“AQUEL bosque parecía un telar antiguo donde la lluvia tupida tejía hilos de plata sobre el lienzo de la tierra mojada, despertando el verde latido de la vegetación”. Winston llega con el libro y se lo muestra al Sisimite: –De los Idus de Marzo, sacamos un episodio inspirador –de la aflicción y de la fe para ponerse de pie, hoy motivo de honda reflexión –que debió sentirse cuando nos azotó aquella endemoniada tormenta. –Sí, recuerda el Sisimite– la desolación, el desconcierto, la angustia de contemplar cómo, en unas cuantas horas, desaparecía cuanto había costado toda una vida acumular. El sentimiento de tantos compatriotas que, atribulados y desvalidos, lo perdieron todo, víctimas de aquella despiadada molienda del territorio nacional, bajo la furia de un diluvio bestial que pareció ensañarse con nuestra tierra, resuelto a no dejar intacto un solo rincón de su geografía. Los cerros se desmoronaban, los ríos abandonaban sus cauces, los caminos desaparecían bajo las aguas y aldeas enteras quedaban sepultadas, como si una mano gigantesca hubiese querido borrar del paisaje las huellas de generaciones enteras.
Sin embargo, de entre tanta desventura emergió una hermosa anécdota que logró trascender nuestras fronteras y ofrecer al mundo uno de los testimonios más conmovedores de la indomable voluntad de nuestra gente, de esa admirable entereza que ni las peores adversidades consiguen doblegar. “La transmitió, en el espacio estelar de su noticiero, una influyente cadena internacional de televisión, cuyo presentador, acompañado de su equipo de cámaras, tuvo la providencial coincidencia de encontrarse allí, en el preciso instante en que se desarrollaba aquella escena, para recoger un relato tan sencillo en sus palabras como inmenso en su significado. Rodeado de su afligida familia, un padre damnificado mostraba el lugar donde había estado su hogar, antes de que los implacables derrumbes sepultaran las casas de su aldea, borrando hasta los vestigios de lo que alguna vez fueron calles, patios y viviendas, escenarios humildes de tantas alegrías, afanes y esperanzas. —Aquí –señalaba con el dedo–, aquí vivíamos nosotros. —¿Dónde? –indagaba extrañado el presentador, sin alcanzar a comprender qué pretendía mostrarle aquel hombre–. ¡Pero si aquí no se ve nada! –Aquí abajo, debajo de este lodazal–respondía el damnificado, estirando los labios para señalar en aquella dirección, mientras comenzaba a escarbar el montículo de tierra y escombros. Primero lo hizo con las manos desnudas, hundiendo los dedos en el barro espeso, removiendo piedras y raíces, hasta que alguien, llegado de alguna parte, le alcanzó una pala. Y siguió cavando. Impaciente, sudoroso, con el rostro marcado por el cansancio y la mirada obstinadamente fija en aquel montón de ruinas, sacaba una palada tras otra, como quien busca entre los despojos de una tragedia alguna señal de su propia existencia. De pronto, la pala tropezó con algo sólido. El hombre se detuvo. Volvió a escarbar, ahora con mayor empeño. Entre gemidos de esfuerzo y gestos de creciente satisfacción, consiguió destrabar de los escombros un rústico tablón, ennegrecido por el lodo, maltratado por las aguas, pero todavía reconocible para sus ojos”.
“Lo levantó trabajosamente, con esa mezcla de emoción y orgullo que solo puede sentir quien rescata de la desgracia algo entrañablemente suyo. —¡Mire! –exclamó, como quien anuncia un hallazgo extraordinario–. ¡Esta es la puerta de mi casa! Y después, contemplando aquel pedazo de madera, que para cualquier extraño no habría sido más que un despojo sin valor, añadió con una serenidad sobrecogedora: —“Algo he podido recuperar”. –¿Cuál la moraleja? –¡Cuánta grandeza


