto.
Pero con el pasar de los años, con mayor velocidad en estos dichosos tiempos de ahora, con su humor de bufón cansado, la culta sociedad, veleidosa e insustancial, ha ido cambiando el ritual en costumbre, y la costumbre en frivolidad.
o que antes era motivo de exaltación cívica, a alguien se le antojó convertirlo en un dilatado puente de ocio, y los aniversarios que pedían recogimiento, espacio de reminiscencia histórica, se conviertieron en promociones turísticas de toda una semana y, como si ello no fuese suficiente, en vagancia más alargada, agregándole al choteo los días del fin de semana anterior.
El héroe, que en vida soñó la utópica integración centroamericana, fusilado con la ilusión inconclusa de unir las repúblicas, terminó uniendo los feriados dispersos del mes, –vaya ironía del almanaque– apilados a conveniencia del ocio, en una semana entera de asueto. Aquel anhelo de federar pueblos disgregados quedó empequeñecido a federar hoteles llenos, carreteras congestionadas y playas desbordadas de parranda.
Del recuerdo del prócer solo queda la leyenda, y la letra que se lee en la placa herrumbrosa al pie de la estatua ecuestre de la plaza central capitalina, adornada de media docena de coronas que, sin mayor aspaviento marcial, van a colgar los uniformados.
El Morazán, –dicho sea de paso– en inspiradas letras de Neruda, que “vigilaba en la alta noche” con la vista puesta en dirección a la gloriosa Batalla de la Trinidad, a uno de esos alcaldes de limitada lectura cuando le apeteció levantar el empedrado del bello parque colonial para forrarlo de adoquines y hacerlo peatonal, le dio vuelta al monumento, para dejarlo oteando las montañas en sentido opuesto, hacia el Cristo del Picacho.
Más amarga aún es la ironía cuando no existe pueblo en el mundo que haya salido de su postración si no haciendo acopio de su ingenio, del inteligente uso de sus recursos y del trabajo. Ninguno ha apostado su futuro al recreo perpetuo como si la holgazanería fuera virtud, y el ocio colectivo, progreso.
(La verdad –tercia el Sisimite– monda y lironda, late en el silencio de los próceres: el que confunde feriado con avance no hace otra cosa que sembrar ocio y cosechar atraso. -Sale Winston con sus moralejas: ¿qué patria se construye sobre la memoria desmemoriada? ¿qué futuro se edifica con la piedra del olvido? -¿Te acordás de la estrofa –vuelve el Sisimite– de esas caravanas que regresan del recreo? -Claro suspira Winston: “Cansados de descansar/ regresarán muy campantes/ los turistas veraneantes/ del puente sensacional./ Pues si todo nos da igual/ ¿quién se inventó el trabajo?/ ¿los de arriba o los de abajo?/ si el placer de la flojera/ es nomás que una quimera/ de este secular atraso”).


