LA tarde caía sigilosamente sobre los pinares. El viento hacía cantar las agujas de los árboles y el Sisimite, acomodado sobre una piedra, hojeaba un viejo ejemplar de LA TRIBUNA. -A ver Sisimite –suspiró Winston– vos que merodeas desde aquellos remotos tiempos –petición de lectores del colectivo, que quieren un receso de tanto fútbol– contá la historia de David. -“David era pastor de ovejas. Mientras sus hermanos se enrolaron en el ejército del rey Saúl, él recorría los campos cuidando el rebaño de su padre Jesé”. “Pasaba los días componiendo salmos, tocando el arpa y aprendiendo a confiar en Dios bajo el cielo abierto. Enfrentó la ferocidad de leones y osos hambrientos que buscaban hacer cena de las indefensas ovejas”. El rey Saúl se había corrompido. “El profeta Samuel recibió una orden inesperada de Dios. Debía ir a Belén y ungir al nuevo rey”. La elección, una de las enseñanzas más inspiradas de la Biblia. “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.
-Samuel derramó aceite sobre su cabeza. Aquella unción simbolizaba que Dios lo había escogido, y desde ese día el Espíritu del Señor reposó sobre él con poder. -Y ¿cómo es el encuentro con Goliat? –preguntó Winston–. -“Israel estaba paralizado por el miedo”. En la guerra contra filisteos en el valle de Elá, durante cuarenta días el gigante filisteo salió a desafiar al ejército de Saúl. Era un coloso apertrechado en su armadura. “Ningún soldado se atrevía a enfrentarlo. David llegó al campamento llevando comida para sus hermanos”. Al oír las blasfemias de Goliat, David aceptó el desafío, “confiando no en su fuerza, sino en el poder de Dios”. El gigante se burló de él. “Mientras todos medían la fuerza de Goliat, David recordaba quién lo había librado antes del león y del oso”. Por eso respondió: “Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina; pero yo vengo contra ti en el nombre del Señor de los Ejércitos”. Sin coraza y solo con su honda y cinco piedras lisas, “David derribó al gigante de un certero golpe en la frente. Goliat cayó”. “David tomó la pesada espada del propio filisteo y terminó el combate”. “Esta victoria lo convirtió en un héroe nacional y en una celebridad en Israel, ganándose el respeto del pueblo y el favor del rey Saúl”. Hasta que le entraron los celos, al escuchar que las multitudes vitoreaban a David más que a él”. -¿Y Jesús descendía de David? Inquiere Winston. -“Los Evangelios sitúan a Jesucristo dentro de la casa de David, porque los profetas habían anunciado que el Mesías vendría de ese linaje”. “El evangelio de Mateo traza el linaje legal de Jesús a través de José, su padre terrenal. El evangelio de Lucas traza su linaje biológico a través de María”. Por eso en muchas ocasiones la gente lo llamaba “Hijo de David”. “No era únicamente un árbol genealógico; era la señal de que las antiguas promesas encontraban cumplimiento siglos después”.
Es el Pacto Davídico –ilustra Winston– la Promesa Eterna: “Dios hizo un pacto incondicional con David, prometiéndole que su trono y su reino serían establecidos para siempre”. “Aunque el reino de David tuvo fin, la promesa de un reino eterno se cumplió en Jesucristo, el descendiente de David que reina por toda la eternidad”. “En este pacto, Dios llama al futuro hijo de David «mi hijo», estableciendo una relación filial única que se cumple plenamente en Jesús”. Así que “siglos más tarde nació otro Pastor que vino a gobernar no con el filo de la espada, sino a entregar su vida por sus ovejas”. Los dos permanecieron contemplando cómo el sol desaparecía detrás de las montañas. El Sisimite dijo en voz baja: -Qué curioso… los ilusos siguen impresionándose por la estatura hechiza de políticos farsantes –que sin ser nada en su fracasada vida– ni remedo de nada grande, se creen gigantes. Winston escuchó como el bosque se llenaba del canto de los pájaros, y fijó su mirada en el horizonte como quien recuerda una historia tan antigua que parece confundirse con el origen mismo del tiempo. -Y Dios sigue impresionándose por la profundidad del corazón. Desde David hasta Jesucristo, esa nunca ha dejado de ser la verdadera medida de la grandeza.


