UN búho en su ulular trepado en una rama. Una luciérnaga, parpadeando entre los helechos: –“¿El entretenimiento es el sendero de migas que conduce a la felicidad?”. Winston murmuró: “Pero cuando el sendero se vuelve laberinto de espejos, el viajero olvida la entrada y no sabe cuál es la salida”. ¿Y será posible que esta frívola generación de ahora esté propensa a cambiar la espada de Morazán, la memoria de Valle, el legado de Herrera, el ejemplo de Cabañas, la obra ecuménica del padre Reyes por doce cervezas? –No es que despreciemos el esparcimiento, se trata de la sobriedad de distinguir entre aquello que entretiene durante unas horas y aquello que enriquece a una nación a lo largo de los tiempos”. “Los pueblos que pierden el interés por su pasado terminan desconociendo las razones de su presente”. “Y cuando la memoria colectiva se debilita, resulta más fácil manipular la conciencia pública, falsificar los acontecimientos y presentar como novedosos los errores que la historia ya había condenado.” –“La ignorancia histórica no es una inocente falta de curiosidad, es la más indolente forma de indefensión ciudadana. Quien desconoce cómo se conquistaron las libertades difícilmente comprende lo que significa perderlas”.
–“A quién poco le interesa cómo nació la Patria y lo qué costó construirla, menos para que le importe quererla y conservarla digna. Tampoco compartimos la peregrina noción de que la manera de corregir lo que anda mal sea justificándolo, dejándose llevar por la corriente del montón”. Si el civismo retrocede, con mucha mayor razón de enseñarlo con mayor empeño; si la memoria se desvanece, habrá que rescatarla; si la cultura pierde terreno frente a la frivolidad, habrá que defenderla con mayor perseverancia”. “El periódico no está llamado a ser un espejo complaciente de todas las inclinaciones de la sociedad. También debe ser conciencia, orientación, escuela y memoria. Su obligación no consiste en compartir alegremente la ignorancia, sino en contribuir a superarla”. Y una última consideración. “Las vacaciones terminan, las fiestas se apagan y las doce cervezas se consumen. Pero la historia permanece –dando por descontado que sea incurable la enfermedad de ese virus destructivo que ha contagiado la sociedad—aunque nadie quiera recordarla”. “La gente puede darse asueto de sus obligaciones, pero no debería darse vacaciones de su memoria. Y mucho menos pretender que quienes todavía la cultivamos nos sumemos, por comodidad o complacencia, a su olvido”. — ¿Una mala conducta predominante equivale a que sea deseable? ¿Si la mayoría iletrada ha perdido el hábito de leer, la solución sería abandonar los libros? ¿Si se desconoce su historia, el remedio sería suprimir su enseñanza? Lo numeroso de un resabio no es prueba que sea virtuoso.
–“¿De dónde sacan que el desinterés de muchos sea razón suficiente para abandonar aquello que merece ser conocido? Si nuestros antepasados hubieran privilegiado la comodidad y el entretenimiento, ¿qué historia creadora de una sociedad bien cimentada tendríamos hoy para contar? ¿La propuesta es que dejemos de enseñar lo que la gente ignora, precisamente porque lo ignora? ¿Acaso la misión de un periódico consiste en elevar el nivel cultural de sus lectores o en rebajarse hasta donde llegue la indiferencia colectiva? Curiosa paradoja. ¿Dedicar horas disfrutando nuestras libertades, pero considerar pérdida de tiempo enterarnos de su origen y conocer a quienes lucharon por ellas?” Entonces el viento, en su lenguaje rumoroso, al sacudir como hojas las páginas de apuntes de las conversaciones de Winston y el Sisimite, pareció dudar: ¿Educamos para entretener o entretenemos para no educar?


