“HAY dolores que el tiempo no consigue mitigar; ausencias de resignación inconsolables, y nombres que, aun borrados de las lápidas por la intemperie de los años, permanecen inscritos para siempre en la memoria agradecida de los pueblos”. “Son los de aquellos que, en las horas más aciagas de nuestra historia, cuando el cielo pareció desplomarse sobre la tierra y las lluvias desatadas adquirieron la furia del diluvio bíblico, encontraron en el sacrificio de sus propias vidas la más sublime expresión del amor al prójimo. ¡Cuántos partieron sin saber que aquel sería su último amanecer! ¡Cuántos, sorprendidos por la saña de los torrentes, pudieron haber buscado su propia salvación y, aun así, volvieron sobre sus pasos para rescatar a un hijo, estrechar entre sus brazos a una madre, socorrer a un amigo o tender la mano a un desconocido! En aquel escalofriante encuentro entre la vida y la muerte, cuando el instinto reclamaba huir, ellos escogieron quedarse. Y en esa decisión suprema, tomada acaso en el efímero instante que separa la esperanza de la eternidad, alcanzaron la grandeza moral de quienes entregan todo sin apetencia de recompensa terrenal”.
“¿Cuántos, en el cumplimiento imperativo del deber?: Socorristas, bomberos, soldados, servidores públicos, hombres y mujeres que, en actos de nobleza, se internaron entre las aguas embravecidas, los caminos deshechos y las montañas desgarradas, llevando amparo en la desolación. Sin mensurar el peligro ni calcular el precio de su arrojo. Sabiendo que detrás de cada grito había una vida que salvar; que bajo cada promontorio de escombros podía palpitar todavía un corazón, que entre las ruinas de un hogar alguien aguardaba el milagro de una mano providencial”. “Y a los que llegaron desde otras tierras, sin límite de fronteras, voluntarios de brigadas humanitarias que hicieron causa propia de la tragedia ajena. Vinieron sin conocernos, sin compartir nuestra sangre ni nacionalidad, solo hermanados por esa fraternidad universal que no reconoce distancias cuando el sufrimiento humano implora conmiseración. Algunos encontraron aquí su última morada. Llegaron a salvar vidas y terminaron ofrendando las suyas. Honduras los acoge como hijos de una patria agradecida”. “Otros, los comunicadores que, cumpliendo su urgente misión, se aventuraron a la calamidad para dar testimonio de la magnitud de la desgracia. Fueron los ojos y la voz de una nación gravemente herida. Algunos no regresaron de aquel periplo. Su última palabra quedó confundida con el fragor de las crecidas y el estruendo del derrumbe, pero su entrega permanece como expresión del periodismo comprometido al fin superior de informar”. “Las aguas se retiraron con el más desgarrador de los silencios. El de las madres que aguardaron inútilmente el regreso de sus hijos; el de los niños que siguieron preguntando por sus padres; el de las esposas que conservaron, intacta, la ropa del ser amado que nunca volvió; el de las familias que recorrieron albergues, hospitales y centros de rescate, aferradas a la última hebra de una esperanza apagada por la fatalidad”. “Cientos de muertos y desaparecidos, muchos cuyos cuerpos jamás pudieron ser recuperados. No hubo, para todos, un ataúd que acompañar, una sepultura sobre la cual depositar una flor, una cruz que señalara el lugar de su descanso”.
“Algunos quedaron bajo la pesadez de tierra desprendida de los cerros arañados; otros fueron arrastrados hacia la inmensidad de los ríos y del mar. Sus seres queridos, en irreparable resignación, lloraron –la más dolorosa de las despedidas– sin poder darles el último abrazo, sin haber acariciado sus rostros por última vez, sin un lugar siquiera donde arrodillarse para rezarles”. “¡Qué inmensa soledad la de esas tumbas que nunca pudieron abrirse! ¡Qué profundo desconsuelo el de esas flores que no encontraron sepulcro donde marchitarse!”. Y si la tierra les negó una morada conocida, la patria entera se convirtió en su camposanto; si no hubo lápidas que perpetuaran sus nombres, quedaron grabados en la conciencia nacional; y si faltó el responso junto a sus restos, hubo infinidad de plegarias elevadas al cielo ya que ninguna muerte ofrecida por amor puede quedar abandonada al olvido”. “No todos los héroes lucen uniforme ni reciben condecoraciones. Algunos son padres anónimos que se hundieron abrazados a sus hijos; madres que sostuvieron a sus pequeños sobre las aguas hasta que sus propias fuerzas se extinguieron; humildes campesinos que volvieron a la vorágine para salvar al vecino; jóvenes voluntarios que nunca imaginaron que su generosidad sería el último gesto de sus vidas”. “La historia acaso ignore sus nombres, pero la grandeza de su sacrificio no necesita de monumentos. A ellos, a todos ellos, la patria, mucho más que una evocación piadosa, les debe el reconocimiento solemne de su gratitud, la perpetuación de su memoria y el compromiso de transmitir a las generaciones venideras el ejemplo de su desprendimiento”. “Mientras el tiempo cicatriza las heridas del dolor, hay una deuda moral que no prescribe con quienes entregaron su existencia para que otros pudieran continuar viviendo”. “Por ellos, en la memoria de Honduras, que doblen las campanas de todos nuestros templos. Los ríos que un día fueron instrumento de destrucción lleven hoy, en su murmullo apacible, una oración por sus almas. Que las montañas, testigos mudos de su último sacrificio, custodien eternamente su recuerdo. Y que cada amanecer sobre esta tierra reconstruida sea también una silenciosa acción de gracias por quienes no alcanzaron a contemplarlo”. “Dios, en su infinita misericordia, les concede el descanso eterno y, al más allá, donde el sufrimiento ha cesado y las lágrimas han sido enjugadas, el más sentido ruego por que encuentren la paz que repentinamente les fue arrebatada”.


