¿Rompecabezas?

“EN las alturas, el bosque como místico ser de la naturaleza, bebe de la evaporación y respira misterio. La niebla no es agua cayendo, es la magia de aquella espesura tejiendo sus propios pensamientos”. –Poco recuerdo hay ahora –Winston al Sisimite– de la catástrofe que sobrellevamos cuando fuimos golpeados por uno de los peores desastres naturales del siglo pasado. Para solo establecer un contraste de la magnitud del daño sufrido: Lo que ocurrió en una líquida ciudad, Nueva Orleans, con el huracán Katrina, sucedió aquí en toda la vasta extensión territorial. La primera potencia mundial tuvo graves tropiezos manejando la contingencia de esa sola ciudad y pasaron años sin poder restablecerse, –8 a 11 años en reconstrucción de la infraestructura física urbana; 6 años en la reparación de diques y un nuevo puente; décadas en el proceso total de sanación. Mientras nosotros tuvimos que lidiar con la devastación de todo un país; una enorme tragedia humana y material, en lo que quedaba del período constitucional, lo fundamental quedó restablecido. Después que la geografía nacional quedó desintegrada, como rompecabezas, incomunicada, rota en cientos de pedazos. Las carreteras desmoronadas, el pavimento inservible, los caminos de tierra lavados, centenares de puentes derrumbados, tendidos telefónicos y eléctricos caídos, los ríos desbordados, los campos de producción inundados, miles de viviendas arrasadas, la cosecha destruida, los productos de exportación arruinados, una tercera parte de la población damnificada. Compatriotas que lo perdieron todo cuando, en un suspiro, los endemoniados vientos, las aguas embravecidas y la furia del huracán arrasaron con el esfuerzo de toda una vida.

Aquella calamidad de bíblicas proporciones nos dejó postrados. Pero por la gracia misericordiosa de Dios, al afortunado liderazgo, a la unidad nacional concitada, la resiliencia del pueblo y su instinto de supervivencia, salimos de las tinieblas a la luz. Así se pudo –atendiendo las urgencias, esmerándonos en la rehabilitación y la reconstrucción– poco a poco, superar ese doloroso tormento. Sumado al enorme esfuerzo interno contamos con la generosa solidaridad de la comunidad internacional. El manejo de la emergencia, para atender tanta gente atribulada. Dar refugio, alimento y cuidado a cientos de miles de damnificados. Las obras apremiantes para restablecer lo esencial, el agua potable, el suministro de gasolina, las vías de comunicación, la comida de todos los días, la atención a la salud para evitar epidemias, fue una labor titánica. El periodo de rehabilitación, para reponer los arreglos provisionales por estructuras más sólidas, y recuperar la normalidad. Regresar a impartir clases a las escuelas que, en la emergencia, sirvieron de refugio. Drenar los ríos azolvados, edificar las defensas en las orillas fluviales para evitar, con la tierra saturada, una nueva inundación. Operando contra reloj, noches de desvelo, de trabajo agotador, para que la economía y las finanzas dañadas de gravedad no tambalearan, afectando el empleo y el sustento cotidiano de la gente. La atención diligente a toda aquella inmensa masa de damnificados que quedó al amparo de la Providencia. Y la reconstrucción, una impresionante tarea de reponer –hasta donde se pudo mucho mejor– todo lo perdido, por obras permanentes.

Fueron aciagos días de lamento, de angustia y de impotencia. Se esperaría, en reflexión retrospectiva, tomarlos hoy como experiencia para corregir torcidas actitudes del presente. De “Los Idus de Marzo” tomamos el momento vivido cuando quedamos, entre los lodazales, atorados en Siguatepeque”. Veníamos de la costa norte donde presumimos estarían focalizadas las inundaciones. Allá nos enteramos de los estragos en Tegucigalpa y de cómo la obstinada tormenta se ensañaba en todo el país. Nada pudo capear el paso destructivo de la tromba demoledora. Ya que la carretera de la capital a San Pedro Sula se había desprendido a pedazos, rodeamos por el atajo de Río Lindo. Pasamos por el puente del desvió hacia occidente. Por recomendación de la seguridad, lo hicimos a pie, para reducir el peso de vehículos cargados, ya que en cualquier momento la infraestructura temblorosa de concreto agrietado podía sucumbir ante el embate iracundo de un río enardecido. Las crecidas aguas arrastraban trozos de madera y piedras de los derrumbes. La tierra de cerros arañados por las afiladas garras de la bestia que rondaba, día y noche, azotando poblados indefensos, de uno a otro confín. Segundos después de haber cruzado, escuchamos un estruendo estrepitoso. Volteamos a ver atrás. El puente había colapsado. ¿Y vos –ironiza Winston– andabas de “ocho con yo” en la caravana cuando escucharon el atronador despeñamiento del puente? De lo que soy testigo –una vez que armamos el rompecabezas, es que hay mucha gente agradecida, aunque siempre quede otro hatajo de ingratos que nada hicieron por el prójimo, ni reconocen nada de todo el bien que se hizo. –A Winston y al Sisimite les pareció ver la arboleda atrapando las nubes con sus ramas extendidas, escurriendo el aliento del cielo en arroyos cristalinos que, como lágrimas divinas, bajan a saciar la sed de gente agradecida, aquí en la tierra.

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