¿Desde cuándo?

BAJO la cúpula verde donde el musgo deletrea el tiempo, los árboles abrieron consejo. Un búho en su ulular escondido entre las ramas: “¿Hemos cambiado la lámpara del saber por el regocijante placer del entretenimiento? –¿Qué opinás –Winston al Sisimite— se fue octubre y el fiasco del largo asueto morazánico, cuando miles de “patriotas”, en vez de hacer turismo interno, se fueron a fisgonear los atractivos del vecino? –¿Y esas evaluaciones a funcionarios la maceta, no midieron la falta de ingenio y creatividad en esa Secretaría de Estado? –Se nos quedaba empapelado un recado –sobre lo dicho en la serie de editoriales históricos– de uno de los lectores del colectivo: “Creo que la gente de hoy –manda un mensaje– no está tan interesada en la historia como antes. Que la espada de Morazán está por allí; que los monumentos de las batallas de tales y cuales próceres están por allá; que quedó una foto del padre Trino, por acá.” “La gente lo que quiere es aprovechar las vacaciones para salir con su familia a las playas, hacer fiesta y tomarse 12 cervezas, divertirse, etcétera, en un ambiente agradable y seguro.” –¿Y qué respondiste? –Algo sucinto, pero esa alucinación de estos frívolos tiempos ofrece la coyuntura para un examen completo:

–“Sí pero no. Es posible, quizás, que una buena parte de esta generacion haya perdido el interés por la historia, por sus protagonistas, por las reliquias que sobrevivieron al tiempo y por los acontecimientos que explican nuestra existencia como nación”. “Pero que semejante indiferencia se haya generalizado no significa que debamos resignarnos a ella, mucho menos celebrarla como una conquista de la modernidad”. “La holganza, la frivolidad y el culto al entretenimiento inmediato han ido desplazando, en demasiados espacios, el civismo, la educación y la cultura”. “Lo preocupante no es que la gente disfrute de sus vacaciones, visite las playas, comparta con su familia o se tome tus apetecidas doce cervezas. ¡Que les sea de buen provecho! Lo triste es que se pretendan convertir esas distracciones en argumento para declarar innecesario el conocimiento de nuestra historia.” “¿Desde cuándo la diversión y la cultura se volvieron incompatibles? ¿En qué momento hubo que escoger entre conocer la espada de Morazán –honrar un monumento, testimonio de sus gloriosas hazañas, originarias de la patria, acá en Honduras– y tomarse una cerveza frente al mar? ¿Por qué tendría que ser más importante saber dónde queda el próximo balneario que conocer el sitio donde se libró una batalla decisiva para nuestra libertad?” “Una sociedad puede tener playas repletas, centros de diversión abarrotados y fiestas interminables, y al mismo tiempo padecer un desierto cultural.” “La abundancia de entretenimiento no constituye, por sí misma, una medida de civilización”. “Y una multitud satisfecha no necesariamente es una ciudadanía ilustrada”. “Ni es quehacer orientador del periódico someterse a esas derivas de vagancia multitudinaria.

–Nosotros rehusamos caer en ese abismal vacío. No ha sido esencia de nuestra educación, de nuestra naturaleza, ni de nuestras convicciones enterrar lo valioso de nuestros orígenes para acomodarnos, sin resistencia, a una corriente que confunde ir “¿a dónde vaya Vicente…?: “a donde va toda la gente” –o la holganza– con la razón y el número con la verdad”. “Y si, como afirmás, hoy la muchedumbre piensa de esa manera, desde temprana edad, aprendimos de nuestro padre a no formar parte del montón”. “Cultivamos el carácter para entender que las convicciones no se someten a votación, que la cultura no se mide por deleites y que uno no debe renunciar a lo que considera valioso para congraciarse con la mayoría”. “Te sorprendería, la cantidad de lectores que agradecen nuestros editoriales cívicos, que descubren en ellos episodios desconocidos de nuestra historia y encuentran razones para interesarse por figuras, documentos, monumentos y acontecimientos de los que nunca les hablaron en las aulas”. ¿Y acaso no es esa una de las funciones más nobles del periodismo? ¿Limitarse a ofrecerle al público lo que ya sabe, lo que ya piensa y lo que ya desea, o abrirle ventanas hacia aquello que desconoce? Para someterse a esa noción peregrina de aparente “felicidad”, habría que abandonar toda tarea educativa cuya importancia no fuera reconocida de antemano por el gentío”. Habría que cerrar los museos porque los centros comerciales reciben más visitantes; prescindir de las bibliotecas porque las redes sociales atraen más público; y de un solo sopapo, clausurar las escuelas, dejar de enseñar historia porque una excursión a la playa –o a ver un mausoleo a la vecindad; ¿quién sabe si no con calculado interés de apropiarse del simbolismo o de la identidad ajena?– resulta más divertido”. “La misión de la educación no es rendirse ante la ignorancia, sino combatirla. Y la del periodismo responsable no es adular las preferencias del público, sino contribuir también a elevarlas”. –Winston y el Sisimite. –ya se iba haciendo de noche– celebraron las luces del parpadear de una luciérnaga.

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