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lunes, julio 20, 2026

¿Herejes?

INDAGUEMOS –asistidos por la IA y textos de consulta– los orígenes. “La culpa proyectada, la victimización como identidad y la resignación fatalista no son engendros exclusivos de la región, pero han adoptado formas históricas concretas –entre actitudes humanas universales– según las culturas y los contextos.

En el ámbito latinoamericano, tienen raíces profundas en la historia religiosa, política y colonial, y se han convertido en patrones repetidos que atraviesan la psicología individual y colectiva. En todas las civilizaciones antiguas, cuando ocurría una desgracia –pestes, sequías, guerras– los pueblos buscaban culpables externos: dioses airados, enemigos invisibles, extranjeros.

Esta necesidad de señalar una causa ajena calmaba la angustia del caos. “Proyectar la culpa liberaba al grupo de la responsabilidad y protegía su cohesión interna”. Este fenómeno desborda los linderos religiosos.

“En América Latina, su convergencia fue especialmente intensa por la combinación de un cristianismo barroco y sincrético, centrado en la cruz más que en la resurrección; un pasado colonial de sometimiento e impotencia estructural; una cultura mestiza fracturada, donde la culpa, el dolor y la esperanza se entremezclaron en relatos que muchas veces justificaron la inacción”.

“Durante la edad media se culpaba a “otros”: herejes, brujas, judíos, moros. La culpa proyectada se institucionalizó en mecanismos como la Inquisición.”

Así, las sociedades evitaban el examen introspectivo y reafirmaban una supuesta pureza colectiva a costa del “culpable oficial”. “Los movimientos nacionalistas del siglo XIX también usaron la victimización como identidad.

Ser “nación oprimida” justificaba la rebelión”. Luego, “los populismos del siglo XX convirtieron esa narrativa en política sistemática: el pueblo es bueno, pero víctima de élites, imperialismos o enemigos internos”.

“El líder populista se presenta como portavoz de esa víctima colectiva, incluso cuando ya está en el poder”. “En América Latina, el determinismo teológico y social como fatalismo se reforzó con: la religión católica sincrética, que incorporó ritos indígenas fatalistas con doctrinas de resignación cristiana: el sufrimiento como cruz que se debe llevar”.

“El colonialismo, donde el indígena o el mestizo no tenía agencia política real, y el cambio se veía como algo imposible, reservado al rey o a la Iglesia”. “El caudillismo, que perpetuó la idea de que solo el líder tiene poder real. El pueblo, “pobre pero noble”, solo puede esperar”.

Estas tres actitudes –culpa proyectada, victimización y resignación– no son solo reflejos pasivos del pasado, sino también instrumentos activos de manipulación social y exaltación personal, en la práctica convertidos en formas de simulación:

“Alguien que se presenta como víctima –político, líder social, figura pública– adquiere autoridad moral. Alguien que sufre, pero resiste, conmueve”.

“En contextos latinoamericanos, es común que incluso quienes ocupan el poder se declaren perseguidos: “no me dejan gobernar”, “me sabotean”, “la prensa me ataca”, “los ricos me quieren derrocar”.

“Así, el poder se disfraza de víctima para seguir cultivando simpatía. Proyectar la culpa en el otro es una forma de anularlo moralmente”. “Si todo lo malo viene del adversario, no hay debate, solo condena. Esta práctica impide la reflexión compartida y bloquea los acuerdos. La resignación puede camuflarse de sabiduría. Decir “esto no va a cambiar” exime de intentar cambiarlo. En la vida pública, es el perfecto argumento para justificar la inacción. Y en la vida personal, la mejor coartada para no arriesgar”.

(Sin embargo –tercia el Sisimite– en América Latina, “la evangelización colonial impuso un cristianismo de obediencia y penitencia, más que de redención y vocación personal contrario a la enseñanza original de Jesús, según los Evangelios, que no promueve la culpa proyectada ni la victimización como identidad, sino todo lo contrario”.

Su mensaje central llama a “la responsabilidad individual, a la transformación interior, y a una vida vivida con propósito y virtud por amor a Dios y al prójimo, no por miedo ni por queja”. Jesús –ilustra Winston– no enseñaba a proyectar la culpa en otros sino a mirar primero la viga en el propio ojo antes de ver la paja en el del hermano (Mateo 7:3-5), es decir: a asumir la propia falla antes de señalar al otro.

Aunque Jesús sufrió injusticia y persecución, no se autodefinía como víctima, ni animaba a sus discípulos a hacerlo”. “Su cruz fue camino de redención, no excusa de pasividad ni título de privilegio moral. No se quejó del dolor, sino que lo ofreció por amor”. En el huerto de Getsemaní, dijo: “Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz… pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

“Es decir, no huyó del dolor, pero tampoco lo idolatró”. “Enseñó que la grandeza viene del servicio humilde, no del sufrimiento victimista”. “Criticó duramente a los fariseos y a los hipócritas que se exhibían como buenos y sufrientes ante los demás (Mateo 6), buscando reconocimiento humano”.

“El mensaje de Jesús, aunque lleno de gracia y perdón, está marcado por un claro llamado a la responsabilidad personal y la coherencia moral: Parábola de los talentos (Mateo 25:14-30): cada quién debe dar fruto según lo que ha recibido. No hay excusa válida para enterrar los dones por miedo o queja.

“El árbol se conoce por su fruto” (Mateo 7:16): no basta con apariencia externa; la vida del creyente debe reflejar justicia, misericordia, verdad”. Jesús dignificó al ser humano como agente moral libre, capaz de elegir el bien, corregirse, perdonar y amar incluso en la adversidad).

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